Carlos Estarellas Velásquez: Profetas del desastre | Columnistas | Opinión

2026/10/10

10 de octubre, 2026 - 06h15

Hay palabras que despiertan esperanza: madre, niño, libertad, paz. Otras, utilizadas por los profetas del desastre para encubrir intereses y justificar abusos, terminan por extraviar a los pueblos. Se llama victoria a la destrucción y necesidad a lo que debió evitarse mediante el diálogo. Entre todas ellas, la palabra guerra conserva su capacidad de anunciar sufrimiento.

La guerra deja pérdidas que ningún triunfo militar puede reparar: vidas truncadas, familias separadas, ciudades destruidas. Detrás de los partes militares y los discursos políticos están quienes pierden su hogar, sus seres queridos y la posibilidad de vivir con tranquilidad.

La guerra entre Rusia y Ucrania y el enfrentamiento entre EE. UU. e Irán ilustran esta realidad. Sus consecuencias trascienden las fronteras de los países enfrentados. Además del sufrimiento humano, pueden alterar el abastecimiento de energía, la producción agrícola, las rutas comerciales.

Por otra parte, la distancia geográfica no garantiza protección. El Ecuador está lejos de los escenarios de combate, pero participa en una economía mundial interdependiente. El encarecimiento de los fletes y los insumos, las dificultades del comercio y la incertidumbre de los mercados podrían repercutir en nuestros productores, empresas y hogares.

Sería equivocado celebrar un aumento del precio del petróleo sin considerar sus demás efectos. Una mejora temporal de ingresos puede coexistir con mayores costos de combustibles importados, transporte y producción. El balance tiene que examinarse en su conjunto. Además, estos conflictos también obligan a reflexionar sobre la Organización de las Naciones Unidas. Su carta establece el deber de resolver las controversias por medios pacíficos y de abstenerse de recurrir a la amenaza o al uso de la fuerza en términos incompatibles con sus propósitos. Son compromisos jurídicos para la convivencia entre los Estados.

Cuando la diplomacia no consigue impedir una confrontación, corresponde examinar las limitaciones de la organización y la responsabilidad de sus miembros. La eficacia del sistema internacional depende de la voluntad de los Estados para cumplir sus obligaciones y respaldar soluciones colectivas, incluso si afectan sus intereses.

En un mundo globalizado, la existencia de la ONU cada vez es más necesaria, así como también su perfeccionamiento. Países pequeños, como el nuestro, cuyo presupuesto anual en ocasiones es inferior al de las más poderosas compañías transnacionales, necesitan de la existencia de esta organización y del cumplimiento de sus resoluciones. Es verdad que muchas de sus resoluciones no se han cumplido, pero ello de ninguna manera significa que desaparezcan. Al contrario, es necesario reformarla y fortalecerla para que esto no ocurra.

Por los motivos expuestos, la ONU tiene un enorme reto que le plantea el siglo XXI; si lo cumple con gallardía, contribuirá al cese de la prepotencia de unos y del inmediatismo de otros; será la defensora de los débiles; sin embargo, es urgente adecuarse a los nuevos tiempos, reformando el Consejo de Seguridad, entre otros importantes cambios. Si cumple con su deber, la paz para la futura generación se encontrará asegurada. (O)