Maru Duffard siempre creyó que había cosas que no eran para ella: casarse, tener hijos, construir una familia mientras desarrollaba una carrera que le exigía estar siempre disponible. Sin embargo, la vida la llevó por otro camino. Se casó con Gastón Cavanagh, a quien conoció trabajando, y tuvo dos hijas, Isabel y Aurora.
Entonces llegó la maternidad y la pregunta dejó de ser teórica: ¿cómo estar presente en la vida de sus hijas sin desaparecer de la propia? Quería criarlas, buscarlas en el jardín y compartir sus desayunos, pero también seguir creciendo en una profesión que la define.
Hoy atraviesa otra transformación: conduce Infobae al Mediodía y, por primera vez, lidera sola un equipo. Después de más de 15 años de carrera, el nuevo desafío la llevó a repensar no solo qué tipo de líder quiere ser, sino también cómo construir un equilibrio entre el trabajo y la familia.
Con el tiempo, entendió que su mayor miedo no era no poder con todo, sino perder cosas en el camino. Y encontró una respuesta: “Estoy presente en los dos lugares, puedo habitar con plenitud los dos lugares”.
—Bienvenida ¿Cómo estás viviendo este momento profesional?
—Muy bien, contenta. Estoy contenta con el equipo. Es la primera vez que lidero yo sola un equipo y eso para mí era un desafío.
—¿Te daba miedo?
—Sí, porque estoy construyendo una manera de hacerlo y a veces puede no salir bien, pero estoy contenta, la pasamos bien. Por supuesto, es un laburo, no es una kermés, pero hay complicidad y cada uno encontró su lugar, está cómodo, puede desplegar, sentir que puede crecer. Y eso a veces en los equipos es difícil, pero siempre digo que hay espacio para todos. La idea de un equipo cuando funciona es que, si todos crecen, crece el equipo también.
—Ahí el líder del equipo es fundamental, ¿tuviste buenos jefes?
—Sí, y también está en la seguridad que tenga cada uno. Tuve un montonazo de jefes en mi vida y hay una cosa de Jorge Lanata que siempre rescato: era súper exigente, pero sacaba lo mejor de vos. Tenía un liderazgo muy positivo. Yo empecé con Jorge trabajando en el diario Clarín. Él escribía la página dos y yo hacía la investigación periodística. Siempre confiaba más en mí de lo que yo confiaba en mí misma. Mucho tiempo después, cuando yo ya estaba trabajando en TN, fui a hacer un reemplazo a su programa, me mira y me dice: “¿Vos qué hacés acá? Vos tendrías que estar inventando una cosa y rompiéndome, queriendo ganarme”. Eso es un liderazgo que te incita y podía hacerlo porque estaba recontra seguro, no tenía miedo de irse de vacaciones y que yo me quedara con la conducción de su programa.
—Había que tomar la decisión de dejarlo a Jorge, ¿se bancó que te fueras?
—Es que dejé la radio, pero seguí en la tele. Con Nico Wiñazki trabajábamos en PPT y en Mitre, y él se enojaba cuando faltaba a la radio, pero me iba de viaje para su programa. “Es para vos mismo”, le decía. Finalmente me priorizó en la tele y ahí arranqué también más a full en TN. Se dio todo de una manera muy orgánica.
—¿Cómo decidiste que querías ser periodista?
—Lo decidí re chica. Vivía en La Dulce, un pueblito cerca de Necochea, y escribía en la revista de mi pueblo que se llamaba La voz dinámica. Ya ahí me encantaba escuchar, hacer preguntas, siempre me gustó el periodismo de investigación, aunque al principio quería hacer noticias internacionales. No podría ser otra cosa que no fuera periodista, me pasa una cosa física cuando hay una noticia. Lo que nunca jamás pensé que iba a hacer es televisión.
—¿Y cómo llegás a la televisión?
