Miedo a volar: por qué tu cerebro se equivoca

2026/09/01

Sentir un nudo en el estómago al abrocharse el cinturón es de lo más común, y para muchos se convierte en una frontera invisible que les impide viajar, ver a la familia o aceptar un trabajo. Lo primero que conviene entender es que ese miedo no mide bien el peligro. “El miedo a volar no se explica por el peligro objetivo, sino por la falta de control”, resume Óliver Serrano, profesor de Psicología de la Universidad Europea de Canarias: “la clave está en cómo el cerebro pondera la falta de control, la incertidumbre y las sensaciones corporales asociadas a la ansiedad”.

Óliver Serrano, profesor de Psicología de la Universidad Europea de Canarias asegura que: “la clave está en cómo el cerebro pondera la falta de control, la incertidumbre y las sensaciones corporales asociadas a la ansiedad”.
Óliver Serrano, profesor de Psicología de la Universidad Europea de Canarias asegura que: “la clave está en cómo el cerebro pondera la falta de control, la incertidumbre y las sensaciones corporales asociadas a la ansiedad”.

No poder bajarse

La gran diferencia con otros medios de transporte es que del avión no puedes bajarte. En un coche, aunque las cifras digan que es mucho más peligroso, sientes que puedes frenar, parar o cambiar de ruta. En un avión, no. “Cuando la persona siente que no puede escapar ni modificar la situación, aumenta la hipervigilancia y entonces tiende a interpretar de forma catastrófica cualquier ruido, vibración o gesto de la tripulación. El cuerpo, en definitiva, monta una película de terror con material perfectamente inofensivo”, explica Serrano.

En el pódcast El Cubo de Otto, de El Extraordinario e Iberia, el jefe de pilotos de pruebas de Airbus cuenta cómo lleva los aviones al límite -“50 rayos en un mismo vuelo, turbulencias que impiden leer los instrumentos, motores apagados sobre el Himalaya”- precisamente para que ningún pasajero tenga que vivirlo en el mundo real.
En el pódcast El Cubo de Otto, de El Extraordinario e Iberia, el jefe de pilotos de pruebas de Airbus cuenta cómo lleva los aviones al límite -“50 rayos en un mismo vuelo, turbulencias que impiden leer los instrumentos, motores apagados sobre el Himalaya”- precisamente para que ningún pasajero tenga que vivirlo en el mundo real.

Y en ese guión colaboran los medios y las redes. “El cerebro no calcula el peligro con estadísticas frías, sino con emociones y recuerdos”, advierte. Como todos hemos visto imágenes de algún siniestro, lo creemos más probable de lo que es: “Quien tiene miedo se fija mucho más en las malas noticias que confirman su temor, mientras que los millones de vuelos que aterrizan cada día pasan desapercibidos. Al fin y al cabo, nadie tuitea “he aterrizado bien, como siempre”, asegura Serrano.

Lo que dicen los números

Según el Informe de Seguridad de la IATA, la asociación que agrupa a las aerolíneas, en 2025 se operaron 38,7 millones de vuelos en el mundo, y la probabilidad media de un accidente mortal en el último lustro es de uno por cada 5,6 millones de vuelos. Dicho de otro modo: tendrías que volar a diario durante miles de años para que las estadísticas te rozaran. El propio sector lo repite sin matices: volar sigue siendo el medio de transporte de largo recorrido más seguro que existe. (Un apunte honesto: el número de víctimas subió en 2025 respecto a 2024, pero la IATA aclara que dos siniestros concretos concentraron la gran mayoría; la probabilidad por vuelo sigue siendo ínfima).

El avión quiere estar en el aire

Un avión no se mantiene en el aire “de milagro”, sino porque está literalmente diseñado para ello. Las alas generan sustentación mientras hay aire pasando sobre ellas, y esa fuerza lo sostiene igual que el agua sostiene a un barco.
Un avión no se mantiene en el aire “de milagro”, sino porque está literalmente diseñado para ello. Las alas generan sustentación mientras hay aire pasando sobre ellas, y esa fuerza lo sostiene igual que el agua sostiene a un barco.

El problema es que las estadísticas no tranquilizan a un cuerpo asustado. Por eso ayuda entender cómo vuela realmente un avión, y aquí entran los pilotos. La idea de fondo, casi filosófica, desarma el miedo: un avión no se mantiene en el aire “de milagro”, sino porque está literalmente diseñado para ello. Las alas generan sustentación mientras hay aire pasando sobre ellas, y esa fuerza lo sostiene igual que el agua sostiene a un barco. Tanto es así que, si fallaran los dos motores, un avión comercial no se desploma: planea, recorriendo del orden de 15 a 20 kilómetros por cada mil metros de altura, tiempo de sobra para buscar pista. Historias reales como el amerizaje en el río Hudson en 2009 lo demostraron ante el mundo entero.

