El fútbol femenino ha pasado en la última década de ser considerado un proyecto secundario, ligado al fútbol masculino y sin recursos ni inversión a convertirse en un fenómeno deportivo y comercial con valor propio. Así lo defiende Marian Otamendi, CEO del World Football Summit que se celebra en Madrid del 15 al 16 de septiembre, en un informe pionero describe una década de transformación.
¿Cuál cree que fue el momento que realmente cambió la percepción del fútbol femenino como negocio?
Ha sido un proceso largo, con dos puntos de inflexión globales antes de llegar al momento español. El primero fue Estados Unidos 1999: con 90.185 espectadores en el Rose Bowl para la final, una audiencia que rondó los mil millones de espectadores en todo el mundo y que demostró, por primera vez, que el fútbol femenino podía llenar un estadio de fútbol americano y convertirse en fenómeno de masas. El segundo fue Francia 2019, que llevó ese fenómeno a otro nivel: superó por primera vez la barrera de los 1.120 millones de espectadores y se convirtió en el megáfono definitivo de la lucha por la igualdad salarial, liderada por la selección estadounidense y coreada en estadios llenos con "Equal Pay". Aquel torneo demostró a patrocinadores y televisiones que el fútbol femenino era un producto masivo y rentable, y obligó a clubes europeos y federaciones a profesionalizar sus estructuras de forma irreversible.
El Mundial de 2019 se convirtió en el megáfono definitivo de la lucha por la igualdad salarial, liderada por la selección estadounidense y coreada en estadios llenos con "Equal Pay"
¿Cómo se trasladó ese fenómeno al fútbol español?
Lo que ha ocurrido en España desde entonces es la traducción de ese cambio global a un mercado concreto. La victoria de la selección española en el Mundial 2023, con una audiencia global de 2.000 millones de espectadores según FIFA, y la gran afluencia registrada después en la Eurocopa de Suiza 2025 hicieron que las marcas redoblaran su interés en el producto local. También ayudó que varias de esas futbolistas se convirtieran en referentes, lo que incrementó su valor comercial. Si 1999 y 2019 demostraron al mundo que el fútbol femenino era negocio, 2023 y 2025 fueron el momento en que España empezó a cobrarlo.

El informe destaca la importancia de vender los derechos y patrocinios del fútbol femenino de forma independiente.
Al fútbol femenino había que darle su propio valor, y eso exige venderlo por separado. Los derechos del fútbol femenino europeo se valoran en torno al 0,5% de los del masculino, cuando su afición ya equivale al 9%. Esa brecha no es de audiencia, es de valoración de producto. Separar los derechos obliga a pensarlos mejor y a extraer todo el valor del inventario y del activo. El valor de los derechos audiovisuales de la Barclays WSL pasó de 15 a 45 millones de libras cuando se vendió por separado. Además es un producto distinto: 57% de público femenino frente al 31% del masculino. El fútbol femenino debe seguir su propio camino, no copiar el modelo del masculino.
El valor de los derechos audiovisuales de la WSL pasó de 15 a 45 millones de libras cuando se vendió por separado
No es solo el caso inglés. La antigua responsable de patrocinio digital de la UEFA, Kayleigh Grieve, comentó que durante años quien compraba la Champions League masculina se llevaba la femenina de regalo, y esos derechos quedaban sin activar comercialmente porque nadie les había puesto precio propio. Visa fue de las primeras marcas en romper esa lógica, igualando en 2019 su inversión en medios entre el Mundial masculino de 2018 y el femenino de Francia, y firmando después un patrocinio de siete años con la UEFA centrado solo en el fútbol femenino. Google se topó con el mismo problema desde el lado comprador: al negociar el patrocinio de la selección femenina de Estados Unidos, descubrió que los derechos estaban estructurados de forma que patrocinar a las mujeres significaba patrocinar también a los hombres, y tuvo que forzar una cláusula que garantizara que al menos la mitad de su inversión fuera directamente al programa femenino. El patrón se repite en todas partes: mientras el producto va empaquetado, no tiene precio; en cuanto se separa, pasa a tenerlo.
Los datos demuestran un enorme crecimiento de audiencias, asistencia e inversión. ¿Podemos decir que el fútbol femenino ya es una industria consolidada o todavía seguimos hablando de una etapa de construcción?
La afición está consolidada; el negocio, no. Hay que aumentar el número de aficionados, la asistencia a los estadios, las audiencias de televisión y la cuota de pantalla del fútbol femenino, y ahí la responsabilidad es también de los medios de comunicación. Una parte importante de los equipos de Liga F sigue siendo deficitaria, lo que indica que el modelo de negocio todavía no está asentado.

El propio patrocinador lo confirma desde el lado de la inversión: un estudio global de BCG sitúa el retorno para las marcas que invierten en fútbol femenino en torno a siete veces lo invertido, frente a dos o tres veces en el masculino. Eso quiere decir que quien entra ahora mismo en el fútbol femenino está entrando barato en un activo que ya rinde más que el masculino por cada euro puesto. La consolidación de la afición ya ha convencido a quien pone el dinero de patrocinio; lo que falta es que esa misma lógica llegue a taquilla, abonos y derechos audiovisuales, que es donde de verdad se sostiene un club.
Si el gran reto es que el fútbol femenino de clubs sea económicamente sostenible, ¿qué debería cambiar la industria para conseguirlo?
