La estrategia de Shakira y de cualquier estrella del pop: transformar una serie de conciertos en un gran acontecimiento

2026/09/19

Esto no es solo un concierto de Shakira, no, señora, esto es algo más. Esto es un evento espectacular, esto es un fenómeno cultural, esto es una experiencia que no se puede obtener en ninguna de esas giras normaluchas. Esto es un acontecimiento, sí, un tremendo acontecimiento, y va a ser algo irrepetible.

Esa es la idea que quiere transmitir Shakira con su histórica serie de 12 actuaciones en Madrid. Es el paradigma, en realidad, que se ha extendido en el negocio de los conciertos como el unicornio que quieren cabalgar las grandes estrellas por encima de un mercado saturado en el que año tras año crecen el número de espectadores y la facturación global.

Si os excita el lenguaje del marketing lo podéis llamar eventización.

Es muy sencillo. En la historia de la música pop y rock, el concierto mondo y lirondo fue mejorado rápidamente para convertirse en un espectáculo, luego en un gran espectáculo y luego en un pitote realmente loco hasta que, desde hace varios años, hemos entrado en la era del concierto-acontecimiento. El objetivo siempre es el mismo: que el público tenga la percepción de haber vivido algo realmente especial. ¿Lo consigue Shakira? Esta noche he visto llorar a moco tendido a algunas personas mientras cantaban Acróstico, he oído aullar a grupos de amigas abrazadas con Loba, he sonreído contemplando a muchas madres con muchas hijas siendo increíblemente felices cuando han sonado seguidas Dai Dai y Waka Waka (Esto es África), y he contemplado sin asombro cómo miles de niñas, jóvenes, señoras y abuelas grababan con sus móviles canción tras canción para intentar así atrapar el momento. Así de especial se ha sentido.

Para saber más

Al salir del segundo concier, perdón, acontecimiento de Shakira en Madrid, una mujer de unos 50 años le decía a su amiga: "Creo que es el mejor concierto que he visto en mi vida". La otra le ha respondido: "Pero si casi no has ido a conciertos. Tu marido nunca te ha llevado". La primera ha sonreído: "Es cierto, pero este seguro que ha sido el mejor".

No hace falta ser un público experto en conciertos, y el de esta noche no lo parecía. Es un espectáculo fantástico de pop que llega a Madrid muy maduro y definido. Shakira se muestra segura y cómoda, y baila fenomenal con un gran dominio del espacio escénico. El sonido de su grupo es muy bueno: nítido, rico en matices, bien ecualizado desde el primer segundo y perfecto de volumen. Llega al espectador limpio y fuerte, como casi nunca lo podemos disfrutar en un estadio o en un festival. El show, medido como una coreografía de dos horas y 10 minutos (Shakira ha repetido con aparente espontaneidad los mismos comentarios de la primera noche exactamente en los mismos momentos), se retransmite en un pantallón tremendo. Con una escenografía con un sinfín de momentos instagramables, le da a su público exactamente lo que quiere, maximizando los sentimientos habituales en sus canciones: energía, alegría, confianza...

Para la gran mayoría del público ha sido, efectivamente, algo especial. Y ya sabéis que vivir algo especial hace que los demás piensen que eres especial, que es otro factor importante en la ecuación. Acceder a un acontecimiento y formar parte de él te eleva socialmente de inmediato, mejora tu imagen pública, te hace parecer más fuerte, más atractivo y sobre todo más envidiado. Estar en el acontecimiento proporciona estatus.

La interminable espiral de superación que son los espectáculos de masas explica esta residencia y este Macondo Park que es como un delirio marketiniano. Abierto desde mediodía, se ofrece como un parque de atracciones mágico sobre el "universo Shakira", pero en esencia no es más que una plataforma para la promoción de una decena de patrocinadores, aparte de contener la mayor tienda de merchandising imaginada por la raza humana. Sin embargo, de manera inopinada realmente funciona para potenciar la experiencia Shakira como si fuera una realidad aumentada. Los conciertos, como los partidos de fútbol o las burbujas de la Coca-Cola, duran lo que duran, pero con este espacio la gente puede pasarse toda la tarde y tener un lugar de encuentro con otros fans. Hoy ya había decenas de miles de personas allí después de comer.

