Los perros detectan palabras con una estrategia similar a la humana

2026/09/24

Los perros comparten con nosotros una habilidad que ayuda a encontrar palabras entre los sonidos del habla. Su cerebro se guía preferentemente por las consonantes, una estrategia hasta ahora solo observada en humanos. El hallazgo sugiere que algunas herramientas con las que procesamos el lenguaje pueden desarrollarse sin necesidad de aprender a hablar.

Las consonantes ayudan a identificar palabras

El estudio, publicado en Science, aborda una dificultad que resolvemos inconscientemente. Las conversaciones no tienen los espacios en blanco de un texto y a menudo pronunciamos las palabras encadenadas, sin separarlas por silencios. Quien escucha debe descubrir dónde están sus límites. “Aunque las vocales son más sonoras y perceptibles, las consonantes suelen formar el esqueleto de las palabras”, explica en la nota de prensa Attila Andics, neurocientífico y primer autor del estudio.

Esta preferencia no está presente desde el principio. Los bebés se apoyan inicialmente más en las vocales, mientras que los adultos dan prioridad a las consonantes. Los científicos intentan esclarecer cómo se produce ese cambio. Una posibilidad es que dependa de las capacidades que desarrollamos al adquirir el lenguaje. Otra es que baste con aprender a reconocer las combinaciones de sonidos que oímos habitualmente.

La convivencia con los perros ofrece una oportunidad para explorar la segunda explicación. Estos animales pasan buena parte de su vida escuchándonos, pero no desarrollan un lenguaje como el nuestro. Encontrar en ellos la misma preferencia permitiría investigar qué mecanismos de aprendizaje compartimos.

Un experimento con palabras inventadas

El equipo de la Universidad Eötvös Loránd de Budapest comparó las respuestas cerebrales de 20 personas adultas y 20 perros de compañía de entre uno y 14 años. Once animales eran mestizos y los demás pertenecían a distintas razas, entre ellas border collie y husky siberiano. La muestra incluía machos y hembras, todos ellos residentes en hogares familiares en el momento del estudio. Los investigadores hicieron escuchar grabaciones de palabras inventadas de tres sílabas, sin significado, para estudiar cómo los participantes descubrían su estructura.

Las secuencias estaban organizadas de tres maneras. En la primera, determinadas consonantes aparecían siempre en el mismo orden, mientras variaban las vocales intercaladas. Esto permitía reconocer la agrupación mediante esa sucesión de consonantes, aunque la palabra completa cambiara. En la segunda, se repetían secuencias de vocales y variaban las consonantes. La tercera mezclaba las sílabas al azar y servía como comparación, al no contener una estructura de palabras que descubrir.

Perro y dueña preparados para una medición de EEG 

Perro y dueña preparados para una medición de EEG Boglárka Morvai

Las grabaciones no incluían pausas ni otras pistas acústicas que señalasen las separaciones. Para detectarlas, el cerebro debía identificar qué sonidos tendían a aparecer en un orden determinado. Esta capacidad de aprender a partir de las regularidades de lo que se oye se denomina aprendizaje estadístico.

Los científicos registraron la actividad eléctrica cerebral con electrodos sobre la cabeza. Cada sílaba duraba un cuarto de segundo y cada palabra, tres cuartos. Si el cerebro detectaba esas agrupaciones, su actividad podía seguir el ritmo de las palabras, además del de las sílabas.

Preferencia compartida con diferencias de detalle

La actividad cerebral de humanos y perros siguió con mayor consistencia el ritmo de las palabras estructuradas por consonantes. La ventaja apareció pese a que las vocales tenían más energía acústica en todas las grabaciones. El resultado, por tanto, no se explica simplemente por atender a los sonidos que más destacan. Un segundo análisis reforzó el resultado al detectar, en ambas especies, diferencias entre las respuestas eléctricas a los tres tipos de grabaciones aproximadamente medio segundo después del comienzo de las palabras.

La preferencia tampoco parece reservada a animales capaces de reconocer muchas palabras. “Los perros de nuestro estudio eran perros domésticos comunes con un vocabulario bastante limitado, pero aun así mostraron un claro sesgo consonántico”, señala Andics a La Vanguardia.

Las investigadoras Boglárka Morvai y Dorottya Rácz durante la grabación de la actividad eléctrica cerebral de uno de los perros

Las investigadoras Boglárka Morvai y Dorottya Rácz durante la grabación de la actividad eléctrica cerebral de uno de los perrosSarolta Szilágyi

Los humanos también detectaron las agrupaciones basadas en vocales. En los perros, en cambio, la respuesta a estas no se distinguió significativamente de la provocada por las sílabas al azar. Ambas especies siguieron el ritmo de las sílabas, pero el seguimiento de los sonidos individuales fue más marcado en las personas. Los resultados muestran cómo procesamos el habla con un detalle mayor.

La exposición temprana al lenguaje no parece imprescindible

Los investigadores también examinaron si la historia de los perros influía en el resultado. Once habían comenzado a vivir en un entorno rico en habla antes de las 12 semanas y nueve después. La distinción importa porque los primeros tres meses aproximadamente constituyen una etapa especialmente sensible para su socialización.

“Los perros que pasaron sus tres primeros meses en la calle o en un refugio, en lugar de como mascotas familiares, mostraron una preferencia igualmente marcada por las consonantes”, afirma en el comunicado Kinga G. Tóth, psicóloga y coautora del estudio. Esto sugiere que la exposición temprana a las conversaciones no es indispensable para desarrollar esta capacidad. Sin embargo, los grupos eran pequeños y la información sobre la vida de algunos animales antes de su adopción era incompleta.

Andics señala que los resultados sugieren que los perros, como los humanos, se adaptan a las regularidades del idioma que escuchan. En la mayoría de las lenguas, las consonantes aportan más información que las vocales para identificar palabras. “Esto también ocurre en húngaro, español o inglés, por lo que se esperaría que los perros que viven con hablantes de estos idiomas mostraran un sesgo consonántico similar”, explica a este diario.

Los investigadores aún deben averiguar cómo adquieren los perros esta preferencia y qué papel ha tenido la domesticación. La convivencia con nuestras conversaciones podría contribuir, pero el experimento no lo demuestra. Sí revela que, para encontrar dónde empieza y termina una palabra, su cerebro aprovecha una de las mismas pistas que el nuestro.