
“Pareciera ser que no hay un corte en el día y eso nos deja poco lugar para el descanso y el tiempo libre”. Florencia lo dice pensando en las exigencias de esta época, pero la frase describe bien la rutina de un sector que coordina operaciones entre distintos husos horarios. Desde la filosofía, invita a hacer una pausa en la toma de decisiones y a ver en los imponderables una oportunidad para crear algo nuevo.
La filosofía tiene más de 2500 años, y hay un montón de problemas que hoy aparecen como nuevos pero que, cuando te ponés a investigar, ya existieron, aunque nunca de la misma manera. Eso nos obliga a estar siempre muy despiertos, sobre todo en una época en la que no sabemos bien qué está pasando y el mundo está cambiando.
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La filosofía mira el mundo de manera crítica, se pregunta por qué las cosas funcionan como funcionan y les pone una palabra. Cuando todo se presenta tan acelerado, lo que hace es suspender un poco y decir: a ver, esperá, ¿por qué funciona así?, ¿qué necesitás?
Y lo hace también a través de la ética, que se pregunta por el bien, por el mal, por qué cosas hay que tener en cuenta. La inteligencia artificial necesita esa mirada, porque muchas veces el avance de la tecnología se la lleva puesta. Por eso cada vez más aparecemos filósofos trabajando en contextos en los que nunca nos habíamos pensado.
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Es cierto que la filosofía no te va a traer primero una gran solución en términos operativos. Pero lo que hace, que para mí no es menor, es traducir muchos de los problemas, las tensiones y las incomodidades de una época. Cuando uno puede decir “che, esto que te pasa tiene un nombre”, eso ya produce alivio, y en los equipos de trabajo eso es muy importante.
Otro tema que me obsesiona es la dificultad que hay hoy en el diálogo con los otros. Pasa mucho cuando tenés que trabajar con un montón de equipos, cada uno con sus intenciones, sus objetivos y sus proyectos: el otro termina siendo un enemigo más que una ayuda, y de golpe no nos entendemos, aun hablando el mismo idioma.
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Una cadena logística depende de que muchos actores se coordinen. ¿Qué cambia en esos vínculos cuando la inteligencia artificial empieza a ocupar parte de la conversación?
Trabajo mucho en capacitación docente y hay estudiantes que me dicen que se entienden más con un chatbot que con una persona. Y lo entiendo, porque el chatbot siempre te va a decir lo que querés escuchar, y si se equivoca, te dice “tenés razón”. Con un equipo humano la cosa es más complicada.
Sin embargo, esas tensiones propias de las relaciones humanas hay que cuidarlas y hasta valorarlas, porque son lo que nos vuelve humanos. Tiene que ver con la capacidad de lidiar con las fricciones y con el conflicto, que en las organizaciones muchas veces tapamos bajo la alfombra porque mejor no hablar de ciertas cosas. Yo creo que hay que hablar más de eso.
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Justamente porque no somos una IA, tenemos que aprender a lidiar, además de con lo productivo, lo ordenado y la logística, con todo lo que nos toma por sorpresa: lo espontáneo, los imponderables, que me imagino que en el sector aparecen nuevos todos los días. Y eso está buenísimo, porque es lo que da pie a crear algo nuevo.
Un lugar muy grande, muy preponderante, sobre todo en la vida adulta. Casi todos trabajamos para vivir, y el trabajo también está en transformación: hay pluriempleo, hay personas con cada vez más trabajos y hay falta de trabajo, que también es una preocupación. De cualquier manera, es central en nuestra vida.
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Además, aparece la exigencia de que el trabajo tenga cierto grado de placer y se vuelva algo central. Hay frases como “trabajá de lo que amás y no trabajarás ningún día de tu vida”, y en mi último libro cuestiono esos mandatos que aparecen disfrazados de libertad o de elección, porque muchas veces terminan cargándonos de presiones.
Hablo en lo personal: cada vez cuesta más ver el borde entre el trabajo y el descanso, todo está mezclado, y ni hablar si estás activo en redes. Pareciera ser que no hay un corte en el día y eso nos deja poco lugar para el descanso y el tiempo libre. Si siempre estás arriba del próximo proyecto, queda poco lugar para que emerja algo nuevo.
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La filosofía se lleva bien con la incertidumbre; la sociedad, no tanto. En una época con respuestas por todos lados y con muchos gurúes y expertos diciéndonos cosas acerca de todo, que haya una disciplina que antes de decir se pregunte, eso ya es un montón. Más que respuestas fáciles, lo que necesitamos es detenernos y pensar.
Necesitamos interrumpir este tiempo productivo para tener momentos en los que podamos preguntarnos para qué y qué queremos. Ahí está el pensamiento crítico y ahí está la filosofía, más vigente que nunca, que toma esas pausas como un acontecimiento, como la posibilidad de que aparezca algo nuevo.
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Entonces, lejos de decir “ay, la incertidumbre, qué miedo”, ahí también hay un alimento fértil para leer cosas nuevas. Por supuesto que a veces trae angustia, porque yo también quisiera tener la vida resuelta, pero sería aburrido. Esta época nos va a exigir estar despiertos, con los ojos bien abiertos.
No hay una única manera. A veces se piensa que la filosofía es algo muy difícil o para pocos, y soy una convencida de que no es así: filosofar tiene que ver con hacerse preguntas, con tener curiosidad y una mirada de asombro, algo que solemos asociar a los chicos, como si los adultos ya lo hubiéramos perdido.
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Estos tiempos exigen una mirada abierta, porque si ya pensás que lo entendés todo, no comprendés el mundo en el que vivís. Se puede entrar por los autores o por las propias preguntas, esas que aparecen antes de dormir o en la ducha, el único lugar en el que no estás con el celular, y que muchas veces preferimos no seguir por miedo a preguntarnos demasiado.