El reloj marca las 23 horas de Qatar y las 17 de Argentina, donde los festejos recién están comenzando en ese domingo 18 de diciembre de 2022 en el que la selección nacional cortó una racha de 32 años sin títulos mundiales. Ya se disfrutó del fútbol show que brindó el equipo dirigido por Lionel Scaloni hasta el doblete de Kylian Mbappé en tiempo reglamentario. Ya se sufrió en el tiempo extra y también con los penales. Ya se celebró de tribuna a campo de juego y también se dio la vuelta olímpica en el césped del estadio Lusail. A Lionel Messi ya le colocaron el bisht, tradicional túnica árabe, con la que recibió el trofeo de la Copa del Mundo. Su familia ya lo saludó, se abrazó y se fotografió. Y ahora aguarda unos minutos por entrar al sector preferencial en las entrañas del estadio. Allí se produce una escena inédita que describe brevemente el papel que tomó Jorge Messi a lo largo de toda la carrera de su hijo.
La actitud del papá de Leo, ese que lo dirigió en Abanderado Grandoli a su más temprana edad, que lo observó en cada partido de fútbol infantil en el predio Malvinas Argentinas de Newell’s, que luchó por cubrir los costos de su tratamiento hormonal para el crecimiento en su etapa de desarrollo físico y así no se truncaran sus posibilidades de ser futbolista profesional, que orquestó el viaje a Barcelona y aguantó con él la primera prueba de 15 días más la incertidumbre posterior hasta el llamado en el que se concretó el fichaje y que nunca, pero nunca le soltó la mano desde su debut profesional hasta sus últimos días, aun peleando por su vida, es una muestra gratis del culto al bajo perfil y la humildad con la que atornilló los pies de Lionel sobre la tierra.
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Unos de los pocos fanáticos argentinos que todavía están en las tribunas de Lusail divisan a los familiares de Messi en la salida del túnel principal que conecta al campo de juego y no dudan en gritar y pedir autógrafos. Primero a Matías, uno de los hermanos de Lionel, que no los escucha. Enseguida la súplica es para Jorge, a quien le muestran una camiseta de la selección y le piden una firma, pero él toma una modesta postura: saluda, escuche el pedido, se encoge de hombros y frunce la nariz y la boca, como diciendo “yo no, yo no soy nadie”.
Enseguida, una nueva muestra de sencillez acapara la escena. Justo antes de que la seguridad abriera paso a los familiares de Messi para que volvieran a encontrarse con Leo, y frente al grito de varios hinchas que vociferaban al percatarse de que las autoridades demoraban el acceso a la familia, Jorge apenas atina a acercarse para dialogar de forma amena con uno de los guardias que estaban apostados frente a la puerta principal. “¡Dejalo pasar que es el papá, gilipollas!”, es el reclamo de uno de los simpatizantes enfurecidos por la espera a la que someten al papá de Lionel. Con la templanza que lo caracterizó en cada aparición pública, Jorge aguarda junto al resto unos minutos más hasta que levantan el pulgar para su ingreso.
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Una de las cosas que más disfrutaba Jorge Messi era ver en la cancha a su hijo. Sin embargo, a lo largo de toda su vida, le remarcó que lo más importante de todo era no perder los valores que lo habían llevado a ser un magnífica ser humano: “Creo que por encima de ser un buen jugador de fútbol sos una excelente persona”.
Los valores que Jorge les transmitió a Lionel, sus hermanos y el resto de la familia, quedaron en evidencia en el final de la carta que el capitán de la selección argentina le dedicó: “Te voy a extrañar mucho, pero siempre vas a estar presente, y sobre todo en la educación de mis hijos, porque les enseño y los educo como ustedes lo hicieron conmigo”.
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