La derrota parcial de hace una semana sacudió a la izquierda brasileña y a su candidato como un calambrazo. Digerido el shock, trazaron estrategias para retomar la campaña electoral. Una marea roja, impulsada por jóvenes, adolescentes y brasileños de la comunidad LGTB, tomó este domingo la avenida Paulista de São Paulo en una exhibición democrática de fuerza de los progresistas. “Este país no puede perder la democracia”, proclamó el presidente Luiz Inácio Lula da Silva. “No podemos permitir que el bandido vuelva a gobernar”. El veterano político y los suyos están embarcados en la misión de movilizar a los 33 millones de abstencionistas para remontar. Quedan dos semanas para las elecciones.
El senador Flávio Bolsonaro es el favorito para ganar el día 25 tras aventajar a Lula en 1,8 puntos. El izquierdista roza el empate técnico en el duelo final, según Datafolha. La remontada se presenta ardua, pero no imposible. Las 167 ciudades profeta, que este siglo siempre han dado la victoria parcial a quien vence la definitiva, apuntan a que Bolsonaro tiene dos tercios de probabilidades, y Lula un tercio, según el diario Estadão.
Hacía mucho que la izquierda brasileña no se daba semejante baño de multitudes y autoestima. Muriel Dias de 43 años, directora de Recursos Humanos, estuvo aquí mismo el sábado pasado, en el último acto político de Lula antes de la votación. “Hoy hay 100 veces más gente”, dice.
Los manifestantes vinieron impulsados por una sensación de urgencia. Y eran notablemente más jóvenes de lo habitual en los últimos años, constataron desde la acera Maray, de 77 años, y Fausto, 81, fundadores del PT hace casi medio siglo. Anthony, un estilista de 27 años, convenció a sus amigos para unirse a la manifestación con la misión de remontar y que Lula venza. “No soy del PT, pero es la mejor opción que tenemos. Soy negro, mi madre es pobre. Sé lo que Lula ha hecho. No es el Gobierno que quiero porque yo soy comunista, pero ahora mismo es lo mejor para todos”.

En el arranque de la segunda fase de la campaña, los dos presidenciables se han metido a fondo en sus respectivos papeles. Flávio Bolsonaro, de 45 años, instó a los suyos a no relajarse porque aún queda partido. Adoptó un aire institucional para recoger adhesiones de las siglas de la derecha y los candidatos derrotados. Se reunió y posó con los 10 gobernadores afines elegidos en primera vuelta en una exhibición del enorme poderío legislativo y territorial que el Partido Liberal y sus aliados conquistaron en las urnas el día 4.
Bolsonaro hijo pide al electorado una oportunidad para echar a Lula del poder “porque Brasil ya ha tenido suficiente de Lula. Basta ya”. Anunció “reformas constitucionales para redemocratizar Brasil” que causan escalofríos entre los demócratas. Este domingo, Bolsonaro tenía previsto reunirse con alcaldes de São Paulo, el estado donde la derecha conservadora ganó al Partido de los Trabajadores por 26 puntos.
Enfrente, la izquierda unida. Con Lula y el PT a la cabeza. El presidente, otros dirigentes y los nuevos parlamentarios tocaron a rebato. Movilización general en las redes sociales y en la calle para que ni un fiel deje de votar el 25 y para persuadir a los 33 millones de abstencionistas de que voten por Lula, aunque sea con disgusto. Si no, advierten con un discurso para azuzar el miedo, de la mano de los Bolsonaro caerán sobre Brasil los siete males, que arrasarán con las conquistas sociales de los Gobiernos progresistas.

Envuelta en una bandera del arcoíris, la empresaria Ana Nogueira, de 41 años: “Estamos aquí porque este es un momento de emergencia. Tenemos que conservar la democracia”, afirmó junto a Vânia Ferreira, empresaria de 55 años, su esposa desde hace 18 años. Se han impuesto la misión de conseguir un nuevo votante para Lula cada día.
El presidente prometió que “en el próximo mandato” hará “una revolución tecnológica” para impulsar la industria digital en Brasil y “una revolución en seguridad pública para que la gente esté segura y meter en la cárcel a los criminales”.
La izquierda se está empleando a fondo en dar la batalla en redes sociales, un territorio clave en Brasil y en el que el bolsonarismo se mueve con enorme agilidad y eficacia hace años. Estos comicios consolidaron el fenómeno del diputado influenciador, que saltó de TikTok en una pirueta directo al escaño.
Lula y los suyos desplegaron una colosal campaña que incluye memes de Lula creados por inteligencia artificial, testimonios de las oportunidades creadas por los Gobiernos del PT —el investigador que gracias a las becas llegó desde el nordeste empobrecido a Harvard; el médico negro hijo de madre sola; el votante de izquierdas que conduce un BMW—, pacientes que siguen vivos gracias a la sanidad pública y famosos de más de 70 años que animan a sus coetáneos a acercarse a las urnas. Para los adolescentes de 16 y 17 años y los mayores de 70, el voto no es obligatorio como para el resto.
Dado que los indecisos rondan el 1%, según Datafolha, la mejor opción de Lula para remontar son los abstencionistas. El mandatario concurre como candidato de una alianza entre siete partidos, que abarca desde el flanco izquierdo del PT que encarna el Partido Socialismo y Libertad (PSOL) hasta el centro derecha que personaliza el candidato a vicepresidente Geraldo Alckmin, conservador e interlocutor ante un empresariado y unos inversores que ven a Lula como un gobernante derrochador.
El presidente Lula sabe bien que esta es su última oportunidad para derrotar a los Bolsonaro —ya una dinastía— y cerrar su larga carrera política con un triunfo, con un cuarto mandato. Si ganara de nuevo, no podría presentarse a la reelección. Conoce bien el amargor de la derrota: perdió tres elecciones presidenciales antes de vencer en 2003. Ese fue uno de sus grandes errores en la campaña hasta ahora: centrarse en su espectacular trayectoria —mucha épica, fotos en blanco y negro, conquistas de hace dos décadas, y un discurso con más soberanía y tierras raras— sin detallar sus planes para que, si es reelegido, llegar a fin de mes sea más fácil. Mientras, el hijo del preso Jair Bolsonaro machacaba cada día con el desafío cotidiano que sus compatriotas afrontan en el supermercado.