Era un Harbin Z-9WE, un aparato de combate fabricado en China, una de las dos aeronaves que Pekín vendió a Malabo tras firmar un contrato para la modernización de las fuerzas aéreas de la excolonia española.
A bordo iban dos pilotos y dos ingenieros de vuelo, todos ecuatoguineanos.
No era una tripulación experimentada. Los cuatro hombres acababan de pasar dieciocho meses formándose en CATIC, una empresa pública china especializada en la exportación de material aeronáutico militar.
El helicóptero había hecho escala en Bata para repostar y despegó de nuevo rumbo a Mongomeyén en una misión rutinaria de vigilancia fronteriza cuando dejó de responder, a unas 21 millas náuticas de la ciudad.
Se sabe que los militares ecuatoguineanos se toparon en su camino con una pared de bruma sobre las alturas boscosas entre Niefang y Evinayong, una sucesión de selva y lomas que en algunos puntos levantan el suelo continental de Río Muni por encima de los mil metros.
Esas tormentas tropicales no siempre se anuncian desde lejos: la humedad trepa por las laderas, las nubes se desploman sobre las crestas y, en cuestión de minutos, la selva, el horizonte y hasta la montaña entera pueden ser visualmente devoradas por una casi opaca cortina de agua.
Poco antes de que se perdiera el contacto, el oficial al mando pidió permiso a la torre de Bata para abortar el plan y regresar a Mongomeyén. Se lo concedieron.
Es prácticamente la última decisión de la tripulación que conocemos. Hacia las seis de la tarde, cuando el helicóptero ya debía haber vuelto y seguía sin responder, saltaron las alarmas.
Durante tres semanas dos mil militares peinaron 77 poblados; caminaron por bosques, cauces y montañas, preguntaron a aldeanos y cazadores y lanzaron drones sobre la copa de los árboles.
Y finalmente, el 10 de julio localizaron los restos del aparato siniestrado en una cordillera entre Mongom y Miduma. No había supervivientes.
China ayudó a localizar el helicóptero que ella misma había fabricado. Rusia participó también en el operativo y Estados Unidos puso igualmente medios a disposición de las autoridades de Malabo.
En el funeral de Estado, Teodorín, responsable de Defensa y Seguridad e hijo y delfín del dictador más longevo del planeta, mencionó a las tres y se deshizo en halagos por su colaboración.

Tropas rusas colaborando en la búsqueda de un helicóptero chino accidentado en Río Muni, Guinea Ecuatorial.
Redes
China. Rusia. Estados Unidos. Qué extraña Santísima Trinidad para buscar un helicóptero perdido en la única antigua colonia española del África subsahariana. Y qué ausencia tan clamorosa la de España.

¡Militares estadounidenses del 91st Civil Affairs Battalion posan junto a miembros de la Fuerza Especial de Guinea Ecuatorial al término de un ejercicio conjunto JCET de las Fuerzas de Operaciones Especiales de Estados Unidos y el Ejército ecuatoguineano. Malabo, 1 de abril de 2026.
Staff Sgt. Trenton Jancze / U.S. Air Force / Special Operations Command Africa / DVIDS. Dominio público.
No fue siempre así desde que Guinea alcanzó la independencia. Durante años hubo oficiales enviados por Madrid dentro del Ministerio de Defensa, asesores reorganizando sus Fuerzas Armadas, aviadores manteniendo comunicaciones entre Bata y Malabo e incluso militares redactando el armazón normativo del Ejército de Obiang.
Pero treinta años después, España ha conseguido prácticamente autosuprimirse. No ocurrió de golpe ni puede atribuirse lo ocurrido a un solo Gobierno.
Mientras Madrid discutía eternamente si había que abrazar a Obiang o darle lecciones de democracia, otros llegaron sin escrúpulos y con armas, cámaras, instructores y contratos.
Y ahora que el Ejecutivo de Sánchez vuelve a mirar a África contando chavales marroquíes junto a una valla, descubrimos que España lleva décadas financiando educación, sanidad, cultura y gobernanza en la finca de un sátrapa que hace tiempo cambió de amantes.