Ese es también el mensaje que difunde estos días la serie de pódcast El Cubo de Otto, producida por El Extraordinario e Iberia sobre el miedo a volar. En ella, el jefe de pilotos de pruebas de Airbus cuenta cómo lleva los aviones al límite -“50 rayos en un mismo vuelo, turbulencias que impiden leer los instrumentos, motores apagados sobre el Himalaya”- precisamente para que ningún pasajero tenga que vivirlo: cada modelo se certifica sometiéndolo a lo extremo antes de volar contigo dentro.

Turbulencias: incómodas, no peligrosas

Perico Durán: comendante con más de 25 años de vuelo, suma a sus 15.000 horas en el aire a los mandos de aviones, sus conocimientos. Es autor de Volar sin miedo (Editorial Planeta), y creador del curso Sin miedo a volar.
Perico Durán: comendante con más de 25 años de vuelo, suma a sus 15.000 horas en el aire a los mandos de aviones, sus conocimientos. Es autor de Volar sin miedo (Editorial Planeta), y creador del curso Sin miedo a volar.

Si hay un momento que dispara el pánico, son las turbulencias. Y es, según todos los expertos, el mayor malentendido del pasajero. Pocos tienen tanta autoridad para hablar de ello como el comandante Perico Durán: más de 25 años de vuelo y 15.000 horas en el aire a los mandos de aviones como el A320, el A330, el A340 y el A350, con más de un millón de pasajeros transportados. Volcado en la divulgación -le siguen más de 420.000 personas en redes-, autor de Volar sin miedo (Editorial Planeta), cuya primera edición de 5.000 ejemplares se agotó y ya va por la segunda y creador del curso Sin miedo a volar, lo dice sin rodeos: “No existe ninguna turbulencia capaz de romper un avión moderno; nunca ha ocurrido”. Y no minimiza la emoción, la valida: “No hay nadie que, cuando hay una turbulencia fuerte, no tenga miedo. Pero no es nada peligrosa para la seguridad del vuelo: los aviones no se estrellan por turbulencia. En el peor de los casos, matiza, el avión puede perder unos 50 metros de altura, pero no se cae”.

Si hay un momento que dispara el pánico, son las turbulencias, pero, según el comandante Durán: “No existe ninguna turbulencia capaz de romper un avión moderno; nunca ha ocurrido”.
Si hay un momento que dispara el pánico, son las turbulencias, pero, según el comandante Durán: “No existe ninguna turbulencia capaz de romper un avión moderno; nunca ha ocurrido”.

Esto conecta a la perfección con lo que explica el psicólogo Serrano sobre por qué las vivimos tan mal: “El cuerpo no interpreta la turbulencia desde la ingeniería aeronáutica, sino desde la sensación de pérdida de estabilidad”. El oído interno nota las vibraciones y un cerebro asustado las traduce, al instante, como si estuviera cayendo. La forma de calmar esa señal es, precisamente, cambiar la interpretación: entender que “estos movimientos no significan que el avión vaya a sufrir un percance, sino que está diseñado para soportarlos sin problemas”. A esto los pilotos añaden un contexto tranquilizador: la aviación es “la industria más controlada y regulada del mundo”, y ellos mismos se examinan en simulador cada seis meses para renovar la licencia.

El “falso amigo” que empeora el problema

Tomar algo de alcohol o un tranquilizante adormece los nervios a corto plazo, pero impiden que el cerebro aprenda a gestionar la ansiedad por sí mismo, empeorando el problema, asegura el psicólogo.

Ante la angustia -que rara vez viene sola: suele mezclarse con miedo a las alturas, claustrofobia o al ataque de pánico sin salida-, muchos pasajeros recurren a una copa o a una pastilla antes de embarcar. Serrano lo llama, con acierto, “un falso amigo”. “Estas sustancias adormecen los nervios a corto plazo, pero impiden que el cerebro aprenda a gestionar la ansiedad por sí mismo, empeorando el problema con el tiempo al depender psicológicamente de ellas para poder volar. La solución rápida, paradójicamente, cronifica el miedo”, asegura.

Se puede superar

La conclusión de todos los que saben del tema apunta en la misma dirección y, sobre todo, hacia la esperanza. Serrano insiste en que el miedo a volar “no debe ridiculizarse ni tratarse como una falta de inteligencia, sino como un problema real que limita enormemente la libertad y las oportunidades de muchas personas. Pero es una fobia que se supera con la ayuda adecuada”. Y su matiz final es quizá lo más liberador: “el objetivo no siempre es volar sin sentir nada, sino poder volar sin que la ansiedad decida por la persona”.

Ese es, al final, el pacto entre la cabeza y el avión. Tu cerebro seguirá disparando la alarma ante un ruido; puedes aprender a responderle que no es más que el tren de aterrizaje plegándose. El aparato, mientras tanto, hará lo único que sabe hacer y para lo que fue concebido: sostenerse ahí arriba, porque en el aire es donde el avión de verdad está en su elemento.