“Cada vez que escucho hablar a la Bachelet o sobre la Bachelet, me aburro profundamente”, confesaba Boric en 2011. Al año siguiente profundizaba sobre la figura de la expresidenta al interior de la izquierda, señalando que representaba “un tapón de contención a la construcción de una alternativa”.
Siempre es incómodo que te recuerden desatinos del pasado, en especial cuando uno anda por la vida pregonando experiencia y maduración y, menos aún, cuando optas por anotarte en homenajes y abrazar por largo rato a la expresidenta y celebrar públicamente su dignidad y coherencia.
La prensa informa sobre una suerte de alianza entre ambos exmandatarios, por ahora verificada en una inédita declaración conjunta para criticar el manejo de las relaciones internacionales. No sabemos si esta fraternidad se mantendrá activa, pero Kast ya debe haber tomado nota sobre esta dupla de atentos guardianes que tiene enfrente.
Articular una oposición en torno a Bachelet no parece la jugada más innovadora, pero es segura. En especial, cuando no se tiene mucho de qué echar mano. El municipalismo, espacio donde la izquierda cuenta con un par de figuras liderando las encuestas, representa una opción que la derecha probó con Lavín en dos ocasiones. Aunque estuvo muy cerca de llegar a La Moneda, el “crecimiento con equidad” y el “sé escuchar la voz del pueblo” de Lagos fueron más contundentes al momento del triunfo. Y eso que el exalcalde de Las Condes contaba con una habilidad comunicacional que sus actuales pares de Maipú o Viña del Mar no alcanzan a igualar.
Desempleo, inseguridad, débil crecimiento, chapucerías comunicacionales y otros tantos tropezones del gobierno conforman un terreno fértil para cualquier oposición política. Sin embargo, la fertilidad es insuficiente si no cuenta con una semilla capaz de germinar, y es ahí donde hoy la izquierda se queda corta.
Podría integrarse en torno a Bachelet. Es cierto. Podría hacerlo en torno a Boric. También es cierto. Pero igual quedará pendiente la estructuración de un relato que, en primer lugar, resuelva la relación entre los sectores socialdemócratas y esa izquierda dura, vociferante y viuda del proyecto constitucional de 2022. Bachelet siempre persiguió la unidad del sector y lo demostró al integrar a los comunistas en su gobierno y aceptar la “colaboración crítica” del Frente Amplio. Pero el bloque resultó frágil y se trizó con Boric. Es cierto que algo se ha recompuesto a nivel parlamentario, pero al menos en el caso del socialismo y el FA, sigue pendiente una definición de identidades que vaya más allá de las diferencias históricas y etarias.
Con los comunistas, en cambio, las discrepancias quedaron otra vez a la vista con su oposición a la recientemente aprobada propuesta de incluir en las declaraciones de los partidos un rechazo explícito al totalitarismo y la violencia. Tampoco se ve probable el sueño progresista de ver a Camila Vallejo renunciando al PC y constituyéndose, en el acto, en la candidata preferida.
En segundo término (y mucho más relevante), ese relato debe representar una visión de futuro que haga sentido con los anhelos de crecimiento y seguridad de las personas. Así que no basta con sentarse a esperar ni refregar los errores del gobierno cada vez que se presente la oportunidad ni votar interpelaciones.
Tampoco la convocatoria a la movilización social pareciera tener demasiada audiencia. Es cierto que se trata de procesos de acumulación y que suelen permear de a poco en la sociedad, pero es muy posible que el entusiasmo de Yeomans ante los seis mil asistentes a la movilización convocada por la Confech (y apoyada por el FA) se haya disipado, al menos en parte, al ver la golpiza que jóvenes combatientes propinaban a mujeres en el frontis de la Universidad Católica. Una conducta que todo partido declaradamente feminista no podría más que condenar.
El exministro Genaro Arriagada, en lúcida columna de reciente publicación, se pregunta qué ideal o utopía puede ofrecer hoy la izquierda. Descarta el paradigma chino “con su engendro de dictadura y liberalismo económico”. Descarta las opciones de Rusia o Cuba, por razones obvias. Y considera difícil reanimar las brasas de la social democracia (esa visión del Estado benefactor europeo que tanto motivó a los concertacionistas), porque luce como “un sol de invierno: que ilumina mucho, pero calienta poco”.
¿Por qué lamentar los extravíos de la izquierda?, se podría preguntar cualquier partidario del oficialismo. Porque la democracia opera y se fortalece en base a la existencia de un menú con opciones disponibles para el electorado, en especial si son serias y cuentan con cuadros que han sabido dirigir los destinos del país por esos famosos y, en algún momento, tan vilipendiados 30 años. Hasta el momento, los únicos que lo tienen claro y siguen ese derrotero, con pañales y medicamentos de por medio, son Parisi y el PDG.
La izquierda cuenta con intelectualidad suficiente como para resolver el desafío que suponen la dupla Bachelet-Boric: una nueva representación de la social democracia, pero que no huela a lo mismo y que provoque más que un sol de invierno.
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