26 de septiembre, 2026 - 07h00
Cuando se habla de derecho internacional, muchas personas imaginan una materia reservada a abogados y diplomáticos. Sin embargo, está mucho más cerca de nuestra vida de lo que parece. Sus normas protegen los derechos humanos, facilitan el comercio, regulan las relaciones entre los países y ayudan a resolver los conflictos.
Vivimos en un mundo conectado. Lo que ocurre en un país puede afectar a otros. El cambio climático, las migraciones, el narcotráfico y la delincuencia organizada, entre otros problemas, no se detienen ante una frontera. Ningún Estado puede afrontarlos solo. Por eso necesitamos reglas comunes y una cooperación sincera.
El derecho internacional busca que las relaciones entre los países no dependan de la voluntad del más fuerte. Los tratados, organizaciones y tribunales permiten mantener el diálogo, prevenir enfrentamientos y encontrar soluciones. Su propósito es sencillo de expresar, aunque difícil de alcanzar: que la fuerza se someta al derecho y no al revés.
Esta aspiración tiene antiguas raíces. Francisco de Vitoria sostuvo que las relaciones entre los pueblos debían apoyarse en principios jurídicos y morales, y defendió los derechos de los pueblos originarios de América. Después Grocio ayudó a ordenar esta disciplina e Immanuel Kant imaginó una comunidad de Estados regida por normas para alcanzar una paz duradera.
Para comprender esa propuesta, recordemos qué significa vivir en un Estado de derecho. Daremos un ejemplo sencillo: serán Estados de derecho aquellos ordenamientos en los que todos los poderes, incluido el Legislativo, estén vinculados al irrestricto respeto de principios sustanciales, establecidos por las normas constitucionales, como son entre otros la división de poderes y los derechos fundamentales.
El desafío consiste en llevar este principio a las relaciones internacionales. Un Estado de derecho internacional supone que todos los países, grandes o pequeños, estén sometidos a reglas comunes y cumplan de buena fe sus compromisos. No basta con firmar tratados o pronunciar discursos solemnes; lo importante es honrar la palabra empeñada.
Por otra parte, para América Latina, esta reflexión tiene especial importancia. La unidad soñada por Miranda, Bolívar, Monteagudo, Olmedo y Rocafuerte no puede quedarse en discursos. Requiere democracia, instituciones estables, seguridad jurídica y voluntad de cooperación. Velasco Ibarra también comprendió que la unión de nuestros pueblos debía fundarse en el respeto a principios esenciales.
Lamentablemente, en el derecho internacional existen limitaciones; asimismo las grandes potencias actúan, a veces, según sus propios intereses. Pero esas dificultades demuestran la necesidad de fortalecerlo. Sin normas comunes, el mundo quedaría sometido a la imposición del más fuerte.
Por los motivos expuestos, defender el derecho internacional es defender la paz, la justicia y la dignidad humana. No es una teoría distante, sino una herramienta que influye en nuestra seguridad y bienestar. En un mundo interdependiente, respetarlo es indispensable para construir un futuro justo y pacífico que respete derechos fundamentales. (O)