El estudiante está a punto de quedarse dormido cuando un estruendo sacude la puerta de su habitación. Antes de que tenga tiempo de reaccionar, un hombre armado irrumpe con violencia, le deslumbra con una linterna y comienza a gritarle en inglés. "¡Al suelo! ¡Dame el teléfono!". En cuestión de segundos, tiene los ojos vendados y las manos atadas a la espalda.
El secuestrador le ordena grabar un vídeo para sus padres suplicándoles que paguen un rescate. En ese momento, otro hombre entra en la habitación y comienza a señalar al estudiante los errores que ha cometido durante su secuestro: debería haber bajado antes la cabeza y levantado las manos más despacio.
No se trata de un secuestro real, sino de uno de los ejercicios que ofrecen los nuevos campamentos en China para preparar a los jóvenes que viajarán al acabar el verano a estudiar a universidades de Estados Unidos.
En otra habitación, varios jóvenes esperan en fila con sus pasaportes en la mano. De repente aparecen varios hombres con chalecos que reproducen la estética de los agentes del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE). Les interrogan en inglés, les exigen la documentación, les separan del grupo y les someten a un simulacro de control migratorio sorpresa. El ejercicio termina con una sesión en la que los instructores les enseñan qué responder, cómo mantener la calma y qué derechos conservar durante una inspección.
Los cursos incluyen secuestros simulados, redadas migratorias, estafas telefónicas, delitos de odio, acoso escolar y situaciones de racismo. Su existencia refleja hasta qué punto ha cambiado la percepción del llamado "sueño americano" entre las familias chinas.
Durante décadas, conseguir una plaza en una universidad estadounidense representaba la culminación del ascenso social para millones de estudiantes. Hoy, antes incluso de embarcar rumbo a California, Nueva York o Washington, muchos ensayan cómo reaccionar si unos agentes del ICE llaman a la puerta de su residencia universitaria.
Lulu Lu, una estudiante de Pekín que comenzará sus estudios en septiembre en una universidad de Washington, contaba el diario South China Morning Post que decidió apuntarse por iniciativa de su madre. Tras completar el simulacro de secuestro, los instructores repasaron con ella cada movimiento: permanecer tumbada en el suelo, evitar desafiar al agresor, interpretar sus exigencias y ganar tiempo.
Estos campamentos han añadido recientemente tutoriales sobre los controles migratorios del ICE. Los anuncios promocionales prometen entrenar a los alumnos para afrontar inspecciones sorpresa en residencias, universidades o espacios públicos reproduciendo los procedimientos de las autoridades estadounidenses.
También incluyen módulos específicos sobre cómo responder ante insultos racistas, cómo detectar fraudes dirigidos a estudiantes internacionales o qué hacer si se convierten en víctimas de acoso escolar.
El fin del "sueño americano"
Todo este miedo no ha surgido de la nada. Durante los últimos años, en China se ha contado en bucle que las autoridades estadounidenses han endurecido el escrutinio sobre investigadores y estudiantes chinos en nombre de la seguridad nacional.
Las restricciones a determinadas áreas científicas, los interrogatorios en aeropuertos, las amenazas de cancelar visados y el discurso cada vez más duro de la Administración Trump han alimentado la percepción de que los universitarios chinos son potenciales sospechosos dentro de la rivalidad estratégica entre las dos mayores potencias del planeta.
Hace unos meses, el Ministerio de Educación chino incorporó advertencias específicas para quienes parten hacia universidades estadounidenses, alertándoles sobre posibles interrogatorios y un entorno más hostil. Mientras tanto, la maquinaria propagandística insiste desde hace años en la violencia de las ciudades estadounidenses, los tiroteos, el racismo o la inseguridad, reforzando la inquietud de muchos padres.
El resultado es que el intercambio académico que durante décadas sirvió como uno de los principales puentes entre China y Occidente comienza a resquebrajarse. Diversos análisis publicados durante el último año coinciden en que estudiar en EEUU ha dejado de ser una apuesta tan segura para muchas familias chinas.
El número de estudiantes chinos ha caído desde el máximo cercano a los 370.000 matriculados en 2019 hasta alrededor de 278.000 en los últimos cursos. Mientras tanto, Reino Unido y Australia ganan terreno como destinos preferidos, al mismo tiempo que las universidades chinas de élite consiguen retener a un número creciente de alumnos que antes habrían buscado una plaza en Harvard, Stanford o Columbia.
Muchas familias siguen adelante simplemente porque llevan años invirtiendo enormes cantidades de dinero en preparar ese salto académico. Un padre del sur de China reconocía que ya era demasiado tarde para cambiar de plan, aunque asumía que quizá su hijo tendría que buscar trabajo en Hong Kong en lugar de permanecer en EEUU tras graduarse.
El clima de sospecha también está transformando la vida cotidiana de quienes ya estudian al otro lado del Pacífico. Un estudio académico publicado este año en la revista académica Higher Education concluyó que numerosos universitarios chinos intentan ocultar su nacionalidad, americanizar su forma de hablar, evitar conversaciones sobre política o mantenerse al margen de determinados debates públicos para no llamar la atención en un ambiente marcado por la creciente rivalidad entre Washington y Pekín.
Mientras ambos gobiernos proclaman la necesidad de estabilizar las relaciones bilaterales, el contacto humano que durante décadas ayudó a amortiguar las diferencias políticas atraviesa uno de sus momentos más delicados. Los estudiantes fueron durante mucho tiempo los mejores embajadores informales entre las dos sociedades. Ahora algunos ensayan cómo sobrevivir a una redada migratoria antes incluso de haber asistido a su primera clase en un país que antes veían como la tierra de las oportunidades.