El tango no es simplemente un repertorio de notas sobre un pentagrama, ni una colección estática de compases que se reproducen de manera matemática. El tango es, principalmente, una forma de hablar, de caminar, de habitar la urgencia urbana y de procesar la melancolía. Cuando esa trama cultural se traslada a millas de kilómetros del país y desembarca en el corazón de Texas, el fenómeno adquiere una dimensión sociológica fascinante. En ese cruce de fronteras se sitúa la labor de Laura Camacho, compositora, contrabajista, directora y etnomusicóloga argentina que ha logrado construir una trinchera de resistencia y divulgación cultural en los Estados Unidos.
Ese desafío obliga muchas veces a encontrar estrategias poco convencionales. Camacho no lo explica con palabras: muestra con el cuerpo dónde el tiempo se atrasa y dónde se recupera. “En una entrevista, los alumnos dijeron que la mejor parte del ensayo era cuando yo apoyaba el contrabajo y me ponía a bailar”, cuenta a EL DIA. La escena, dice, quedó como su marca: dirigir bailando. "Es poco ortodoxo, pero funciona. Si no, no lo estaría haciendo. Soy una persona muy seria, con muchos estudios, como para hacer un espectáculo hueco. Lo hago porque funciona".
Compositora, directora, contrabajista y etnomusicóloga, Camacho vivió sus primeros treinta años en Buenos Aires, egresó del Conservatorio Manuel de Falla y tocó con el Cuarteto Almagro y con Lavallén. Su abuela era tanguera y podía tango en la casa: “Yo no le prestaba atención en ese momento, pero sí me enseñó a bailar, a seguir el ritmo, y esas cosas quedaron”. Hoy dirige, desde Texas, la Orquesta Típica Camacho, continuación de Tango Proyect, un proyecto que había arrancado en Georgia en 2011 y tomó nombre oficial al año siguiente. El cambio de nombre no fue un capricho sino una respuesta: al llegar a Texas se encontró con gente que la presentaba como si fuera de allí y no de Argentina. "Sentí una situación de película, como si trataran de invisibilizar mi origen por una cuestión de mercado; como si yo fuera estadounidense. Les dije: escuchame, yo soy argentina. Y miraban para otro lado." La respuesta fue inmediata: decidió que la orquesta llevara su apellido como una forma específica de reivindicar su origen argentino.
CUANDO EL TANGO NO ENTRA EN LA PARTITURA
Lo que Camacho enseña en esos ensayos, semana tras semana, no cabe del todo en una partitura, y ahí está, para ella, el núcleo del desafío. Hay una capa entera del tango —los desvíos mínimos de tiempo, los acentos que se trasan y después se apuran— que ninguna metodología logró todavía transcribir.
“Sentí una situación de película, como si trataran de invisibilizar mi origen”
"Hay cosas que fui descubriendo con los años y otras que damos por hecho, como los compases, pero no toda la gente que hace tango las sabe. Me di cuenta en las grabaciones de que hasta la figura rítmica conocida entre los músicos como “la viuda negra” no se sabe exactamente cómo escribirla en la partitura. El tan-tara-tan-tan es eso, pero si lo toco rígido o cuadrado pierde la mugre del tango y suena más a reggaetón. Hay una sutileza en el tiempo que tarda en entrar, que después se apura y recupera”. Calcula esa distancia entre lo escrito y lo sentido: "Muchas veces creemos que estamos tocando exactamente lo que dice la partitura, pero hay un 30% que es diferente. Esas cosas no están escritas, no hay una metodología para escribirlo. Yo los cambios de tiempo los hago instintivamente, pero cuando lo tengo que explicar a los estudiantes se escapa: nosotros sabemos que el triste va un poquito más rápido, con un matiz, e ir atrás de ese tiempo. Nosotros no lo pensamos."