Hay que dejar de depender del patrocinio y construir ingresos propios: taquilla, socios, contenido, derechos. El fútbol masculino ha pasado por lo mismo, también depende del patrocinio, pero cuenta con décadas de mercado consolidado detrás para amortiguarlo. El fútbol femenino no tiene ese colchón todavía. El patrocinio es dinero prestado a la confianza de un tercero; la taquilla es tuya. Hay dos riesgos, no uno: inflar la masa salarial por delante de los ingresos, y poner un precio que el mercado no paga. Esto último lo hemos visto este mismo verano: la Liga F sacó sus derechos a concurso, quedó desierto al precio de salida y hubo que rehacer la operación con DAZN, TVE y TV3. La visibilidad sigue siendo nuestro activo más escaso. Necesitamos también que los clubes cedan sus estadios principales más a menudo a las secciones femeninas, o que algunos, simplemente los cedan.
Necesitamos también que los clubes cedan sus estadios principales más a menudo a las secciones femeninas, o que algunos, simplemente los cedan
Hay un problema de fondo detrás de los dos riesgos, y no es solo español. La directora comercial de la CONCACAF, Heidi Pellerano, lo planteó bien: a una startup tecnológica se le dan de forma rutinaria entre cinco y diez años antes de exigirle beneficios, y al fútbol femenino se le exige el equilibrio desde el primer día. La propia UEFA lo ha dicho en los mismos términos: su directora de fútbol femenino, Nadine Kessler, ha sido clara en que quiere clubes que generen beneficio operativo real, no una valoración inflada para una salida rápida, porque "no queremos inversores que entren un día y se vayan al siguiente. Esto no es jugar en bolsa." El riesgo real no es solo gastar de más: es que entre capital que trate esto como una apuesta especulativa en vez de como la construcción de un negocio a largo plazo.
El Barça se ha convertido en uno de los grandes referentes tanto dentro como fuera del campo. ¿Qué pueden aprender el resto de clubs de su modelo?
El Barça fue el primer club en apostar de verdad por un equipo femenino, y eso explica su ventaja sobre el resto. Contar con personal dedicado en exclusiva a la sección femenina también ha sido determinante. El Barça femenino cerró 2025-26 con 28,8 millones de euros de ingresos, un 33% más que la temporada anterior, y 8,5 millones de beneficio: es rentable, algo casi único en Europa. Lo interesante es de dónde viene ese crecimiento: el ingreso audiovisual subió un 61%. No vive del patrocinio heredado. La lección es doble: aprovechar la infraestructura del club masculino sin diluirse en ella, y tratar los partidos grandes como acontecimientos. Los 60.067 espectadores del clásico de abril dejaron más de dos millones de euros en taquilla.
Esto no salió de la nada. El Barça ya había sido el primer club femenino de Europa en alcanzar la autosostenibilidad plena, en la temporada 2022-23, tras pasar de 7 a 25 millones de euros de ingresos en solo cuatro años. Lo que ha pasado después, hasta los 28,8 millones actuales, es la confirmación de que aquel primer salto no fue un pico puntual sino un modelo que se sostiene y crece. Y no es un caso aislado en Europa: ya hay al menos un club femenino continental con una valoración por encima de los 200 millones de euros, la misma lógica que convirtió a la MLS, tras años de pérdidas operativas asumidas por un grupo reducido de propietarios, en una liga que acabó revalorizándose con fuerza. El Barça no es una excepción: es la prueba de que el modelo funciona cuando se le da tiempo.
El Barça ya había sido el primer club femenino de Europa en alcanzar la autosostenibilidad plena, en la temporada 2022-23, tras pasar de 7 a 25 millones de euros de ingresos en solo cuatro años
Es imposible no pensar en figuras como Alexia Putellas o Aitana Bonmatí como claves de este crecimiento. ¿Hasta qué punto jugadoras así han sido fundamentales para cambiar la dimensión y la percepción del fútbol femenino?
Las figuras individuales siempre han sido el gran catalizador para acelerar el crecimiento de cualquier deporte. En España lo hemos visto de forma clarísima con figuras como Severiano Ballesteros, Ángel Nieto, Manolo Santana, Carolina Marín, Gemma Mengual o Mireia Belmonte: deportistas que cogieron disciplinas que hasta entonces tenían muy poca tradición en el país, las convirtieron en fenómenos masivos y atrajeron de golpe tanto al gran público como a las marcas.
Pero cuando analizamos la dimensión de lo que están logrando Aitana Bonmatí y Alexia Putellas, la escala va un paso más allá. Ellas pertenecen a esa categoría de deportistas —al nivel de lo que supusieron Michael Jordan en el baloncesto o Tiger Woods en el golf— que, por su excelencia técnica, su carácter y su carisma, trascienden las fronteras del terreno de juego y elevan su deporte a escala global. Su impacto no es solo un fenómeno nacional, es una ola internacional. La prueba más evidente de este tirón comercial es el reciente acuerdo entre Nike y las London City Lionesses tras la llegada de Alexia, un contrato de patrocinio principal que supera en valor económico a los de varios clubes de la Premier League masculina.
Por eso, el verdadero desafío de la industria hoy no es simplemente disfrutar de su talento mientras estén en activo, sino saber canalizar esta visibilidad para construir una estructura duradera. Necesitamos aprovechar este momento de máxima atención para afianzar una base amplia y fiel de aficionados, consolidar audiencias de televisión recurrentes y diseñar un producto comercial atractivo y sostenible. El verdadero legado de la era Aitana y Alexia no se medirá únicamente en los títulos o Balones de Oro que levanten, sino en garantizar que, cuando llegue el momento de su retirada, el fútbol femenino mantenga todo su empuje sobre una industria sólida y autosuficiente.