—De puta casualidad (risas). No, sí, por Jorge. Primero hice un reemplazo de Luciana Geuna en la radio, en Mar del Plata, y después me dijo: “¿Por qué no te venís a PPT como productora?”. Era 2013, PPT era el programa. Yo quería ser periodista de investigación y venía trabajando con él. ¿Cómo no me iba a ir? En ese momento Clarín no quería que fuera a la televisión y pensé: “Ya fue. No tengo nada que perder”. Tenía 29 años, no tenía hijos, mis padres no necesitaban que los mantuviera. Y me acuerdo que en ese momento un colega muy importante me dijo que estaba loca.
—Pero era grandes ligas trabajar con Lanata, ¿quién te dijo eso?
—No te voy a contar quién (risas). Me dijo: “Vos estás loca. ¿Cómo vas a dejar tu firma? Vos acá sos Maru Duffard”. Porque yo ya firmaba en el diario y me iba a trabajar para notas que después iban a presentar otros. Pero a mí me divertía, me parecía un desafío y decidí probar. Empecé en abril y en septiembre presenté mi primera nota al aire, pero no porque me dijeran que era brillante, sino porque nadie quería presentarla. (Risas).
—¿Cuál era?
—Era una investigación donde contábamos un plan del gobierno de Cristina para demostrar que los hijos de Ernestina Herrera de Noble, Marcela y Felipe, eran hijos de desaparecidos. Había toda una teoría de que podía dar un falso positivo. Fue una investigación muy difícil, trabajamos meses, teníamos muchísima información y aprendí sobre datos genéticos, ADN, todo en un contexto político muy complejo. Fue una experiencia muy fuerte. A veces me río: hoy muchos me acusan con el dedo, me dicen que soy kirchnerista por criticar a Milei.
—Es agotador que si criticás cualquier cosa del gobierno automáticamente sos kirchnerista.
—Es agotador que nada tenga historia, que la coherencia no sea un valor. Y coherencia no quiere decir no cambiar de opinión. Uno puede cambiar de opinión y reconocer errores. Pero hay algo que para mí debería ser más valorable: el compromiso con ciertas cosas y con una manera de trabajar. Me puedo equivocar. Me puedo equivocar, me puedo comer una operación, una fake news. Soy una persona. Ahora, soy profesional y laburo con honestidad.
—¿En qué momento de todo este recorrido te enamorás?
—En PPT. En 2013, cuando entro al canal, conozco a Gastón, que era productor del programa y laburaba en el canal hace muchos años. Era como una baldosa más del canal. Él me ayudó mucho cuando llegué porque nadie te explica nada. Laburábamos un montón, vivíamos ahí adentro, fines de semana, días de semana, viajábamos juntos y nos enamoramos.
—¿Quién encara a quién?
—Él dice que yo a él. Hablábamos por el chat de Gmail. (Risas). Se sentaba al lado mío y usaba un perfume muy particular, era Issey Miyake. Y un día le dije: “Si seguís trayendo ese perfume a la redacción me vas a complicar la vida”.
—Bueno, tiene razón.
—Él tiene razón, ¿no? Bueno, después me invitó a salir.
—¿Estaban ambos solteros?
—Más o menos, no nos pongamos tan meticulosos con las fechas.
—¿Quién estaba más complicado de los dos?
—Creo que yo, por eso le decía: “me vas a complicar la vida”. Estaba saliendo de una relación, pero claramente hubo una cosa que se generó entre nosotros porque fue como bastante rápido. O sea, entro en abril y en julio ya empezamos a salir. Y cumplo 10 años de casada en febrero.
—Pará, para llegar a los 10 años de casada en algún momento pasaron del chat a la cita.
—Teníamos 29 años, salimos y enseguida pegamos súper bien. Nos conocíamos un montón porque éramos pareja laboral, aunque en el trabajo peleábamos mucho. Yo tengo un temperamento muy fuerte y Gastón es un productor obsesivo. Juntos conseguíamos cosas buenas.