Exteriores estima que, durante los últimos treinta años, la ayuda oficial al desarrollo (AOD) neta de España a Guinea Ecuatorial ha superado los 272 millones de euros. Cien millones corresponden sólo al periodo 2005-2012.
No son 272 millones entregados al Gobierno de Obiang: es AOD española canalizada fundamentalmente por la Agencia Internacional de Cooperación Internacional (AECID).
Y la factura no pertenece únicamente al pasado: la ficha oficial de Exteriores de 2026 cifra en cerca de siete millones de euros el presupuesto actualmente distribuido por AECID entre proyectos en distintas fases de ejecución.
Estados Unidos, mientras tanto, se quedó y aún conserva el gran negocio energético a través de Chevron y ConocoPhillips. Y ahí la derrota española resulta especialmente sangrante porque Madrid llegó antes.
Y Trump acaba de añadir una rareza más a la relación: Washington ha acordado pagar 7,5 millones de dólares al régimen para que acepte deportados de terceros países. Varios cubanos expulsados inicialmente a Liberia han terminado bajo custodia en Malabo.
Con todo, los norteamericanos no han llegado ni de lejos tan cerca del dormitorio del dictador como los rusos. Moscú ha desembarcado hombres armados, blindados, fusiles de precisión, sistemas antidron y drones FPV; los ha desplegado en Malabo y Bata y los ha metido dentro del dispositivo que protege a los Obiang.
Los hombres de Putin
El primer hito de la cronología del desembarco de Moscú en Guinea arranca el 7 de junio de 2024.
Aquel día aterrizó en Malabo Yunus-bek Yevkurov, viceministro ruso de Defensa y uno de los hombres a quienes Putin había encargado recomponer la presencia militar rusa en África después de la muerte de Yevgueni Prigozhin, el millonario y antiguo protegido del Kremlin que había convertido al grupo de mercenarios Wagner en el ejército privado con el que Moscú extendía su influencia por media África.

El viceministro ruso de Defensa, Yunus-Bek Yevkurov, muestra el 6 de junio de 2024 en Malabo un samovar al vicepresidente de Guinea Ecuatorial y responsable de Defensa y Seguridad, Teodoro Nguema Obiang Mangue, durante la visita de una delegación militar rusa.
Gabinete de Prensa e Imagen de la Vicepresidencia de Guinea Ecuatorial / Oficina de Información y Prensa de Guinea Ecuatorial.
Tras su visita a Bioko, el propio Gobierno guineano anunció públicamente un acuerdo que contemplaba incorporar instructores rusos para distintos cuerpos de las Fuerzas Armadas y 200 plazas para formar militares ecuatoguineanos en Rusia.
En el verano de 2024, ya no había ninguna duda de que había militares rusos desplegados en Guinea. El propio Africa Corps reconocería posteriormente su presencia en la excolonia española.
Para entonces, además, Teodoro Obiang ya había ido personalmente a buscar a Putin.
La fotografía de ambos resume mejor que muchas páginas de diplomacia lo que estaba ocurriendo: el viejo dictador africano, en el poder desde 1979, estrechando en Moscú la mano del presidente ruso.
Después de los retratos oficiales llegaron los hombrecitos verdes.
El 19 de septiembre de 2024, el Smolny, buque escuela de la Flota rusa del Báltico, entró en el puerto de Malabo. Oficialmente se trataba de una visita "no oficial" dentro de una larga travesía de instrucción que había llevado al barco por Cuba, Venezuela, Sudáfrica, Namibia y Angola.
Pero los rusos no se quedaron en cubierta. El 21 de septiembre, oficiales, marineros y cadetes bajaron a tierra y desfilaron uniformados por el Paseo Marítimo de Malabo al son de canciones militares de aire soviético.
Ya no eran fotografías borrosas de hombres blancos dentro de un todoterreno ni un blindado entrevisto detrás de la primera dama. Eran militares rusos marchando de uniforme por Malabo a plena luz del día.

