
En una entrevista para el podcast Fashion Neurosis, el legado de Quincy Jones atravesó la conversación que Rashida Jones mantuvo con Bella Freud, donde también habló de Peggy Lipton como una referencia afectiva y dejó confesiones sobre el cuerpo, el deseo, el control y su lugar en Hollywood.
Jones dijo que la influencia de su padre marcó su identidad, su carrera y su manera de vestir; que su madre fue una figura de consuelo y protección; y que esa herencia familiar atravesó su relación con la intimidad, su búsqueda de estabilidad y su recorrido entre la escritura, la producción, la dirección y la actuación.
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Jones la definió como “Mi mamá era un ángel” y como una persona “muy amorosa, muy cariñosa, muy empática, muy sensible y muy profunda”; recordó que alcanzó la fama a los 19 años con Patrulla Juvenil y dijo que ese ascenso rápido no definió el camino que después quiso para sí.
“Creo que las madres y las hijas siempre son relaciones complicadas”, dijo, antes de explicar que, desde la muerte de Lipton en 2019, sigue “buscando este tipo particular de relación” femenina que le devuelva consuelo.
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Al recordar la separación de sus padres, Rashida Jones situó ese vínculo en un terreno más concreto. “Me sentía muy protectora con mi mamá”, dijo, y explicó que quería asegurarse de que ella supiera que estaba de su lado.
También contó que, tras la separación, Peggy Lipton volvió a trabajar por primera vez en mucho tiempo. Jones añadió que fue una adolescente aplicada, con una vida escolar ordenada, y que esa estabilidad probablemente también ayudó a su madre.
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Cuando Bella Freud le preguntó a quién debía más en materia de estilo, Jones respondió desde la mezcla y la distancia. “Mis padres eran muy geniales, y tenían un sentido innato del estilo”, afirmó, antes de definirse como “un poco nerd” con gusto por los trajes pequeños, las camisas abotonadas hasta arriba y una silueta más cerebral.
Esa identidad, explicó, se formó con el tiempo gracias a la herencia visual de ambos. Dijo que pudo llevar “una forma de vestir de códigos masculinos” de un modo elegante porque sus padres le dieron ese lenguaje, aunque ella quedó “en algún punto intermedio” entre el aire etéreo y bohemio de Lipton y la soltura de Quincy Jones.
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Habló más extensamente de su padre. “Mi papá era simplemente, simplemente genial”, contó a Fashion Neurosis, al recordar sus dashikis, Missoni, la seda y los numerosos trajes a medida que, según ella, completaba hasta con dos cuellos de camisa y una cadena.
Jones habló del peso de crecer junto a su padre. “Cuando tienes a alguien en tu casa que cambia la cultura, es muy difícil no absorber eso y sentirte un fracaso si no logras algo cercano a eso”, dijo.
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Explicó que buscó un camino que sintiera propio y durante años se refugió en una veta más académica. “Sí, absolutamente, lo hice y lo hago”, respondió cuando Freud le preguntó por su necesidad de crear certeza y controlar el entorno, aunque matizó que ahora intenta alejarse de esa lógica porque “la certeza es, eh, limitante”.

El documental sobre Quincy Jones, que codirigió con Al Hicks, fue parte de ese equilibrio. “Sí, definitivamente”, respondió cuando Freud le planteó si esa película era una carta de amor a su padre, y precisó que le llevó seis años hacerla.
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Relató que Jane Rosenthal la empujó a asumir el proyecto y que durante la filmación su padre sufrió un shock diabético y entró en coma, según contó en la entrevista. Jones dijo que incluir ese episodio permitió narrar su capacidad de supervivencia y recordó que, tras recuperarse, aún vivió otros nueve años.
Las confesiones llegaron cuando Freud le preguntó por la desnudez. “No me identifico con mi cuerpo, y ciertamente no con mi cuerpo desnudo”, respondió Jones, que explicó que esa no es su forma de expresión y que aceptó posar en ropa interior para Calvin Klein porque confiaba en la mirada de Sofia Coppola sobre la feminidad.
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Dijo que Coppola podía hacerla sentir bella como ella quería sentirse, “no de una forma, como, de mirada masculina”, una idea que apunta a una representación no ligada a una perspectiva masculina.

Ese desajuste con la exposición física no le impide encontrar zonas de comodidad. Contó que le gustan los vestidos transparentes sobre sujetador y pantalón corto, que nunca le incomodaron las piernas y que mostrar el escote puede ser “un pequeño placer” para sí misma, después de haberlo cubierto casi toda la vida.
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Su reflexión sobre el deseo conectó con su trabajo en La invitación. “El sexo es una especie de herramienta para la intimidad, y debería y puede acercarte mucho más a la otra persona”, afirmó, al explicar que la comunicación en pareja suele atascarse cuando se apaga la vida sexual.
Jones describió el riesgo como algo más psicológico que estético y volvió a su uniforme preferido. “Me hace sentir un poco sexy y atrevida vestirme de manera masculina”, dijo, y añadió que le interesa la tensión de las capas, la idea de que la ropa sugiera que hace falta tiempo para conocer de verdad a una persona.
También habló con humor de cómo la ropa influye en la atracción. “Oh, Dios mío, completamente”, respondió al ser preguntada por si una prenda puede arruinar el interés, y contó que con su pareja Ezra Koenig tuvo una cadena de mensajes llamada Tricky Jeans para comentar ese tipo de detalles.
Ese aprendizaje, añadió, también lo vio en Quincy Jones, a quien describió como alguien capaz de hablar durante horas con cualquiera y de tratar a todos como importantes.