—¿Podían separar la pareja del trabajo?
—A veces nos disociábamos. Cuando íbamos a laburar, laburábamos. Después nos casamos y seguimos trabajando juntos. Una vez nos fuimos a La Quiaca y estábamos peleados, estuvimos dos días sin hablarnos, pero el laburo salió impecable.
—Al principio, además, nadie sabía que estaban juntos.
—No. Fue una etapa muy divertida. El canal era un edificio muy grande y encontrábamos lugares donde escondernos: escaleras, estudios vacíos. Unos besitos al menos… Hasta que llegó la fiesta de fin de año, que todavía es comentada esa fiesta.
—¿Qué pasó?
—Tomamos unas copas y se enteró todo el mundo. Al otro día. Entramos y mi jefe, Ricardo Roa, me miró, se rio y me dijo: “Está todo bien”. Era el comentario del canal: parece que chapamos muy fuerte en el medio de la pista toda la noche (risas).
—¿Ahí blanquearon?
—Fue más un “ya fue”. Ya éramos novios, además. Él se fue del canal cuando nació nuestra primera hija, en febrero de 2021. Ahora tiene su productora y labura independiente. Si fuera por él, quiere que deje todo y volvamos a trabajar juntos.
—¿Supiste rápido que era el amor de tu vida?
—Rápido. Mirá que yo no soy muy romántica, pero había una conexión. Esa persona que es como tu pilar, que no necesitás explicarle un montón de cosas porque ya sabe.
—Y después llegó la propuesta de matrimonio.
—Ah, un montón después. Yo había dicho que nunca me iba a casar porque no soy muy rosa. De hecho, siempre dije que no iba a tener hijos. Estábamos en Turquía y Gastón había elegido un restaurante re lindo, con lamparitas, porque a mí me encantan. Había comprado un anillo en Tiffany y lo tenía escondido, todo muy romántico. Yo, mientras tanto, haciéndome la independiente: “Que el matrimonio ni en pedo, que para mí no es importante”. Hasta que me dice: “En realidad te quería decir si te querés casar conmigo” y saca el anillo. Yo toda emocionada. La incoherencia total: acababa de decir “soy mujer fatal, ningún hombre me va a casar” y después estaba con el anillo diciendo “qué emoción”. (Risas). Y me casé feliz de la vida.
—Y esta idea tuya de que no querías tener hijos, ¿cuándo cambió?
—Las cosas se fueron dando. Yo pensaba que el periodismo era demasiado exigente. Decía: ¿cómo hacés para tener hijos, ser una madre presente y ser la mejor en lo que hacés? Para mí el periodismo no es solamente un trabajo, es una forma de vida. Yo quiero ser la mejor periodista de la Argentina, del mundo si me preguntás. No tengo esa relación con el trabajo de “laburo acá para tener mi sueldo”. El periodismo me define.
—¿Y esa exigencia es propia o viene de tu casa?
—No, al contrario. Mi mamá siempre trabajó para que yo bajara esa exigencia, esa competitividad, esa cosa de querer hacer todo perfecto. Pero bueno, es una forma de ir por la vida. Ella es jubilada, pero era docente y siempre nos inculcó que tengamos independencia económica para poder ser dueñas de nuestras decisiones.
—¿Y cuándo apareció el deseo de ser mamá?
—Me daba muchísimo pánico que la maternidad sea algo para toda la vida, de lo que no te podés arrepentir. Una amiga me había preguntado por qué no congelaba óvulos. Yo tendría 35 y le respondí: “Si es, va a ser cuando pueda. Y si no será que no puede ser”. Y un día dije: “Che, quiero ser mamá”. Lo charlé con Gasti y empezamos a ver cuándo era el momento. Él quería, pero yo siempre decía que el día que tuviera hijos quería tener tiempo, no quería que los crie una niñera, y quería seguir trabajando. Es mucha carga todo.