Militares rusos depositan flores ante un memorial improvisado durante los actos organizados en el paseo marítimo de Malabo por el 80.º aniversario de la victoria soviética sobre la Alemania nazi. En la ceremonia participaron efectivos rusos y ecuatoguineanos, además de representantes diplomáticos de Rusia, Bielorrusia y Cuba. Malabo, 9 de mayo de 2025.
Redes
España había tardado décadas en desaparecer del paisaje militar de su antigua colonia. Rusia necesitó unos meses para organizar un desfile en su paseo marítimo.
A esas alturas la pregunta empezaba a ser inevitable: ¿qué estaba comprando realmente Obiang?
"Al parecer llegaron y todavía siguen ahí para proteger a la cúpula presidencial", asegura Weja Chicampo Puye, histórico dirigente bubi del Movimiento para la Autodeterminación de la Isla de Bioko (MAIB), antiguo preso de Black Beach y exiliado desde hace años en España.
"Están repartidos principalmente para garantizar la seguridad de Obiang, de su mujer, Constancia Mangue, y de su hijo Teodorín".
De manera que luego se abrió paso una segunda pregunta mucho más interesante: ¿con qué piensa cobrarse o se ha cobrado ya Putin sus favores?
El reparto del subsuelo
Y aquí hay que precisar que los geólogos rusos llegaron antes que los soldaditos del Kremlin. En octubre de 2019, durante la primera cumbre Rusia-África de Sochi, Guinea Ecuatorial abrió dos puertas a Moscú casi al mismo tiempo.
Por una entró Lukoil. La petrolera rusa firmó un memorando con Malabo y, apenas un mes después, el Gobierno anunció que Lukoil y la estatal guineana GEPetrol habían ganado conjuntamente el bloque EG-27, el antiguo Bloque R.
Por la otra puerta regresó RosGeo, el gigante geológico propiedad del Estado ruso. En Sochi firmó con el Ministerio de Minas un acuerdo para prospectar Río Muni, la parte continental de Guinea.
Al año siguiente aquello ya había pasado del apretón de manos al trabajo técnico: dos filiales de RosGeo contrataron con Malabo cartografía geológica y estudios sísmicos destinados a buscar petróleo y gas.
Pero también tenían puesto el ojo en el oro, el cobre, el níquel, el platino, el uranio, la bauxita y las tan mentadas tierras raras.
Mientras España seguía relacionándose con su antigua colonia a través de médicos, profesores, funcionarios y diplomáticos, Moscú se había abierto paso con un planteamiento bastante más elemental: ¿qué tenéis para ofrecernos ahí debajo?
El despliegue militar le ha dado a Moscú algo que no figura en ningún mapa de concesiones: acceso al régimen.
El acuerdo de 2024 abrió además 200 plazas para que militares ecuatoguineanos se formen en Rusia. Eso significa años de academias, mandos, promociones y relaciones personales.
Un pozo de petróleo puede cambiar de operador; un coronel que ha pasado años formándose en tu país suele conservar el teléfono del oficial que le adiestró.
No es el viejo modelo de Wagner reducido a una caricatura de mercenarios parasitando una mina. Es bastante más sofisticado.
En total, se estima que el contingente ronda entre 100 y 200 hombres, desplegados principalmente en Malabo y Bata, aunque su presencia y material asociado quedaron documentados también en Djibloho, la nueva capital levantada en el interior.
Entre la oposición, se ha extendido igualmente el rumor de que en Guinea hay igualmente presencia bielorrusa. Y algo de cierto hay en ello.
Entre la oposición se ha extendido igualmente el rumor de que entre esos hombres podría haber bielorrusos. Y no nace de la nada.
Dos de las fuentes consultadas por Reuters en noviembre de 2024 dijeron que el contingente podía incluir militares de Bielorrusia.
El detalle resulta especialmente sugerente porque, tras la rebelión de Prigozhin de junio de 2023, parte de Wagner se había replegado precisamente a territorio bielorruso; todavía en agosto de 2024 el propio grupo aseguraba que sus hombres operaban únicamente en África y Bielorrusia. Pero aún hay algo más interesante.