La decisión de Shakira de cerrar una gira de un año y medio y más de 100 conciertos instalando este espacio solo en Madrid, en vez de viajar a otros países de Europa, es una forma muy consecuente de acabar como todo esto empezó: facturando. Una gira mundial es cara; una residencia es una máquina de fabricar dinero si se venden 650.000 entradas, como ha sucedido ahora.

Además de las chucherías para fans del Macondo Park, el propio concierto transmite el aura de algo único. Es cierto que el setlist contiene muchos de los grandes éxitos que Shakira interpretó en su última gira por España, cuando hace ocho años vendió 71.000 entradas de los cinco conciertos que ofreció en pabellones deportivos. De nuevo, el show condensa 30 años de una carrera de gran versatilidad musical: está el synth-pop discotequero con bombo 4X4 de La fuerte, Girl Like Me, Loba o Estoy aquí; el rock jurásico y anacrónico de Can't Remember to Forget You; el simpático latineo de La bicicleta y La tortura, estupendas; las descargas de salsa como Chantaje y Loca; el pop-rock que borda en Antología; el afropop infantil de Dai Dai y Waka Waka (Esto es África); y el technazo de su versión final de la BZRP Music Session #53, un remix apropiado para el polígono en el que se ha instalado el Estadio Shakira. Bien, resumido así parece un concierto normal, pero Shakira ha conseguido proyectar la sensación de que se trata de algo único. Un clímax personal y musical.

Vimos lo mismo, claro está, en el Eras Tour de Taylor Swift y en los últimos espectáculos de Beyoncé, impulsados por una narrativa que transformaba el concierto casi en un musical. Pensad también en la residencia en la Esfera de Las Vegas de U2, veteranos maestros en elevar el carácter monumental de una gira, o en la de Bad Bunny en San Juan de Puerto Rico, o en la interminable gira de Coldplay de Music of the Spheres. Incluso también en las giras de reunión de Oasis o Radiohead, conciertos sin paridas que provocan fibrilaciones masivas. Aunque el precedente más claro de la residencia madrileña de Shakira es la serie de conciertos de Adele en Munich en 2024. En aquel espacio había bares temáticos, una noria, karaoke, exposiciones... Realmente hay muchos ejemplos de conciertos que toman esta dimensión de acontecimiento. Es el signo de los tiempos.

En la estrategia de Shakira se combinan varias ambiciones: consolidar comunidad, reforzar imagen como la mayor estrella femenina de la música latina y dar a la marca Shakira un estatus legendario, ganando aún más prestigio con un espectáculo "al alcance de pocas estrellas". Además de hacer caja, perdón que insista.

Para conseguir esos objetivos completamente debía solucionar rápido los problemas de accesos y movilidad en el recinto del Macondo Park: en la jornada del viernes, miles de fans se quejaron por las largas colas de acceso al recinto y, una vez dentro, en los puestos de comida y bebida. Una mala experiencia del consumidor no transforma el concierto en un acontecimiento, sino en una estafa, como gritaban muchos fans. Este sábado el acceso ha sido rápido y la gente ha salido feliz. Muy feliz.

"No creo en el destino, tú te creas tus propias oportunidades". No es una cita de Shakira, sino una frase célebre de Don Draper en Mad Men. Según ha dicho en varias entrevistas, Shakira sí cree en el destino, pero lo que ha demostrado es que ha creado y aprovechado sus propias oportunidades. Se ha adaptado a las tendencias, ha sobrevivido a los momentos bajos (fue coach de La Voz en EEUU no una, ¡sino dos veces!) y cuando la vida le dio limones, hizo limonada para cuatro años.

Shakira siempre ha sido una estrella popular, accesible a cualquiera. Sin ambigüedades ni varios planos de lectura por debajo de lo evidente, sus canciones tienen mensajes sencillos y fáciles de reconocer, o directamente carecen de mensaje y solo son melodías simpáticas, pero melodías que cientos de millones de personas pueden tararear, les guste o no. Ahora ha conseguido dar un contenido y una profundidad a canciones aparentemente banales. Y, subida a la ola del éxito, ha convertido sus conciertos, sí, en un acontecimiento.