—¿Tenías miedo de no poder con todo eso?
—No, tenía miedo de perder cosas. Para las mujeres la maternidad en lo laboral tiene un costo alto, lamentablemente.
—¿Quedaste embarazada rápido?
—Sí, y la verdad que tuve la suerte de no haber tenido ningún problema con ninguno de mis dos embarazos. Tengo dos hijas sanas, algo que agradezco a la vida todos los días. Con Aurorita, mi segunda hija, tuve una situación muy fuerte: cuando tenía 10 días le agarró un virus que no sabíamos qué era y la llevé con 39 de fiebre a la clínica. Es el día de hoy que pienso en eso y lloro. Ahí valorás todo. Parece trillado, pero realmente sentís que tu hijo se puede morir y te cambia la perspectiva.
—¿Qué tuvieron que hacer?
—Todo. Le pusieron una vía, la tuvieron que punzar y al principio no le podía dar la teta. Yo estaba afuera y justo estaba mi mamá, porque además era el puerperio: había parido hacía diez días. Me acuerdo de que la enfermera me dice: “Bueno, cantale. ¿Qué le cantás para dormirse?”. Y yo pensaba: “Todavía no le canto nada, la estoy conociendo, tiene diez días. No sé”. Fue muy impresionante.
—Cuando nace Isa, ¿en qué momento te quedaste tranquila de que podías compatibilizar a la mamá y a la periodista?
—¿Ayer? (Risas). Cuando empezó a funcionar y entendí que lo que cambia es el deseo. Que no iba a perder y que, si perdía algo en el camino, iba a ser más por una decisión propia que por una decisión de otro. Cuando digo que la maternidad tiene un alto costo es porque quitamos tiempo para nosotras, pero hay mil maneras de ser madre. Yo elijo una maternidad en la que quiero estar presente, ir a buscar a las chicas al jardín, estar cuando desayunan, le dije que no a un montón de trabajos porque prefiero estar en mi casa. Y, además, porque ya hice de todo, no tengo los mismos objetivos que hace cinco años. En otro momento me decían: “Che, ¿te querés ir a cubrir la guerra en Medio Oriente?” y me estaba poniendo la mochila. Hoy no sé, ya lo hice. Quizás, me cuesta más hacer esta entrevista con vos que ir a cubrir un conflicto bélico.
—¿Estás sufriendo? ¿Hay algo de mostrar a la familia que te cuesta?
—Sí, me cuesta o hablar de uno. Para mí el periodismo es bien básico y tradicional, esto de ahora que somos más protagonistas que las historias que contamos me resulta raro. Pero siento que es parte de la comunicación de hoy y que las audiencias quieren conocernos. Este año que tengo otro rol en Infobae muchas personas me dijeron: “Ay, sos re humana, te emocionás”. Y yo digo: “Che, ¿pero me veían como un robot?”. Estaban acostumbrados a verme en un perfil donde me peleo con políticos, los molesto, les hago las preguntas incómodas y ahora me ven emocionarme con las historias.
—¿En qué momento la quisiste a Isa?
—Ay, me voy a emocionar. Isa nació por cesárea y yo hinchaba mucho con el parto respetado. Tenía la idea de que quería un parto natural, pero no se dio porque Isa estaba de cola. Con la segunda, medio que todo eso no estuvo tanto, pobre Aurora. Pero cuando la sacan y la levantan así, viste que en el quirófano está esa luz cenital que parece de las películas...Qué pedazo de momento, por favor. Es una cosa impresionante, realmente muy emocionante. No creí nunca jamás que fuera capaz de semejante acto de amor, te juro.
—Ahí fue amor a primera vista.
—Una locura total. También hay una conexión que una tiene desde la panza cuando le hablás al bebé. Mirá que yo no soy romántica, yo solamente quería que ese bebé saliera porque me hacía pis cada cinco minutos, dormía re mal y no podía hacer todo lo que quería. Yo vivo trepándome a lugares, haciendo cosas, viajando, esto, aquello... Ya estaba.