"Sigue siendo especialmente relevante la tarea de dotar de contenido práctico concreto a los acuerdos alcanzados", le escribió el presidente de Bielorrusia, Aleksandr Lukashenko, a Obiang el pasado 5 de junio.
Basta para entender de qué hablaba realmente con regresar a Minsk, septiembre de 2023, que es cuando Teodoro Obiang viajó hasta la capital bielorrusa para reunirse con él e inauguró una relación que iba bastante más allá de la diplomacia de salón.
En la capital de Bielorrusia, el 7 de septiembre, el ministro guineano de Defensa firmó con la Autoridad Estatal de la Industria Militar de Bielorrusia un memorando específico de cooperación militar.
Y, mientras se negociaban armas, formación y tecnología castrense, Lukashenko puso también sobre la mesa la posibilidad de que empresas bielorrusas participaran en la exploración y explotación de los minerales de Guinea Ecuatorial.
Se trataba también de eso: más hombrecitos verdes a cambio del vil metal.
Tres meses después, en diciembre, Lukashenko devolvió la visita y viajó personalmente a Malabo.
El presidente de Guinea Ecuatorial, Teodoro Obiang Nguema Mbasogo, estrecha la mano de su homólogo bielorruso, Aleksandr Lukashenko, durante la primera visita de un jefe de Estado ecuatoguineano a Bielorrusia. Palacio de la Independencia, Minsk, 7 de septiembre de 2023.
Servicio de Prensa del Presidente de la República de Bielorrusia.
Y entre la comitiva que le rodeaba aquel 9 de diciembre de 2023 en Malabo había un personaje especialmente fascinante: Viktor Sheiman, uno de los hombres de confianza más antiguos de Lukashenko y durante años su operador para África.
El medio independiente bielorruso Reform lo localizó en el aeropuerto recibiendo al presidente.
Sheiman sabe bastante de minerales africanos. En 2018, Lukashenko lo había enviado a Zimbabue a negociar acuerdos comerciales y mineros.
El conseguidor del presidente bielorruso regresó anunciando la creación de una empresa conjunta para explotar oro, platino y tierras raras que, según explicó entonces, produciría beneficios para el país.
Los Pandora Papers permitieron descubrir después un detalle bastante menos patriótico: la sociedad que terminó controlando el 70 % de aquel negocio aurífero estaba participada mediante sociedades offshore por Sergei Sheiman, hijo de Viktor. OCCRP reconstruyó el entramado documental.
Porque oro hay. Guinea Ecuatorial comenzó a desarrollar industrialmente su minería aurífera hace apenas unos años. En 2023 produjo oficialmente más de 35 kilos de oro en las zonas de Niefang, Evinayong, Mongomo y Akonibé.
Y aquí aparece una ironía: ese oro no lo estaba sacando Lukashenko. Lo extraía una compañía española, instalada en el país desde 2020 con contratos de prospección, exploración y producción.
Pero aquí llega la paradoja que impide contar esta historia como una simple conquista rusa. El gran negocio de los hidrocarburos sigue teniendo acento estadounidense.
La norteamericana ConocoPhillips, después de comprar Marathon Oil, se convirtió en el gran accionista del complejo gasístico: opera el Alba Unit con un 64,2 %, posee el 56 % de EG LNG y participa además en la planta de GLP y en Atlantic Methanol.
Chevron conserva el 38 % y la operación de Aseng, el 45 % de Alen, casi un tercio de Alba y participaciones en las instalaciones de Punta Europa.
Ésta tampoco es una historia nueva. España ya estuvo sentada encima de uno de los grandes yacimientos guineanos antes que los americanos.
En 1979, recién llegado Obiang al poder, la estatal española Hispanoil creó con Guinea Ecuatorial la compañía mixta GEPSA, participada al 50 %. España asumía los gastos de exploración.
