Lo extraordinario que pasa delante nuestro: aprender a mirar lo que ya tenemos

2026/10/03

Justo esta semana, un amigo, Nir, me recordó un estudio que había leído algún tiempo atrás por otro motivo. Al volver a pensarlo, me di cuenta de que su mensaje podía ser mucho más potente si lo mirábamos desde otro lugar. En enero de 2007, el diario The Washington Post realizó un experimento muy particular. Le propusieron a uno de los violinistas más extraordinarios del mundo, Joshua Bell, que se parara a tocar su violín en una estación de metro de Washington D.C.

Bell no era un músico cualquiera. Tocaba un violín Stradivarius valuado en millones de dólares y había llenado las salas de concierto más importantes del mundo. Pero aquel día no había un escenario elegante, ni luces, ni entradas, ni un público que hubiera pagado para escucharlo. Simplemente se paró en el metro, vestido como cualquier músico callejero, abrió su estuche y comenzó a tocar. Durante los aproximadamente 45 minutos que duró el experimento, más de mil personas pasaron frente a él.

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Y ocurrió algo increíble: casi nadie se detuvo. Algunos siguieron caminando sin siquiera mirarlo, otros se quedaron unos segundos y continuaron su camino y unos pocos dejaron alguna moneda. Una de las personas que pasó frente a él ni siquiera sabía que estaba escuchando a uno de los grandes violinistas del mundo. Lo extraordinario estaba ahí, pero casi nadie lo vio.

Muchas veces no necesitamos que aparezcan cosas extraordinarias. Necesitamos aprender a reconocer las que ya tenemos delante. Una de las reglas del FOMO, el miedo a perdernos algo, es pensar que en otro lado está pasando algo mucho mejor. Y, al final, no estás acá ni estás ahí.

Por eso existe el dicho de que el pasto del vecino siempre parece más verde. Y, obviamente, parece más verde porque el otro lo está regando mientras vos lo estás mirando. Y eso es un poco la vida: muchas veces, lo mejor está pasando delante de nuestros ojos, pero nosotros no estamos ahí. O estamos ahí, pero no valoramos ese momento en su verdadero valor.

El agua que hace que el pasto se vea más verde se llama atención, valoración y reconocimiento. Para que no nos pase como en esta otra historia.

Era alrededor del año 2005. La reina Isabel II y su oficial de protección personal, Dick Griffin, estaban caminando solos una tarde por las colinas cercanas al castillo real escocés de Balmoral. Normalmente, no se encontraba ni un alma por allí. Pero aquel día en particular, vieron a dos excursionistas estadounidenses que se acercaban caminando hacia ellos.

Griffin recordó la historia esta semana:

—Había dos excursionistas que venían hacia nosotros, y la reina siempre se detenía para saludar a cualquiera que pasara.

—Desde el momento en que nos detuvimos, quedó claro que no habían reconocido a Su Majestad, la reina. Ella llevaba un pañuelo en la cabeza y ellos no se dieron cuenta de que se trataba de la monarca de Inglaterra.

—El excursionista estadounidense empezó a contarle a la reina de dónde venían, adónde iban después y qué lugares habían visitado en Gran Bretaña y Escocia.

—Yo podía ver que la pregunta estaba por llegar. Y, efectivamente, el excursionista le preguntó a Su Majestad:

—¿Y usted dónde vive?

Ella respondió:

—Bueno, vivo en Londres, pero tengo una casa de vacaciones justo al otro lado de las colinas.

Entonces el excursionista le preguntó:

—¿Hace cuánto tiempo viene por aquí?

Ella respondió, con su marcado acento británico:

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—He estado viniendo aquí desde que era una niña, así que hace más de 80 años.

Se podía ver cómo las ideas empezaban a darle vueltas en la cabeza al hombre. Entonces dijo:

—Bueno, si viene por aquí desde hace más de 80 años, debe haber conocido a la reina. Ella tiene una casa en esta zona.