—¿Baby shower habías hecho?
—No, obvio que no.
—Y sentís que se despertó ese amor, ese instinto.
—Sí, total.
—A veces no pasa.
—No, pero a mí me pasó. Y también fue la primera vez que estuve sin trabajar durante mucho tiempo. Tuve cinco meses de licencia y estuve como sin culpa, sin esa cosa de “che, ahí tendría que estar trabajando”. Estaba en otra total, conecté con mi bebé de una manera muy zarpada.
—¿No te daba miedo perder tu lugar en el canal?
—Sí, me daba miedo y lo perdí, de hecho. Supongo que es un poco la regla del juego. Hace poco, Flavia Pittella me dio un libro que habla sobre perder cosas, sobre cómo cuando perdés también encontrás otras. Y a mí todo este proceso, que fue muy largo en TN, me costó. No es que perdí un rol en el trabajo y lo llenó la maternidad. No. Sería como llenar un cajón con cosas distintas: perdí un rol profesional y gané otro profesional también.
—¿Qué estabas haciendo en ese momento?
—Yo conducía TN Central con Nico Wiñazki.
—Nace Isa, te tomás la licencia y cuando volvés ya no estaba tu posición.
—Exacto.
—¿Lo sabías desde antes o te enteraste cuando quisiste volver?
—No, me enteré cuando quise volver.
—Tuviste el temor previo que tenemos las mujeres y esa duda de cuán reemplazable sos.
—Bueno, 100% reemplazable, yo y cualquiera. Yo eso lo tengo clarísimo desde que arranqué: nadie es imprescindible. Después todos tenemos un sello personal, una manera de contar las cosas, pero cuando trabajás para una empresa muy grande, sería un acto de demasiado ego creer que nadie puede hacer lo que vos hacés, no como vos lo hacés, pero sí ocupar ese rol. El engranaje es enorme y las cosas funcionan. Inclusive en tu propia casa. Las madres a veces creemos: “Ay, yo no estoy una semana, ¿qué van a hacer las chicas?”. Van a arreglarse felices de la vida, vos no te preocupes.
—¿Cuándo te enteraste, ¿qué te pasó?
—Me dolió un montón. Todos esos fantasmas que tenía se reavivaron. Pregunté por qué. Hubiera sido más duro si me decían: “Mirá, no vas a ser más la conductora, va a ser el conductor”. La realidad es que no siguieron ni Nacho, ni yo, ni Nico, ni nadie. Cambió el programa porque cambió un poco la tele en ese momento. Pero al principio me pregunté si yo hubiera vuelto antes si eso hubiera sido distinto. Después, con el tiempo, me di cuenta de que no.
—Esa fantasía de control.
—Sí. Uno piensa que tiene que ver con el tiempo, pero no sé. Si hubieran sido tres meses no hubiera cambiado, o dos meses en vez de cinco.
—¿Y la maternidad qué te acomodó en la cabeza?
—Prioridades. Lo que no quita que después vea una noticia y les diga a las chicas “bánquenme, hoy vuelvo tarde o no vuelvo”. Hay elecciones y las chicas lo saben. Isa tomaba la teta y me la llevaron al centro de cómputos del Frente de Todos donde estaba haciendo la cobertura para que le dieran de mamar. Me la llevó mi marido. Hay fotos de Isa tomando la teta en la escalera del canal porque le renunciaba todo el gabinete a Alberto Fernández. Hay fotos de Isa mientras me maquillan para dar una charla o moderar un evento. Hay fotos de Isa en el centro de cómputos de las elecciones. A mí me divierte eso, me gusta y ella lo vive así.
—¿En qué momento lo odiaste a tu marido de todo ese periodo?
