01/08/2026 06:00 Actualizado 01/08/2026 06:57
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La guerra entre la FIFA y la UEFA a cuenta de la privatización del Mundial respira a reyerta entre capos. Algo parecido al momento histórico en el que las mafias discutieron si debían abrirse al negocio de las drogas y las armas o limitarse a lo que venían haciendo históricamente. Esto es, extorsionar a empresarios y comerciantes y comprarse políticos para amañar concursos públicos y jueces para garantizarse la inmunidad.

Infantino es coherente. Acepta con naturalidad que él y el futbol están prostituidos y que, ya puestos, nada ha de impedir la satisfacción plena del cliente, o sea, el dinero. ¿Apagar cigarrillos en la piel? ¡Adelante si el cliente lo exige! ¿Una snuff movie ? ¡Claro que sí, sólo es cuestión de precio!
Hay una guerra por la forma de gestionar el lupanar económico en el que se ha convertido el fútbol
El burdel futbolístico de Infantino funciona con una sola regla: si lo quieres y puedes pagarlo, lo tienes. Un proxeneta del balón de última generación. El fútbol deviene en sus manos un esclavo sexual. ¿Cien servicios por noche? Bienvenidos sean todos. Y si pueden ser doscientos, mucho mejor. Frente al proxenetismo libertario de Infantino, la UEFA y el anunciado boicot de sus federaciones a los Mundiales si se mantienen los planes de privatización anunciados por la FIFA.
Los gerifaltes del fútbol europeo representan en esta batalla a la vieja mafia. La que quiere mantener en pie un mínimo código de moralidad. Prostituidos sí, pero sólo hasta cierto punto y con un catálogo de servicios más limitado. Que una cosa es ser puto y otra reconocerlo abiertamente y sacar pecho por ello.
El resultado es una guerra abierta por la manera de gestionar el lupanar económico en el que se ha convertido el mundo del fútbol. Una batalla tan apasionante como, en el fondo, vomitiva.
Estamos, claro, del lado de la UEFA y de su ataque de dignidad sobrevenida. Lleva razón el órgano europeo cuando afirma que a los inversores privados les importan un pito el balón, los jugadores y, sobre todo los aficionados. En pura lógica inversionista las hinchadas no son más que borregos dispuestos a aflojar la cartera si reciben el estímulo acertado. Centenares de millones de ratas de Paulov prestas a soltar la pasta cuando escuchan un silbato. Pero todavía hay más. El fútbol es también una útil herramienta geopolítica. De ahí que el trumpismo, vía Infantino, tenga tanto interés en colonizarlo. Dinero y poder, las dos divisas que sin contrapesos y llevadas al extremo definen a las gentes sin escrúpulos. En el fondo da un poco igual cómo acabe esta batalla de los Mundiales. Pues solo es una más de las que están todavía por venir. El dinero es muy insistente y seductor. No puede comprarlo todo, pero casi.
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El espíritu de la época juega a favor de las tesis de Infantino, aunque no vayan a concretarse de inmediato. La vieja mafia acabó vendiendo droga y abriéndose al tráfico de armas, rendida a la rentabilidad de esos nuevos mercados.
Ignoramos por qué motivo esta vez debiera ser diferente si la naturaleza humana sigue siendo exactamente la misma de siempre.