12 de julio, 2026 - 07h00
Hallé esta historia en una de esas casitas encorvadas por los siglos, en un cuarto diminuto bajo el tejado donde hace casi 250 años vivió el poeta alemán Friedrich Schiller. Sin querer queriendo lo conocemos todos por ser el autor de la Oda a la alegría adaptada por Beethoven en su Novena sinfonía, la composición quizá más famosa del mundo, estrenada en Viena en 1824, adoptada como himno de Europa en 1985, tocada en Berlín tras la caída del Muro en un icónico y conmovedor concierto cuyo mensaje fueron la hermandad y la libertad, la alegría que es causa y efecto de la amistad entre los individuos y los pueblos. “¡Alegría, hermosa chispa divina, hija del Elíseo! Embriagados de fuego celestial entramos en tu santuario. Tus hechizos vuelven a unir lo que la espada de la costumbre separó; todos los hombres se hermanan allí donde tu tierna ala se posa”, escribió Schiller, este revolucionario del siglo XVIII cuyas ideas resultan hoy tan cruciales como en su época.
En esa modesta casa campesina a las afueras de Leipzig descansó Schiller durante la primavera y el verano de 1785. Se recuperaba de una etapa difícil en Mannheim donde, aunque alcanzó reconocimiento como dramaturgo, atravesó problemas de salud y graves dificultades económicas.
Lo salvó un desconocido de apellido Körner que desde Leipzig le envió cartas de admiración y le ayudó no solo a pagar a sus acreedores, sino que lo invitó primero a Leipzig y después a su palacio en la bellísima región vinícola a orillas del Elba cerca de Dresde.
Es en Leipzig donde nace la Oda a la alegría como un simple texto en homenaje a la amistad para ser entonado en veladas de vino y cerveza. Así como toda la obra de este hombre iluminado por las musas (dramaturgo, poeta, narrador, ensayista, historiador), también la oda destila esa “radicalidad” humanista, solidaria, democrática, de libre pensamiento, rebeldía contra la tiranía política y las jerarquías sociales. Hoy que tantos líderes del mundo siembran odio, venganza, desprecio por la empatía, la ternura y el perdón; hoy que se llaman cristianos al tiempo que idolatran el dinero, la fuerza bruta y el poder mientras se burlan del conocimiento y la delicadeza de alma y cuerpo, urge escuchar con atención estos versos de Schiller: “Que el dolor y la pobreza se acerquen, y con los felices se regocijen. Olvidados sean el odio y la venganza, perdonado sea nuestro enemigo mortal; ninguna lágrima deberá afligirlo, ningún remordimiento roerlo. Sea destruido nuestro libro de culpas, reconciliado el mundo entero. ¡Hermanos! Más allá de la bóveda estrellada juzga Dios como nosotros juzgamos”.
Compasión y redención, no las cárceles de Bukele ni las crueles, torpes y corruptas deportaciones de ICE. No la ley del talión ni la venganza multiplicada que estamos viendo en Irán, Líbano y Gaza, en la horrenda retórica de Hegseth e Itamar Ben-Gvir. “Que los pecadores sean perdonados y que el infierno deje de existir” son los versos de Schiller eliminados en la versión póstuma de su oda. Y tampoco escribió tibiamente: “Todos los seres humanos serán hermanos”, sino que explícito y rebelde afirmó que “mendigos y príncipes serán hermanos”. (O)