—Ay, el primer año fue dificilísimo. Y está la cosa física de la teta, la dependencia que genera. Yo hacía con Lu Geuna Verdad consecuencia los jueves a las 11 de la noche. Entonces Gastón se quedaba con Isa, que era bebé. Me acuerdo de una entrevista con Malamud en la que Isabel no paraba de llorar y Gastón la llevó al canal. Yo creo que si no tenés una pareja sólida, un vínculo consolidado, mucha confianza y mucho amor para tener paciencia, se rompe todo. Con Gastón decíamos: “No entiendo esas parejas que dicen vamos a tener un hijo para salvar la pareja”. No se me ocurre peor idea.
—¿La disfrutabas?
—Yo le di la teta hasta el año y cuatro meses. Pasaron de la teta directo a la comida. Y en todo ese proceso, Gastón fue súper respetuoso y también entendió que lo mejor para nosotras es lo mejor para nuestros hijos, porque si vos estás mal nada funciona. Cuando Isa tenía dos años y medio, me salió una beca para irme a Estados Unidos un mes. Era un viaje suspendido en la pandemia. Y me fui. En las redes era: “¿Cómo vas a dejar a tu bebé tan chiquita?”. Bueno, no la dejé en una institución, está con el papá, que la quiso tener igual que yo. Es una cosa de locos.
—Y si es él el que se va, no pasa nada, total naturalidad.
—Y él se quedó. Por supuesto que es difícil, hay conversaciones, uno está lejos y a veces también las mujeres nos tenemos que hacer cargo de que queremos controlar todo desde todos lados. Está bueno tener un compañero al lado.
—¿Cómo te llevás con la culpa?
—Eso creo que es lo que más me enseñó Isabel porque yo era muy culposa. La maternidad me ayudó a ir dejándolo. Yo sé que hago lo mejor que puedo. Eso no quiere decir que sea lo mejor para el otro, pero desde la intención hago lo mejor que puedo, o lo mejor que se me ocurre.
—¿Y en algún momento desearon otro bebé?
—Sí, siempre pensamos en dos. Nosotros somos tres hermanos y la idea de tenerlos está buena, inclusive desde la crianza. Y hoy las veo y es un planazo, Isa tienen 5 y Aurorita ya cumple 2.
—Cuando nació Aurora ya tenías 40. ¿Te pegaba algo eso?
— Me acuerdo que una revista tituló: “Mamá a los 40”. A mí la mirada del afuera no me interesa, pero relaciono mucho la juventud con la vitalidad, con el hacer. Para mí la independencia es un valor en sí mismo. No soporto la idea de depender de alguien más, ni emocional, ni económica, ni físicamente. Por eso también la cuestión con los hijos, porque te genera una dependencia emocional, la idea de que vas a tener miedo para siempre.
—¿Qué te pasaba con ser mamá a los 40?
—Me daba como... en el futuro, como que van a ser jóvenes cuando yo me muera. Hoy todo se estiró, pero estaba eso de hasta dónde las voy a poder acompañar y con vitalidad. O si voy a ser una mamá vieja, capaz me voy a poner medio obse o me va a dar miedo todo. Después nada que ver, porque soy cero miedosa.
—Tiene que ver con la vulnerabilidad de ellas, con que te necesiten y no estar.
—Sí. O no ser lo suficientemente relajada como para criarlas libres. Yo quiero que sean libres de espíritu, que no sean temerosas, que se animen a cosas, que puedan tomar riesgos.
—¿Cómo te llevas con la carga mental?
—Mal. Tengo mucha carga mental.
—Desarrolle.
—Tengo mil cosas en la cabeza todo el tiempo y nunca llego. A veces digo: “Es insoportable esta sensación de no llegar nunca con nada”. No llego a contestar los mensajes. Es esta cosa de estar siempre en falta con alguien. Pero también trato de estar donde estoy, si estoy hablando con vos, estoy acá hablando con vos. Si voy a la muestra de natación de Isa, estoy en la muestra. No estoy ahí chateando con una fuente.
