Tras la finalización del Tour de Francia masculino y después de que se disputaran La Vuelta femenina y el Giro de Italia femenino, llega el turno del Tour femenino a partir de mañana. Una edición de la carrera que se presenta muy interesante, tanto por la dureza y la variedad del recorrido como por el nivel de las corredoras inscritas. 147 ciclistas (21 equipos de siete corredoras) partirán de Lausana, Suiza, en la quinta edición del Tour femenino. La vigente campeona, Pauline Ferrand-Prévot, defenderá su maillot amarillo frente a dos antiguas ganadoras: Demi Vollering (2023) y Kasia Niewiadoma-Phinney (2024).

Las tres aspiran a convertirse en las primeras bicampeonas desde el regreso de la carrera en 2022; con permiso de rivales de entidad como Anna van der Breggen, Elisa Longo Borghini, Célia Gery, Puck Pieterse, Lorena Wiebes, Marianne Vos, Charlotte Kool, Kim Le Court Pienaar o la catalana Paula Blasi. La ciclista de Esplugues es una de las grandes sensaciones del pelotón femenino, en una temporada en la que ha ganado La Vuelta y en la que se ha mostrado como una de las más sólidas en la montaña. Fue inscrita a última hora por su equipo en la carrera y, a priori, no debería ser la primera baza de su escuadra, pero ella ya ha señalado que será la carretera, como suele decirse, la que pondrá a cada una en su sitio.
Por delante, las ciclistas tendrán que hacer frente al recorrido más duro del Tour de Francia, tal como indican sus números, ya que éste es el año con más kilómetros a recorrer, 1.175 kilómetros, y el de mayor desnivel, 18.775 metros repartidos en nueve etapas cuya intensidad va de menos a más. Un Tour con 39 colinas o puertos puntuables –uno de categoría especial, el Mont Ventoux en el desenlace de la séptima etapa; dos de primera categoría, el primero aparece en la tercera etapa, Col de la Faucelli; diez de 2ª categoría, 12 de 3ª y 14 de cuarta categoría–que promete emociones fuertes hasta el desenlace en la Costa Azul.
El primer maillot amarillo se decidirá en Lausana, en Suiza, ya con tres cotas y un final que comportará más de una sorpresa. Las favoritas a la gloria empezarán a tomar posiciones en la cuarta jornada, con el regreso al libro de ruta de una contrarreloj individual. 21 kilómetros que no son del todo llanos y que tiene la primera toma de tiempos en el repecho de casi dos kilómetros al 6,9% situado en el kilómetro 9,5 de la CRI. El plato fuerte llegará el séptimo día, con el final en alto en el paisaje lunar del Mont Ventoux, el techo de la carrera (1.910 metros) con sus rampas desprotegidas de sombra y cocidas a fuego lento por el sol; son 15,7 kilómetros de longitud al 8,8% de media. Una subida en la que se han escrito algunas de las páginas más gloriosas pero también más dramáticas del Tour, cuya inclusión en la carrera argumentaba con estas palabras Marion Rousse, la directora de la carrera. “Cada año ponemos énfasis en llevar a las ciclistas a los lugares donde se escribe la historia del Tour y por ello acabamos en las cimas de más renombre. Sé que a las campeonas les encanta escalar cumbres de leyenda y ahora llega el Mont Ventoux, para mí la montaña más bella que existe”.
Este coloso ejercerá de juez en vísperas de un intenso final en los Alpes Marítimos, frente a la Costa Azul, con una última etapa de traca, de menos de 100 kilómetros, pero con cuatro pasos al Col d’Eze, que exigirá la máxima atención a las corredoras. Un Tour sin descanso.