La reina, rápida como un rayo, respondió:

—No, nunca la conocí. Pero Dick, que está aquí, se encuentra con ella regularmente.

Entonces el excursionista le preguntó al guardaespaldas, Dick Griffin, cómo era la reina en persona.

Él contó:

—Como llevaba mucho tiempo con ella y sabía que podía tomarle el pelo, les dije a los turistas estadounidenses:

—Oh, a veces puede ser bastante malhumorada, discutidora y difícil de tratar, pero tiene un maravilloso sentido del humor.

Lo siguiente que supe fue que aquel hombre se acercó, puso su brazo alrededor de mis hombros y, antes de que pudiera darme cuenta de lo que estaba pasando, sacó su cámara, se la entregó a la reina y le dijo:

—¿Podría, por favor, sacarnos una foto a los dos?

Y así fue como la reina se convirtió en fotógrafa. Ella tomó varias fotos de su guardaespaldas junto a los estadounidenses.

—Después intercambiamos los lugares, y yo les saqué una foto a ellos junto a aquella anciana, que casualmente era la reina.

Nos despedimos y cada uno siguió su camino.

Después, Su Majestad me dijo:

—Me encantaría ser una mosca en la pared cuando él les muestre esas fotografías a sus amigos en Estados Unidos… y espero que alguien le diga quién soy.

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Lo extraordinario puede estar delante nuestro y, sin embargo, pasar completamente desapercibido. A veces pensamos que para encontrar algo extraordinario tenemos que viajar, cambiar de vida, alcanzar algo enorme o esperar un momento especial. Los dos excursionistas caminaron, hablaron y hasta se sacaron una foto con la reina de Inglaterra, pero no tenían la menor idea de quién tenían delante.

Y lo interesante es que la reina no había dejado de ser reina porque ellos no la reconocieran. Ella seguía siendo la reina. Simplemente, ellos no tenían los ojos para verla. Y eso nos pasa muchísimo en la vida.

El problema es que muchas veces confundimos lo cotidiano con lo poco valioso. Tenemos que repetirnos algo que parece obvio, pero que no siempre vivimos: que algo sea habitual no significa que haya dejado de ser extraordinario.

El violinista seguía siendo Joshua Bell aunque nadie se detuviera. La reina seguía siendo la reina aunque los turistas no la reconocieran. Las señales están todos los días delante nuestro. Solo que estamos demasiado apurados para verlas. No necesitamos una vida diferente. Necesitamos mirar de manera diferente la vida que tenemos.

Esta semana, después de que Nir me recordara aquel estudio, me quedó dando vueltas una pregunta: ¿Qué hay hoy delante mío que es extraordinario y que, por haberme acostumbrado, ya dejé de ver? Hay una frase que capta esta idea: “Familiarity breeds blindness”. La familiaridad puede generar ceguera.

Como dice Ralph Waldo Emerson:

“Si las estrellas aparecieran una sola vez cada mil años, ¡cómo creerían los seres humanos y cómo las adorarían! Pero aparecen cada noche, estos embajadores de la belleza, e iluminan el universo con su sonrisa.”

Los turistas se fueron pensando que habían conocido a una simpática anciana de Escocia. Pero cuando descubrieron quién era, probablemente pensaron:

“¡No puede ser! ¡Estuvimos hablando con la reina y ni siquiera nos dimos cuenta!”

Y quizás algún día nosotros también miremos hacia atrás y descubramos que estuvimos sentados al lado de personas, momentos y oportunidades extraordinarias y no nos dimos cuenta.

Por eso, el desafío para esta semana no es necesariamente buscar algo nuevo, sino trabajar el músculo de ver extraordinario lo ordinario. Para que no corramos toda la vida buscando una música diferente, mientras la música más extraordinaria de nuestra vida está sonando justo al lado nuestro.

Que tengas un hermoso fin de semana.

(*) Rafael Jashes - Rabino