Entre 1982 y 1985 perforó seis pozos frente a Bioko y encontró gas y petróleo ligero en dos de ellos. Uno de aquellos descubrimientos era Alba.
Alba. Eso es, el mismo campo cuya producción controla hoy ConocoPhillips y del que Chevron posee casi un tercio.
Hispanoil no consiguió convertir su hallazgo en un negocio comercial. El gas parecía entonces difícil de colocar, la economía del proyecto era incierta y la compañía incumplió además una última obligación de perforación.
El contrato terminó cancelado en 1990. Ese mismo año, Guinea entregó Alba a la estadounidense Walter International. Ésta perforó otro pozo, confirmó la extensión del yacimiento y en 1992 comenzó la producción comercial.
España había encontrado el gas. Los americanos aprendieron a venderlo. Y no fue la última vez.
Repsol participaba desde 2007 en el Bloque C y en 2009 asumió formalmente su operación, con una participación del 57,38 %. Allí, ExxonMobil había perforado Langosta y encontrado gas y condensado.
Pero el problema nuevamente fue convertirlos en dinero: Repsol concluyó que las cantidades y la distancia a la costa no justificaban la inversión necesaria y abandonó el proyecto en 2011.
El ojo chino
China llevaba en Guinea mucho antes de que hubiera petróleo que repartir. En los años setenta, Pekín regaló al régimen de Macías el Acacio Mañé Elá, un mercante construido en Japón que llegó con tripulación china.
El presidente chino, Xi Jinping, y su homólogo ecuatoguineano, Teodoro Obiang Nguema Mbasogo, pasan revista a la Guardia de Honor del Ejército Popular de Liberación durante la ceremonia de bienvenida por la visita de Estado de Obiang a China. Gran Palacio del Pueblo, Pekín, 28 de mayo de 2024.
Yao Dawei / Xinhua
Durante años fue prácticamente el único barco del país capaz de alcanzar Annobón. Lo hacía con una regularidad más guineana que suiza: una o dos veces al año. Para los habitantes de la isla, ver aparecer su silueta en el horizonte era un acontecimiento.
El barco resume bastante bien la historia poscolonial de España en el golfo de Guinea. Los comunistas de Pekín lo regalaron y España terminó pagando las reparaciones.
"Y ahora los chinos han regresado a la isla", le explica a EL ESPAÑOL el autoproclamado presidente del parlamento de Annobón en el exilio, Orlando Cartagena. "Colocaron antenas en la isla".
Cartagena se refiere a nuevas infraestructuras de telecomunicaciones instaladas en uno de los territorios más aislados del país, donde durante décadas cualquier conexión con el continente ha sido precaria y excepcional.
Las antenas de Annobón son, en realidad, apenas un pequeño botón de muestra de hasta qué punto China y sus poderosas compañías han ido ocupando espacios que antes pertenecían a España o sencillamente permanecían vacíos.
En 2006, China Eximbank abrió a Guinea Ecuatorial una línea de crédito de 2.000 millones de dólares para financiar infraestructuras.
Con aquella chequera se construyó medio decorado del milagro petrolero de Obiang. Redes eléctricas. Carreteras. El aeropuerto de Malabo. El campus universitario de Bata. Embalses y líneas de alta tensión en Djibloho. Viviendas en la futura capital.
En 2007, China Eximbank concedió otros 451 millones de dólares para rehabilitar y ampliar el puerto de Bata. Los nuevos muelles los construyeron compañías estatales chinas.
Y eso convirtió una obra comercial en una obsesión para Washington. En marzo de 2022, el general Stephen Townsend, entonces jefe del mando militar estadounidense para África, compareció ante el Congreso y explicó que China buscaba una instalación naval en la fachada atlántica del continente.
Le preguntaron dónde estaba consiguiendo mayores avances. Y él contestó: Guinea Ecuatorial. Era el país, dijo, donde Pekín había logrado mayor tracción.
Guinea compra además material militar chino y mantiene negociaciones con su industria de defensa para mantenimiento, modernización y nuevos equipos.
