Las intimidades y estilismo de Lily Allen cierran con broche de oro el vigésimo aniversario del BBK Live

2026/07/12

Lily Allen ha hacho una parada especial en Kobetamendi durante su gira ‘West End Girl’, después de pasar siete años fuera del escenario. Cerrando el vigésimo aniversario del Bilbao BBK Live, la artista británica ha tomado la tarima no solo para cantar sino para montar toda una obra de teatro.

Durante la hora y cuarto que Lily Allen ha amenizado la madrugada final del festival bilbaíno, ha sonado únicamente –y en orden– su último proyecto, ‘West End Girl’. Compuesto durante diez días de encierro en el estudio, la artista se enfrentó a un bloqueo creativo del que pudo salir haciendo una catarsis sobre el fracasado matrimonio que tuvo con David Harbour, estrella de ‘Stranger Things’. El resultado, un álbum de estudio con una clara inclinación al pop y cuyas letras destacan por una mezcla entre honestidad, ficción e ironía.

La escena se ha abierto con luces fucsia que aumentan y suben su intensidad hasta llegar al máximo y encender el título del álbum. Después de que se abriera un telón turquesa, se ha revelado una habitación de hotel recreada sobre las tablas. Lily Allen se mueve con timidez inicial mientras suenan los primeros compases de la canción que da nombre al proyecto.

En la pantalla del escenario, se apreciaban unos subtítulos en español, permitiendo que el público de Kobetamendi se sumergiera de inmediato en el relato de la artista. La atmósfera se ha vuelto eléctrica cuando ha llegado ‘Ruminating’, y el grito unánime de la multitud coreando “what a fucking line” rompe el aire. La segunda canción ha marcado el fin de la timidez de Allen y el comienzo de la comunión con el público.

El espectáculo ha avanzado con una carga dramática y visual creciente. Durante ‘Sleepwalking’, el vestido dorado de Allen cae al suelo para revelar su lencería, un gesto que acompaña la confesión lírica sobre las demandas de su expareja y la infidelidad. La ironía del álbum estalla en ‘Tennis’, donde el ritmo alegre contrasta con la crudeza del descubrimiento de la traición, que ha provocado que los asistentes pregunten con ella: “¿quién es Madeline?” con cierto furor.

El clímax interpretativo de Allen ha llegado con ‘Relapse’. Mientras deambulaba por su habitación entre botellas de vino y pastillas, la cantante parecía sufrir un ataque de ansiedad a medida que seguía cantando. Su simulación ha culminado en un sollozo –real o no– que le impide alcanzar la nota final, dejando al público en un silencio de incredulidad y emoción.

Con un cambio a un conjunto turquesa y rodeada de juguetes sexuales en el nuevo set denominado “Pussypalace”, la artista ha descargado su frustración en un ambiente que el público abrazaba con un tono juguetón pero catártico. Ese momento se ha roto entre risas por la valentía que se ha apreciado en ‘Nonmonogamummy’, donde Allen ha aparecido con un delantal que dice 'Cock', pene en inglés. Sin embargo, se ha vuelto a bajar de tono con vulnerable lírica de ‘Just Enough’ donde se ha sentido el respeto absoluto del recinto. Con una puesta en escena simple, la voz de Allen ha sido la protagonista ante miles de personas que han parecido comprender la dificultad de su confesión.

Aunque la decisión de tocar el álbum íntegro y en orden ha disminuido el ritmo al final con temas más pausados como ‘Beg For Me’, la energía se mantuvo estable durante ‘Dallas Major’. El cierre con ‘Fruityloop’ ha dejado una imagen de resiliencia: los aplausos no han sido solo para la artista que regresaba, sino para la evolución personal de una mujer que celebraba su recuperación emocional. Al final, a pesar de la ausencia de clásicos como ‘Smile’ o ‘Not Fair’, el público se ha despedido de una Lily Allen que ha transformado su regreso en un ejercicio de honestidad radical.