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Durante siglos, los eclipses solares se convirtieron en oportunidades únicas para poder estudiar la región más externa del Sol, la corona solar.
La luz emitida por esta zona, que rodea a nuestra estrella y que se extiende a lo largo de millones de kilómetros, es muy débil en comparación con la radiada por el astro y, por tanto, es inobservable en condiciones normales.
Pero durante la fase de totalidad de un eclipse, cuando el disco de la Luna oculta completamente el Sol, la compleja estructura filamentosa de la corona queda al descubierto.

En la corona se generan algunos de los fenómenos solares más extremos. Es el caso de las eyecciones de masa coronal, densas emisiones de partículas disparadas hacia el espacio que, cuando llegan a la Tierra, provocan perturbaciones en satélites, centrales eléctricas y sistemas de comunicaciones. Por ello, en un mundo tan tecnificado como el actual, el análisis de la corona solar es esencial.

Cómo tapar el Sol
Afortunadamente, hoy la ciencia no debe esperar a un eclipse solar para estudiar la región exterior de nuestra estrella.
Con telescopios, tanto en la superficie como también en órbita, pueden llevarse a cabo observaciones detalladas empleando un instrumento, llamado coronógrafo, que bloquea el Sol simulando lo que sucede en los breves instantes de totalidad de un eclipse.

Las molestas distorsiones
Esta técnica es la que emplea el mayor telescopio solar existente en la actualidad, el Daniel K. Inouye, situado a más de 3.000 metros de altitud en Hawái. O también los satélites SDO (el Observatorio de Dinámica Solar, perteneciente a la NASA) y SOHO (el Observatorio Heliosférico Solar, un proyecto conjunto entre las agencias espaciales europea y norteamericana).

Sin embargo, este método de observación induce sutiles distorsiones: cuando la luz pasa cerca del borde del disco del coronógrafo se desvía y se dispersa ligeramente, emborronando la visión de las capas más interiores de la corona solar.

Esta distorsión, llamada difracción, puede aliviarse aumentando la distancia entre el coronógrafo y la lente del telescopio.
Por ello, la agencia espacial europea (ESA) lanzó al espacio, el año 2024, la misión Proba-3 consistente en dos satélites que orbitan en formación perfecta. Así, mientras uno de ellos bloquea el disco del Sol, el otro, situado a 150 metros de distancia, puede observar la corona durante horas.

La flota de observatorios solares se completa con naves que se acercan físicamente a la corona. Así, la sonda Parker (NASA) se adentra en ella, resistiendo las extremas condiciones del vuelo. Y la Solar Orbiter de la ESA es capaz de rozar las capas más exteriores de esta región del Sol.
El valor de los eclipses
Aunque para el estudio de la corona solar los astrónomos utilizan principalmente los datos captados por la pléyade de telescopios y de satélites que observan continuamente el Sol, los eclipses siguen siendo un complemento perfecto.
De hecho, la ciencia actual aprovecha los instantes de la totalidad de los eclipses, persiguiendo la sombra con aviones a gran altitud equipados con instrumentos de vanguardia.

Y es que, en los eclipses, el bloqueo de la luz del Sol que provoca la Luna se produce a centenares de miles de kilómetros de distancia, anulando prácticamente los indeseados efectos de la difracción.