La historia de un perdón que inmortalizó Carlos Gardel y que otro famoso tanguero cantó poco antes de su trágica muerte - LA NACION

2026/08/10

La producción gardeliana de tangos se concentra especialmente en los últimos años de El Zorzal Criollo. Durante el último lustro surgieron esas grandes piezas que Carlos Gardel escribió con Alfredo Le Pera y terminaron siendo inmortales. En los años previos iba eligiendo canciones de un acervo inicialmente criollo (en un sentido amplio, de ahí su mote de cantor nacional) y luego tanguero.

Fue así que aparecieron títulos como “Mi noche triste”, que allá por 1917 se hizo enorme en la voz de Gardel. El tango en cuestión nació como un instrumental escrito por Samuel Castriota. Pascual Contursi le puso letra y se la mostró a Gardel, que la adoptó a su repertorio.

Para 1925, uno de sus guitarristas, José María Aguilar, le hizo conocer “Leguisamo solo” y Gardel lo grabó inmediatamente, cuando estaba de gira en Barcelona. La pasión del cantor por el turf y su amistad con Irineo Leguisamo (el jockey al que hace referencia el tango) fueron clave para que lo sumara en sus actuaciones y grabaciones. En 1927, Rafael Tuegols y Armando Tagini escribieron “La gayola”, y a pesar de que Gardel ya era famoso (y prácticamente un dandy de la época), no podía resistirse al tango reo y al lunfardismo.

De hecho, se puede notar que tanto “La gayola” como los dos anteriores -“Mi noche triste” y “Leguisamo solo”- están atravesados por el lunfardo. “La gayola”, que es el que motivó estas líneas ya desde su título arrea ese tono que caracterizó a buena parte del repertorio tanguero, a pesar de las prohibiciones. Porque no hay que olvidar que muchas letras tangueras eran consideradas de mal gusto (ocurrió durante décadas) y el lunfardo fue responsable de semejante desacato (N del R: pocas cosas hay en el tango más lindas que escuchar a Edmundo Rivero cantando “en lunfardo”).

Gayola es la reja, la cárcel. Y de eso habla este tango. En realidad, cuenta la historia de un hombre que sale de la cárcel y quiere reencontrarse con alguien (que no especifica) para despedirse. Porque se va lejos, porque no tiene absolutamente nada que perder.

Y en ese haberlo perdido todo está incluida una figura icónica del ideario tanguero que es la madre. Parece más dolido por haber perdido a su madre (aparentemente muerta hace un tiempo) que a la propia libertad. Por eso le rinde honores en un par de estrofas.

“Una noche fue la muerte quien vistió mi alma de duelo a mi tierna madrecita la llamó a su lado Dios... Y en mis sueños parecía que la pobre, desde el cielo, me decía que eras buena, que confiara siempre en vos”.

Pero no es lo único importante. Todos los versos son absolutamente cautivantes porque hasta el final (e incluso ni siquiera al final) se conocen verdaderamente las intenciones de ese hombre. “¡No te asustes ni me huyas!... No he venido pa’ vengarme" dice el primer verso. Era una mujer la destinataria de esos versos. Detrás habría escondido un viejo rencor.

Luego habla de amistad, de reencontrarse como dos “viejos amigos”, aunque el entrevero que lo terminó metiendo en gayola fue (como se decía en esos tiempos) una cuestión de polleras. Ella es a la que quiere ver para verse reflejado en sus ojos.

Pero me jugaste sucio y, sediento de venganza, mi cuchillo en un mal rato envainé en un corazón. Y, más tarde, ya sereno, muerta mi única esperanza, unas lágrimas amargas las sequé en un bodegón. Me encerraron muchos años en la sórdida gayola...”.

Gardel metió mano en algunos versos y puso lunfardo. Cambió “trabajar” por laburar, “contemplarme” por campañearme, “librarme” por largarme. A la muerte la llamó la huesuda.

Las últimas frases de este tangazo nunca pasaron inadvertidas: “Voy a trabajar muy lejos, a juntar algunos cobres. Pa’ que no me falten flores cuando esté dentro ‘el cajón”.

En la voz de Julio Sosa

Otro de los grandes cantores que la interpretó fue Julio Sosa. Y fue el último tango que cantó en radio, antes de su trágico accidente.

El gran Sosa interpretaba una versión que mezclaba el original con la versión gardeliana. Recitaba la segunda parte, la del hombre que sale de la cárcel (“pa mi bien o pa mi mal”), para dejar su “perdón”.

¿Por qué especialmente los últimos versos quedaron tan fuertemente ligados a Sosa?

El 25 de noviembre de 1964 Julio Sosa fue a los estudios de Radio Splendid para cantar un breve repertorio junto a la orquesta de Leopoldo Federico. La lista habría estado integrada por “Cuando era mía mi vieja”, “Por qué canto así” y “Dicha pasada”. Como faltaban unos minutos para terminar la audición, le pidieron que agregara uno más. El elegido fue “La gayola”.

Saludó, firmó autógrafos y se fue a una cantina del barrio del Abasto donde se realizaba la despedida de solteros del locutor Oscar Montalbán. Horas después salió de la cantina y se subió a su lujoso auto DKW Fissore junto a dos amigos y a la cantante Marta Quintana. Sus amigos se bajaron a las pocas cuadras. Dejó a Quintana en su casa de Sarandí y México y, solo, enfiló temerariamente hacia la costanera. Su idea habría sido comer algo en Carrito 7 de la Costanera. Pero nunca llegó. En Avenida Figueroa Alcorta y Mariscal Castilla quiso esquivar un camión y chocó contra un pilote de hormigón.

Julio Sosa, limpiando el parabrisas de su DKW Fissore

En las siguientes horas le realizaron dos operaciones, pero no pudieron salvarlo. Murió en la mañana del 26 de noviembre, a los 38 años. Claro que su despedida no fue como la que imaginaba aquel hombre recién salido de “La gayola”. Sosa fue despedido con todas las pompas, con un multitudinario velatorio realizado en el Luna Park.