Mucho antes de que la pesca industrial transformara los océanos, los arrecifes del Pacífico panameño ya sostenían una abundancia de tiburones unas 20 veces mayor que los del Caribe. Miles de años después, esa brecha se ha multiplicado por cinco. Un estudio liderado por la paleoecóloga Erin Dillon, del Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales, y publicado en la revista Science revela que para entender estas diferencias no basta con saber cuánto se pesca. También importa cuánta vida es capaz de producir cada océano.
Un censo de escamas
Si un buceador pudiera sumergirse hoy en los arrecifes caribeños de Panamá de hace cinco o seis mil años, una de las primeras diferencias estaría nadando a su alrededor. “Hoy los tiburones son difíciles de ver en la costa caribeña de Panamá. Después de muchas horas en el agua en Bocas del Toro, yo solo he visto uno”, explica Erin Dillon a La Vanguardia. En aquel Caribe anterior a siglos de impactos humanos, lo más sorprendente sería la frecuencia con la que se encontrarían estos depredadores. El conjunto del arrecife también sería distinto, probablemente “más vibrante, complejo y lleno de vida”, detalla la investigadora.
La imagen muestra uno de los grandes problemas de la conservación marina: que los científicos llegaron tarde. Cuando comenzaron los censos sistemáticos, la pesca llevaba generaciones vaciando los océanos. Aquello que conocemos como normal puede ser ya una versión empobrecida de lo que hubo antes. Dillon recuerda que nuestras expectativas sobre cómo debe ser un ecosistema saludable cambian de una generación a otra a medida que se degrada, es un fenómeno conocido como síndrome de las líneas de base cambiantes.
Los investigadores encontraron una manera de viajar más atrás que cualquier estadística pesquera. Los tiburones pierden continuamente pequeños dentículos dérmicos —las escamas que recubren su piel— y algunos quedan atrapados durante siglos o milenios en la matriz de los arrecifes. Su acumulación en el sedimento se correlaciona con la densidad de tiburones, de modo que funciona como un archivo indirecto de su abundancia y de la composición de sus comunidades.

El equipo comparó sedimentos del Holoceno medio, de hace entre unos 7.000 y 3.000 años y anteriores a una explotación humana intensa, con los del último siglo. En Bocas del Toro estudió un arrecife fósil de unas 50 hectáreas formado hace entre 7.200 y 5.700 años y arrecifes actuales cercanos. En el golfo de Panamá perforó los arrecifes de Contadora, Saboga e isla Iguana para recuperar nueve testigos que conservaban varios metros de la historia del arrecife.
Después llegó el trabajo microscópico. Los sedimentos se tamizaron y trataron para retirar carbonatos y materia orgánica, y los dentículos fueron extraídos y contados uno a uno. Aparecieron 3.497 en 157 muestras. De ellos, 2.135 pudieron clasificarse por su morfología funcional. Algunos presentan estructuras hidrodinámicas propias de tiburones pelágicos de natación rápida, como los tiburones réquiem y los martillo; otros son más robustos y se asocian principalmente a especies demersales que viven cerca del fondo, como los nodriza.

Una brecha que se multiplica
Los investigadores utilizaron la tasa de acumulación de dentículos —ajustada por la cantidad de sedimento y el tiempo representado en cada muestra— como indicador de abundancia. La diferencia resultó enorme. Durante el Holoceno medio, la tasa era unas 20 veces mayor en el Pacífico.
Después llegó la presión humana y las trayectorias de las dos costas divergieron aún más. En el Caribe, la acumulación total de dentículos cayó aproximadamente un 75%, compatible con una abundancia de tiburones unas cuatro veces superior antes de la explotación intensiva. La disminución afectó tanto a los pelágicos —un 81%— como a los demersales —un 75%—, aunque los segundos representan ahora una fracción mayor de la comunidad simplemente porque los primeros han retrocedido todavía más.
En el Pacífico, en cambio, el estudio no detecta una diferencia estadísticamente significativa entre la tasa reciente de acumulación y la del Holoceno medio. El resultado sorprende porque esta vertiente ha concentrado más del 95% de la actividad pesquera histórica de Panamá. La distancia entre ambos lados del istmo ha pasado así de unas 20 veces a cerca de 100 veces.
Más nutrientes, más margen
¿Por qué un océano sometido a mayor presión pesquera parece haber conservado mejor sus tiburones? Los autores encuentran una explicación plausible en la productividad.
En el Pacífico tropical oriental, el afloramiento estacional hace ascender aguas frías y ricas en nutrientes. La energía entra en la red alimentaria desde abajo aumentando la producción de fitoplancton, después la disponibilidad de peces y finalmente la cantidad de alimento capaz de llegar a los grandes depredadores. En comparación con el Caribe panameño, estudios anteriores documentan en el Pacífico hasta aproximadamente el doble de nutrientes disueltos, más de tres veces la abundancia de fitoplancton y más de cinco veces la biomasa de peces.
La hipótesis es que la mayor productividad del Pacífico permite mantener a una mayor cantidad de tiburones y esto ha funcionado como amortiguador frente al impacto humano. Pero “la productividad puede proporcionar un colchón, pero no un cheque en blanco”, alerta Dillon. “Incluso los sistemas muy productivos pueden agotarse rápidamente cuando la presión pesquera supera su capacidad para reponer las poblaciones”.
Esa cautela es especialmente importante en el golfo de Panamá. Las muestras recientes integran décadas y pueden diluir descensos ocurridos desde que la pesca comercial de tiburones se intensificó en los años ochenta. Además, los dentículos no siempre permiten detectar sustituciones entre especies con escamas similares. Dillon considera que la combinación de una presión pesquera creciente y cambios en las condiciones oceánicas podría estar empujando actualmente a estas poblaciones “hacia un estado no visto durante milenios”.
El peligro de confundir lo habitual con lo natural
No obstante, la principal consecuencia del trabajo va más allá de Panamá. No existe una única referencia válida para todos los ecosistemas. Usar las poblaciones actuales del Pacífico como modelo para decidir cuántos tiburones debería albergar el Caribe podría llevar a objetivos de conservación equivocados en un orden de magnitud.
Ahí reside una de las aportaciones del registro fósil: proporciona puntos de referencia anteriores a buena parte de la transformación humana. Un sistema que durante milenios tuvo suficiente energía para sostener grandes poblaciones de tiburones y amortiguar parte de las pérdidas puede dejar de tener ese margen. “La productividad puede servir de protección, pero no exime de responsabilidad”, advierte Dillon.