El 30 de marzo, en San Cristóbal, Santa Fe, un estudiante de 15 años abrió fuego dentro de su propia escuela. Poco después se supo que el autor del suceso pertenecía a la comunidad de Discord True Crime Community (TCC), un foro donde jóvenes de todo el mundo ensalzan a figuras violentas que perpetraron masacres escolares como Columbine. Desde hace ya varios años, estos espacios crecen en la oscuridad de las pantallas, lejos de la mirada de otros jóvenes y de gran parte de los adultos.
Frente a esta realidad, docentes y familias se preguntan lo mismo: ¿cómo sabemos qué les sucede a nuestros jóvenes, cuáles son sus deseos y angustias, en una etapa donde construir la identidad es un camino incierto y cualquier paso en falso puede dejar huellas duraderas? ¿Cómo recuperamos ese lazo?
Un camino posible es la conversación literaria.
Esto no les gusta a los autoritarios
El ejercicio del periodismo profesional y crítico es un pilar fundamental de la democracia. Por eso molesta a quienes creen ser los dueños de la verdad.
Maryanne Wolf, investigadora del cerebro lector y autora de Lector, vuelve a casa, describe cómo leerles a nuestros hijos, hermanos, sobrinos o nietos genera algo que va más allá de las palabras: un tiempo de plena atención compartida que construye relaciones sólidas. Cuando los adultos cedemos ese lugar a las pantallas, cedemos también el espacio del vínculo.
Wolf advierte que la lectura profunda en papel activa procesos que el scrolleo no alcanza: el pensamiento analógico, la inferencia, la capacidad de ponerse en el lugar del otro. Esos hábitos se forman (o se pierden) en la infancia y la adolescencia. Un dato perturbador: en las últimas dos décadas, los niveles de empatía en los jóvenes cayeron un 40 por ciento, con aceleración marcada en los últimos diez años. La literatura, sostiene Wolf, es uno de los pocos espacios donde aprendemos a habitar la perspectiva del otro.
Para eso, debemos volver nosotros mismos a los textos literarios: a menudo reprochamos a los jóvenes la falta de lectura o el uso excesivo del celular, mientras adoptamos las mismas prácticas que criticamos. Los hábitos se transmiten por contagio: ver a alguien querido elegir y habitar un libro es una chispa que enciende la curiosidad. Una pregunta simple, como “¿qué estás leyendo?”, puede ser el comienzo de una conversación mucho más profunda: no solo sobre el argumento de un libro, sino sobre lo que nos inquieta, sobre el mundo que tratamos de comprender juntos.
El incidente de San Cristóbal visibiliza a una generación que formó comunidad en los rincones más oscuros de internet porque no la encontró en otro lugar. Más allá de las acciones legales sobre esos foros, la pregunta clave es qué estamos ofreciendo en su lugar para promover sentido de pertenencia.
Lo que un adolescente busca en una pantalla, ya sea comprensión, identidad, o sentido, es lo que la literatura ofrece desde que los seres humanos empezaron a contar historias: una búsqueda que se construye despacio, en conversación, entre personas que se leen y se escuchan. Nuestra tradición lectora es extensa, desde Lugones y Storni hasta Cortázar, Gorodischer y autores actuales como Schweblin y Falco: ahí está el punto de encuentro.
Michele Petit, en El arte de la lectura en tiempos de crisis, afirma que “mitos, cuentos, leyendas, poesías y novelas dan la ilusión de que el tiempo mismo podría ser capturado en la red de las palabras. A final de cuentas lo que permite la literatura es conjurar la muerte: las historias transmitidas nos insertan en un infinito que todos reclamamos.”
En fin, se trata de recuperar los relatos y las palabras para volver a encender el fuego de la conversación.
* Profesor de Literatura en institutos de formación docente, y director de Carreras en la Universidad Blas Pascal (UBP),