
Marruecos afronta sus elecciones la próxima semana. El miércoles 23, cerca de 30 partidos se presentan a unos comicios con el resultado en juego. Siete formaciones parten con opciones claras para conseguir una amplia representación en la Cámara. Sin embargo, para conocer la cara visible del próximo Ejecutivo habrá que esperar a que las elecciones estén terminadas, pues los partidos no tienen una punta de lanza elegida como candidato. El primer ministro lo escoge Mohamed VI.
El sistema electoral combina un Parlamento elegido en las urnas con un grupo de poder que mantiene la decisión final en manos de la realeza. La Constitución aprobada en 2011 amplió las competencias parlamentarias y reforzó, sobre el papel, la autonomía del Gobierno. No obstante, el equilibrio de poderes continúa inclinado hacia el Palacio Real y el monarca ostenta todavía el poder de elegir varias de las principales figuras del Gobierno.
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El Reino de Marruecos se define como una monarquía constitucional, no parlamentaria. La función del voto es la elección de los diputados y determinar de qué partido saldrá el elegido por Mohamed VI. El monarca está obligado a elegir una figura del partido más votado. Una vez ha sido escogido, el nuevo primer ministro lidera las negociaciones para formar una coalición parlamentaria. La capacidad para construir alianzas es determinante en un escenario en el que ninguna fuerza suele concentrar por sí sola el respaldo suficiente, pues hay muchos partidos y no se exige un mínimo de votos para obtener representación, lo que facilita la entrada de los minoritarios.
Este sistema hace que los partidos traten de reclutar figuras con una buena posición de cara al rey, como ha ocurrido con Fouzi Lekjaa, el actual presidente de la Federación de Fútbol, que en los últimos meses se ha convertido en uno de los favoritos y que, tras sonar para varios partidos, se unió al Partido de la Autenticidad y Modernidad (PAM).
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El rey conserva competencias efectivas para disolver el Parlamento y suspender las garantías constitucionales. También se encarga del nombramiento de varios de los ministros más poderosos, sin que tengan que ser del primer partido en votos. Concretamente, elige a los mandamases de las carteras de Exteriores, Interior, Defensa y Asuntos Religiosos. Por tanto, en la práctica, la cúpula depende de Mohamed VI.
El poder legislativo se estructura en dos cámaras. La Cámara de Representantes, o Majlis al-Nuwab, constituye la cámara baja (equivalente al Congreso) y se elige cada cinco años mediante sufragio universal. Dispone de 395 escaños. De ellos, 305 se distribuyen en 92 circunscripciones locales y los otros 90 escaños corresponden a 12 regionales. La Cámara de Consejeros (equivalente al Senado), o Majlis al-Mustacharin, se renueva cada tres años y se elige de forma indirecta. El 60% lo designan los gobiernos locales y regionales, y el 40% restante los sindicatos, empresarios y cámaras profesionales.
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Según explica un estudio del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales (CEPC), desde la reforma constitucional de 2011, los partidos históricos, como Istiqlal y la Unión Socialista de Fuerzas Populares, han perdido peso frente a las nuevas formaciones. El resultado ha sido una elevada fragmentación del Parlamento y la dificultad para que una sola fuerza alcance una mayoría suficiente para gobernar. Los ejecutivos han dependido así de coaliciones multipartidistas. La fragmentación dificulta además la formación de mayorías estables. Esto hace todavía más decisiva la implicación del Palacio Real.