
Las mujeres salvadoreñas dedican una proporción mayor de su jornada al Trabajo Doméstico y de Cuidados No Remunerado (TDCNR), mientras que los hombres concentran una parte superior de su tiempo en actividades incluidas dentro del Producto Interno Bruto (PIB).
Acorde al “Análisis socioeconómico de las propuestas para el Sistema Nacional de Cuidados de El Salvador”, de ONU Mujeres, la desigualdad se observa en todos los niveles educativos.
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Entre quienes tienen educación primaria o menor, los hombres dedican el 61.4% de su tiempo al trabajo dentro del PIB y el 9% al TDCNR. En el mismo grupo, las mujeres destinan el 32.4% de su tiempo al trabajo remunerado y el 34.2% a los cuidados no remunerados.
Esta brecha limita la disponibilidad de las mujeres para acceder a un empleo, mantenerlo, ampliar su jornada laboral, capacitarse o ingresar a sectores con mayores remuneraciones.

En términos agregados, las mujeres trabajan un 4,7% más de horas que los hombres. Esa mayor carga no se traduce necesariamente en ingresos propios, dado que una parte sustancial corresponde a trabajo no remunerado.
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El TDCNR equivale al 31.2% del valor del consumo de productos incluidos en el PIB y representa el 25.4% del PIB. La dimensión económica de estas tareas evidencia que el cuidado no constituye solo un asunto doméstico o social: también es un componente central del funcionamiento económico.
La provisión estatal de servicios de cuidado libera horas que hoy recaen principalmente sobre las mujeres. Ese tiempo puede destinarse al empleo remunerado, a actividades productivas, a formación o al descanso. El impacto más directo aparece en los ingresos laborales femeninos.

En el escenario de cobertura universal, los ingresos laborales de las mujeres en 2035 aumentarían cerca de 6.2% respecto del escenario base.
El efecto también sería positivo para los hombres, aunque de menor magnitud, con un incremento cercano a 1.2%. La diferencia refleja que las mujeres son quienes asumen la mayor proporción del trabajo de cuidados no remunerado y, por tanto, quienes dispondrían de un margen mayor para incorporarse o ampliar su participación en el mercado laboral.
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La expansión de la cobertura también reduciría el tiempo destinado al TDCNR. En el escenario universal, la disminución sería más marcada entre los hombres, con una caída cercana a 1,5%, mientras que entre las mujeres rondaría el 0,7%.
Este resultado debe leerse con cautela: una reducción del trabajo no remunerado no garantiza por sí misma una redistribución equitativa de las tareas en los hogares. Para que el sistema contribuya a la corresponsabilidad, la inversión pública debe complementarse con medidas que promuevan una participación más activa de los hombres en el cuidado.
La expansión de los servicios públicos de cuidado tendría una incidencia particularmente relevante sobre el empleo femenino. El sector de cuidado provisto por el gobierno presenta una alta presencia de mujeres, sobre todo con niveles de educación primaria y secundaria. Por ello, el aumento de la demanda laboral en este sector podría generar oportunidades de empleo para mujeres que hoy tienen una inserción laboral limitada o precaria.
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No obstante, la estructura actual del empleo reproduce una segmentación de género. Las mujeres con educación primaria y secundaria se concentran en comercio, empleo doméstico, industria alimentaria, textiles, hoteles y restaurantes. Las que tienen educación terciaria tienen una mayor participación en educación, salud y administración pública. Muchos de estos sectores se vinculan con roles de cuidado o servicios tradicionalmente feminizados.

Según la publicación de ONU Mujeres, el Sistema Nacional de Cuidados puede ampliar el empleo de las mujeres, pero no debería limitarse a trasladarlas desde el cuidado no remunerado hacia ocupaciones de cuidado remuneradas, de baja remuneración o con condiciones laborales débiles.
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El desafío consiste en que la política permita una inserción efectiva en sectores diversos, incluidos aquellos con mayor productividad, mayor estabilidad y mejores salarios.