Esa distancia entre lo escrito y lo intuitivo es la misma que, según Camacho, separa a quien creció escuchando tango de quien llegó a él en la adultez. Lo compara con aprender un idioma: "Es como un idioma: yo voy a tener siempre acento hablando en inglés por más que trate. Está el nativo hablante y el que aprendió de grande. En la música pasa igual: hay sutilezas que si no las viviste de chiquito es muy difícil que las oigas." De ahí que prefiere hablar de “verdad musical” antes que de purismo: “Podés llamar a tu música como quieras, el tema es que sea de verdad lo que estás haciendo, que no sea una postal”. Incluso Astor Piazzolla suele convertirse, según ella, en una prueba de esa distancia cultural: "La mayoría tiene a Piazzolla como referencia y se sorprenden cuando se enteran de que mi abuela decía que no era tango, aunque ella lo escuchaba. Ellos lo conocen, pero no tienen los recursos técnicos de tango", cuenta.
Una orquesta para defender la identidad y abrir camino.
En Austin, la ciudad de Texas donde vive ahora, una escena musical enorme —turca, griega, de Medio Oriente— apenas tenía presencia de tango, pero la curiosidad va aumentando. Y no es solo un fenómeno de afuera: también en el interior de la Argentina, dice, algo cambió. "Me alegra ver que ahora están haciendo cursos y festivales en Santa Fe, en el sur, o chicos de nueve años tocando el bandoneón en el norte. Hace quince años estaba en un curso en Brasil con un bajista cordobés y éramos los dos únicos argentinos; me pedía que tocara yo porque para él el tango era totalmente foráneo. En estos quince años creció mucho la escena juvenil." De Europa habla con la misma certeza: "Tiene un montón de escena. Tengo amigos que tocan tango en Berlín".
Esa diferencia, para Camacho, no pasa tanto por lo que cada estudiante sabe tocar sino por lo que se anima a tocar. Sus alumnos extranjeros llegan con buena técnica, pero les cuesta el sonido feo, el que en el tango no es un error sino parte del lenguaje: "Yo los tiro mucho con la parte de la emoción cruda. Nosotros estamos acostumbrados a que la emoción nos pase por el cuerpo y ellos lo procesan más desde la cabeza. Cuando combinamos nos va muy bien, pero a la larga les cuesta hacer sonidos feos, así como les cuesta cuando hablan y se expresan: es parte de la sociedad, de cómo se manejan, y eso se escucha en el sonido". Uno de sus alumnos se lo explicó a su manera, según recuerda: “Ustedes disfrutan tocar esas tonalidades menores”, esas que suenan más tristes y más oscuras, las que el tango usa para la queja y el desahogo. “Un profesor me contaba que en Estados Unidos van a entrenar con la mochila de marca, las zapatillas caras y todo el equipo, mientras que en Sudamérica ves a un pibe en ojotas haciendo jueguito en el semáforo sin que se le caiga la pelota.
Camacho es la primera mujer en fundar y dirigir una orquesta típica en Estados Unidos, y la segunda en la historia del tango. La única mujer previa con una orquesta típica a su nombre fue Paquita Bernardo, fallecida en 1925. "En el tango sigue habiendo mucha discriminación y machismo. Como mujer contrabajista tuve que tocar el triple de bien que un hombre para que me llamen. Cuando empecé me cruzaba con hombres que no se bancaban que una mujer dirija, que ni siquiera te podía mirar a los ojos". De ese lugar incómodo nace buena parte de lo que hoy construye con su orquesta: "Busco crear un espacio de trabajo saludable, donde se le dé su lugar a las mujeres ya los músicos argentinos, y donde se proteja la cultura. Por eso defendiendo que el tango es patrimonio de la humanidad, pero creo que el tema es la protección cultural: hay que cuidarlo, que no sea solo un producto de exportación".
A más de ocho mil kilómetros de Buenos Aires, el trabajo de Laura Camacho demuestra que el tango puede cruzar fronteras sin perder identidad. Pero esa transmisión exige algo más que reproducir una partitura: requiere comprender un lenguaje construido sobre gestos, acentos, silencios y formas de escuchar que difícilmente puedan codificarse. Entre la investigación etnomusicológica, la práctica musical y la formación de nuevos intérpretes, su apuesta consiste en preservar esa verdad del tango para que siga siendo una experiencia viva y no apenas una imagen de exportación.
Las noticias locales nunca fueron tan importantes
SUSCRIBITE a esta promo especial