—Es un montón que puedas eso, es un ejercicio.
—Pero es una decisión. Todo el tiempo tenés la tentación del multitasking, sobre todo en nuestro laburo. Creés que rendís más, pero rendís menos. Yo comprobé que tengo que poder tener momentos 100% de concentración, quizás más cortos, pero estar donde estoy ese ratito.
—¿No trae problemas en casa la carga mental?
—¿Sabés qué hago? Google Calendar. Todo compartido, agendo ahí y nos llega a los dos el turno del pediatra, oftalmólogo, odontólogo.
—¿Cómo es esto de renovar los votos?
—Está obsesionado con que quiere renovar los votos. Cumplimos 10 años de casados el 17 de febrero y quiere que me ponga el vestido de novia otra vez. Yo creo que ni me entra, te digo la verdad.
—¿Con el mismo vestido?
—Quiere que me ponga el vestido y que renovemos los votos. Él es muy cariñoso, Gasti, es muy creativo. Debe querer hacer una fiesta porque le encanta festejar, celebrar, organizar. Es súper buen anfitrión. Mi hija mayor está de los más emocionada, pero ya le dije que no.
—¿Por qué?
—¿No te parece suficiente con una vez que me haya puesto un vestido blanco? Dije que no me iba a casar nunca y me casé una vez.
—¿Cómo era tu vestido?
—Divino (risas). Muy sencillo, color manteca, con espalda descubierta. La diseñadora le agregó por su cuenta unas perlitas y le hizo una colita porque decía que sino era muy poquito. Yo no quería ni ramo, pero ella me hizo uno medio hippie chic con el que me sentí muy identificada.
—O sea, la menos romántica del mundo.
—Ay sí, tremendo.
—¿Tuviste tu época de modelo?
—En realidad, a mí Vitamina me vestía para la tele y en un momento me proponen ser la cara de la marca. Yo estoy medio loca y me encantan los desafíos, entonces acepté: hice la campaña primavera-verano y después otoño-invierno. De repente me llegaban fotos de mis amigas y me decían: “Amiga, está toda la vidriera con tu cara”. Un amigo me mandó una foto del Unicenter y me dijo: “Entrás al shopping y estás vos ahí”. Fue increíble.
—¿Disfrutaste hacer las fotos?
—Sí, me encantó porque era nada que ver. Yo venía de pelearme con políticos, sindicalistas, corrupción, investigación. Era la época más difícil del Grupo Clarín con el kirchnerismo. De repente venían a decirme: “A ver las manos, a ver el pelo, la piel. Poné así, poné así”. Fue divertido.
—¿Te pagaron?
—Sí, por supuesto.
—¿Y desfilaste alguna vez?
—Pasarela no, pero sí eventos, cositas en redes.
—¿Qué tenés ganas de que venga?
—Tengo ganas de consolidar lo que estamos construyendo acá en Infobae, que es, si querés, como la Maru conductora. Esta cosa más de liderar un equipo, de formar una comunidad. Los medios, con las redes, te permiten generar eso, tu comunidad. Si bien laburo de esto hace más de 15 años, la construcción de una marca en el periodismo es algo de todos los días. Es difícil que seas un nombre. Y a mí me parece que faltan voces femeninas en la política y es uno de mis sueños: ser una líder de opinión, que mi mirada sobre las cosas (que no es necesariamente una opinión, es una forma de contarte las cosas) haga que la gente me escuche, me entienda y me crea.
—¿Estás contenta con cómo conviven la periodista y la mamá?
—Sí, re. Estoy contenta porque siento que estoy presente en los dos lugares, que puedo habitar con plenitud los dos lugares y que mi familia me acompaña en ese proceso personal mío.
—Me quedo con esta plenitud en la posibilidad de habitar ambos lugares. Te agradezco.
—Gracias Tati, por el tiempo y la comodidad. Estoy contenta, siento que está todo para crecer, para hacer, solo hay futuro.