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Hay turistas y turistas. A los primeros poco cabe reprocharles, salvo que son demasiados. Los segundos son otro cantar. Desembarcan, pisan, arrasan. Como hicieron tantos conquistadores antes que ellos, convencidos de que el mundo está ahí para servirles y de que, una vez exprimido, deja de importar.

En Galicia hace años que encontraron un nombre para esa especie. Los llaman fodechinchos. El término describe al forastero que aparca el coche donde encuentra una zona vacía sin atender a que, unas horas más tarde, allí subirá la marea. Un amigo lucense asegura que ese es el ejemplo más inofensivo. Intente explicarle a un fodechincho que no debe cruzar una duna porque cada pisada erosiona un equilibrio natural de siglos. Le mirará con desdén y suficiencia. Si puede, subirá el todoterreno hasta la misma cresta.
A los que desprecian el entorno, en Galicia se les llama ‘fodechinchos’. Pero ¿y en Menorca?
Es una pena que los menorquines todavía no tengan un mote propio para esa fauna. Para los que desprecian las costumbres locales, tratan a los isleños como watusis o, peor, maltratan el paisaje invocando un derecho que nadie les ha concedido.
En castellano, los jodechinchos.
Imaginen ahora a un familia de susodichos rumbo a una cala virgen. El padre abre la marcha por el Camí de Cavalls. Resopla como una mula porque ha tenido que caminar un buen trecho y, para colmo, descubre que la playa está llenísima. Maldito Instagram. Entonces comienza el desembarco. Coloca sillas altas y de las de culo bajo, sombrillas, esterillas, toallas, neveras, vasos, platos, flotadores, juguetes, móviles, comida, bebida, niños, cuñados y hasta a la abuela. Después levanta su fortaleza: toldos contra los vientos laterales, como si Eolo fuera a arrebatarle el campamento en dos soplos y lanzarlo al cielo, junto a esas bolsas de plástico que acaban en el mar y matan a las tortugas, que las confunden con medusas.
Así transcurre el día. Horas de sol, calor abrasador y víveres suficientes para resistir un asedio. Hasta el último guisante encuentra acomodo, aunque no el más afortunado. Porque, tarde o temprano, esa ensaladilla rusa mal digerida buscará de forma desesperada el orificio de salida.
Esto ocurrirá durante el regreso por el Camí de Cavalls. Cuando apriete la urgencia, el padre repartirá entre su prole un montón de kleenex. Llevarán la firma de los jodechinchos. No recogerán nada. Ni esos pañuelos de papel. Ni las latas. Ni los envoltorios vacíos, y mucho menos el tampón de la “niña”. Ni las botellas de plástico que curiosamente sí pudieron cargar hasta la playa, pero no de vuelta. De esos envases que tardan 1.000 años en descomponerse en la naturaleza.

La basura nunca viaja sola. Siempre la acompaña una idea: que lo público no es de nadie. Que otro limpiará. Que un paisaje tan frágil y tan bello existe para ser consumido unas horas y olvidado después.
Quizá ahí radique la diferencia entre visitar la isla y merecerla. Entre un turista y un sinvergüenza.

Periodista. Redactora jefa en Sociedad. Antes, en Política, Cultura y Vivir. Premio Comunicació i Benestar Social del Ayuntamiento de Barcelona (1998). Colaboradora en RAC1. Premio Pedro Vega de Periodismo (2025)