Y aún tienen un negocio todavía más delicado. Pekín no sólo ayuda a Obiang a mirar hacia el mar. También le está ayudando a mirar a sus propios ciudadanos.
El Gobierno guineano lleva negociando con empresas chinas una red nacional de videovigilancia que pretende cubrir prácticamente todo el país.
Hablamos de más de 6.500 cámaras. Resolución 8K. Visión nocturna. Reconocimiento facial. Rastreo en tiempo real. Torres de microondas. Cinco centros de mando. Conexión a la fibra óptica nacional.
En mayo de 2025, el Gobierno firmó con CNTIC y otro proveedor tecnológico chino la primera parte vinculante del contrato para implantar el sistema.
"El problema es que Madrid nunca ha tenido aspiraciones en África", asegura el disidente guineano Weja Chicampo Puye. "De hecho, en la Conferencia de Berlín de 1885 a España le correspondieron unos 300.000 kilómetros cuadrados de África Central y, quince años después, en 1900, Francia le dejó unos 26.000, lo que acabó siendo Río Muni".
Y lo que le preocupa a la oposición no es que España no haya sabido rentabilizar su influencia cultural y política en su excolonia, sino que abandonara también las palancas de poder y de presión que quizá hubieran permitido contener algunos de los excesos del régimen, abrir espacios a la oposición y empujar, siquiera lentamente, una democratización.
En lugar de eso, Madrid terminó demasiado lejos para condicionar a Obiang y demasiado cerca para escapar de sus sospechas.
Cuando apeó a su tío Macías del poder en agosto de 1979, el nuevo presidente Teodoro Obiang Nguema pidió a España hombres para protegerlo.
No asesores, ni profesores de academia militar: una guardia personal. El Gobierno de Adolfo Suárez llegó a estudiar el envío de una unidad de la Guardia Civil. Pero finalmente se desestimó mandar soldados o policías a Guinea.
Suárez y sus colaboradores explicaron después que había sido una decisión de prudencia: España no quería aparecer sosteniendo militarmente un régimen nacido de un golpe de estado ni alimentar inmediatamente la acusación de neocolonialismo.
Hassan II tuvo menos complejos. Marruecos envió alrededor de un centenar de hombres de su Guardia Real para convertirse en la guardia personal de Obiang.
En noviembre de 1980, cuando el dictador guineano hizo escala en Madrid después de entrevistarse con Hassan II en Fez, aquellos soldados marroquíes ya constituían oficialmente su dispositivo de protección.
España trató después de corregir la jugada. Formó policías guineanos, incluso con los GEO, para que pudieran asumir la seguridad presidencial.
Pero en 1982, Obiang seguía resistiéndose a sustituir a los hombres de Hassan II por el contingente local preparado por España.
Madrid no perdió Guinea en una tarde. La fue dejando libre por habitaciones.
Hace cerca de cuarenta años podían verse soldados marroquíes al caer la tarde, fumando hachís bajo las palmeras de Malabo, mientras de sus copas colgaban enormes murciélagos frugívoros del tamaño de un pequeño mono.
Los rusos cumplen hoy, al menos en parte, la función que durante años desempeñó aquella guardia pretoriana enviada por el padre de Mohammed VI.
España sigue. Pero de otra manera: durante décadas ha sostenido una presencia humanitaria que merece ser reconocida precisamente porque ha sobrevivido a los bandazos políticos y al deterioro de la relación bilateral.

Un camión militar Ural, con las banderas de Rusia y Guinea Ecuatorial, circula entre vecinos y trabajadores por una calle cubierta de barro en Luba, isla de Bioko, durante la entrega de ayuda tras las inundaciones del 2 de agosto.
Redes
España es el pagafantas: cooperación, cultura, asistencia, pleitos y el papel de madre patria para una cohorte envejecida de exiliados disidentes, cada vez más fragmentada, desmovilizada y políticamente irrelevante, sombra menguada de aquella oposición que a comienzos de los noventa todavía parecía capaz de disputarle el cetro al régimen.