
La sequía asociada a El Niño ha dejado a la Amazonía brasileña ante una temporada de incendios que, según científicos, acaba de entrar en sus primeras fases.
Desde septiembre de 2026, los satélites registran un alza de focos y emisiones de humo en el centro y el este de la selva, desde los bosques próximos a Manaos y Santarém hasta la desembocadura del río Amazonas. A diferencia de un tornado o una tormenta eléctrica, cuya destrucción puede concentrarse en minutos, este fenómeno actúa durante meses.
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La actividad puede seguirse en el Sistema de Información de Incendios para la Gestión de Recursos (FIRMS), la Base de Datos Global de Emisiones de Incendios (GFED) y NASA Worldview. En ese corredor amazónico, el humo ya ha afectado la rutina urbana y los equipos científicos advierten que la progresión del fuego puede desplazarse hacia otras zonas de la región en los próximos meses.
El 12 de octubre de 2026, el Espectrorradiómetro de Imágenes de Resolución Moderada (MODIS) del satélite Aqua de la NASA mostró columnas de humo elevándose a ambos lados del río Amazonas. Una capa de humo denso cubría entonces Manaos, capital del estado brasileño de Amazonas.
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Ese mismo día, el municipio informó una calidad del aire extremadamente mala. La concentración de partículas finas PM 2,5 superó los 135 microgramos por metro cúbico, una marca ubicada en la segunda peor categoría del índice regional de calidad del aire.
En una ciudad de más de 2 millones de habitantes, las escuelas cerraron y se suspendieron actividades en distintos puntos, incluidas las ligas deportivas infantiles. Las autoridades alertaron sobre los riesgos de la contaminación atmosférica, según informó AP.
Los focos cerca de Santarém y Manaos integran una “cascada” de incendios tropicales asociada con los cambios en las lluvias de El Niño, explicó Douglas Morton, científico del sistema terrestre del Centro de Vuelos Espaciales Goddard de la NASA. La secuencia comienza cerca del ecuador, donde las sequías y los incendios de turba de Indonesia anteceden a un aumento de la actividad de fuego en esta parte de la Amazonía.
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Morton y especialistas de la Universidad de California en Irvine, la Universidad Libre de Ámsterdam y la Universidad de Maryland describieron el patrón en un estudio de 2017, elaborado después de la temporada vinculada con El Niño de 2015-2016. El equipo también identificó su repetición en 2023.
La sucesión volvió a hacerse visible con El Niño de 2026. Desde agosto, la sequía, el fuego y el humo afectan partes de Indonesia; en octubre, cientos de viviendas fueron destruidas y una nube de humo ha cubierto islas enteras casi todos los días. “Ahora, en el Amazonas, estamos viendo caer la segunda ficha del dominó”, dijo Morton sobre el incremento que comenzó en Pará y Amazonas.
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El investigador prevé una nueva oleada en noviembre y diciembre en Roraima, el norte de Pará y Amapá, además de sectores de Venezuela, Guyana y Surinam. Más adelante, hacia agosto y septiembre de 2027, la sequía y el peligro de incendios llegarían a su máximo en las regiones amazónicas del sur de Brasil y Paraguay.
Los focos próximos a Manaos y Santarém podrían mantenerse activos hasta que lleguen las lluvias, previstas para diciembre de 2026 o enero de 2027. Para el norte y el sur aún existe margen de preparación. “Dada la intensidad de este fenómeno de El Niño, este es el año en que la gente debe evitar los incendios a toda costa”, afirmó Morton.
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El científico señaló que los bosques tropicales que ardieron durante los episodios de El Niño de 2023 y 2015 vuelven a quemarse. “Es tan impactante —y frustrante— que esto se repita”, expresó. La mayoría de las especies de estas selvas no está adaptada al fuego, por lo que los incendios forestales provocan daños ecológicos. Además, los árboles parcialmente carbonizados en episodios anteriores han degradado los bosques y pueden hacer que los incendios actuales ardan con mayor intensidad.
En la Amazonía brasileña, los rayos originan menos del 1 % de los incendios. Por ello, Morton sostuvo que la amplia mayoría de los fuegos que arden ahora fue provocada por personas. La sequía de 2026 ha agravado ese escenario: el Instituto Nacional de Meteorología de Brasil informó que en Manaos las precipitaciones estuvieron un 95% por debajo de lo normal en agosto y un 60 % por debajo de lo habitual en septiembre.
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Los incendios de gran escala en esta zona comenzaron como quemas controladas para despejar pasturas o cultivos, pero escaparon al control y se propagaron por la vegetación seca del sotobosque. A partir de observaciones satelitales, Shane Coffield, científico asistente de investigación de la Universidad de Maryland en el Centro Goddard de la NASA, estimó que solo en el entorno de Santarém hay entre 50 y 70 incendios sin control.
Como parte de un proyecto NASA Earth Action, Coffield examina datos del Visible Infrared Imaging Radiometer Suite (VIIRS) para localizar incendios que no cumplen los criterios de inclusión en los productos oficiales distribuidos por FIRMS. Su plan es comunicar la ubicación de esos “incendios candidatos” a especialistas de MapBiomas, una red de universidades, organizaciones no gubernamentales y empresas tecnológicas que produce mapas sobre incendios y cambios del uso de suelo en la Amazonía.
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“En la zona de Santarém, hemos detectado aproximadamente un 40 % más de incendios de los que se registran en los conteos de incendios activos de FIRMS”, declaró Coffield. El humo denso, las nubes y la cubierta de árboles pueden bloquear la señal infrarroja que buscan los sensores, sobre todo en fuegos de baja intensidad que avanzan por el sotobosque. “En algunos de los días con mayor presencia de humo, tenemos muy pocas detecciones de MODIS y VIIRS, y sabemos que eso no es normal”.