
Las olas de calor llegaron antes, terminaron más tarde y duraron más tiempo durante los últimos 45 años. Un nuevo estudio confirma que el cambio climático no solo alteró la frecuencia e intensidad de estos eventos extremos, sino también cuándo ocurren y con qué rapidez se instalan.
Los resultados muestran que el planeta enfrenta un panorama de riesgo térmico más amplio y difícil de anticipar que el que describía la ciencia hasta ahora. El trabajo fue publicado en Nature Climate Change.
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El contexto global acompaña ese diagnóstico. El verano de 2026 fue el más cálido jamás registrado en Europa occidental, con una temperatura media de 21,7 °C. Esto significa que estuvo 2,5 °C por encima de la media de 1991-2020, según informó Copernicus, el servicio de monitoreo climático del programa espacial europeo.
La temporada se caracterizó por olas de calor extremas, sequía extendida y un récord del 52% del territorio continental con estrés térmico muy intenso, con consecuencias directas sobre los caudales de ríos como el Rin y el Danubio, los sistemas energéticos, la salud humana y una temporada de incendios forestales cuya superficie quemada casi duplicó la media histórica para esa época del año, con actividad especialmente extensa en España y Francia. Mientras tanto, queda por definirse cómo se desarrollará el verano en el hemisferio sur en un contexto climático que los científicos describen como cada vez más extremo.
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Las olas de calor son fenómenos propios del verano: períodos en los que las temperaturas superan por varios días los valores normales para esa época del año. Sin embargo, el estudio verificó que esa ventana se amplió, ya que la temporada de calor extremo arranca antes y termina después, con lo que el calor intenso se adentra cada vez más en la primavera y el otoño.
Entre 1979 y 2023, la primera ola de calor del año se adelantó, en promedio, casi dos semanas respecto al inicio del período. En números concretos: el inicio se adelantó 3,29 días por cada diez años. Del otro lado del calendario, la última ola de calor del año se fue retrasando: 5,41 días por década más tarde. El efecto combinado es que la temporada de olas de calor se extendió cerca de 39 días a lo largo del período completo, equivalente a más de cinco semanas extra de exposición al calor extremo por año.
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Esa tendencia abarca la mayor parte del planeta: el 92,1% de las superficies terrestres del mundo registró temporadas de calor más largas. En el 72% de esas áreas, las olas de calor comenzaron más temprano, y en el 79,6%, terminaron más tarde.

Más allá del calendario, el estudio identificó un cambio reciente en la velocidad de inicio de las olas de calor. Los investigadores clasificaron la primera ola de calor de cada temporada en tres categorías según qué tan rápido alcanza su pico de temperatura: inicio rápido, moderado o lento. Entre 2001 y 2023, la proporción de primeras olas de calor de inicio rápido creció de forma significativa dentro de las áreas terrestres afectadas.
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Esto importa porque una ola de calor de inicio rápido, que es aquella que escala a temperaturas extremas en poco tiempo, reduce el margen disponible para que personas, ecosistemas y sistemas de salud reaccionen. “Si las olas de calor llegan antes y se desarrollan más rápidamente, el tiempo disponible para que las sociedades y los ecosistemas se preparen y adapten podría ser aún más corto”, advirtió Xu Wenfang, primer autor del estudio.
El monitoreo climático necesita incorporar el cuándo, no solo el cuánto
Hasta ahora, los sistemas de alerta temprana y evaluación de riesgos relacionados con el calor extremo se centraron principalmente en la frecuencia, la intensidad y la duración de las olas de calor. El estudio argumenta que esos parámetros resultan insuficientes si no incluyen también el momento de inicio, el momento de finalización y la velocidad con la que el calor se instala.
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Los hallazgos proveen evidencia científica para mejorar los sistemas de monitoreo y alerta temprana del calor extremo. Los investigadores sugieren que incorporar el momento de inicio y fin de la temporada de calor, así como la rapidez con la que la primera ola de calor alcanza su pico de temperatura, puede fortalecer la evaluación de riesgos en áreas como la salud pública, la agricultura, el manejo de ecosistemas y el suministro de energía.
El paper subraya que los cambios en la temporalidad de las olas de calor, un aspecto que estudios previos no examinaron en profundidad, constituyen una dimensión nueva y relevante del riesgo climático que los sistemas de adaptación deben contemplar.
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