“Esta va a ser la última entrevista que voy a dar”, lanza inmediatamente, con voz entrecortada, al inicio de esta entrevista. Sonriente y comedido, Ricardo Ffrench-Davis, quien es reconocido como el más disidente de los economistas chilenos que estudiaron en la Universidad de Chicago en la década de los ‘60 y ‘70 y que fueron bautizados como los “Chicago Boys”, no duda en declararse un “progresista, socialdemócrata y socialcristiano” a sus 90 años de edad recién cumplidos.
Habla lento, se toma espacios de silencio mientras responde y chequea mentalmente cada número que se le viene a la cabeza. El profesor emérito de la Universidad de Chile, quien sigue ocupando su tradicional oficina atiborrada de libros en el piso 15 de la torre principal de la Facultad de Economía y Negocios (FEN) de la casa de estudios, lanzará el próximo mes el libro “Reformas económicas en Chile”, en el que realiza un análisis histórico del período comprendido entre 1973 y 2024. A esa obra se suma al libro “El otro economista de Chicago”, una conversación con Andrea Costa-Allendes en la que recorre la vida, pensamiento y trayectoria de Ffrench-Davis.
“Chile no solo enseña de valiosos aciertos sino también de profundos errores”, dice usted en su libro. ¿Cómo resumiría las últimas cinco décadas de cambios económicos y sociales del país con sus luces y sombras?
-La gran sombra estuvo en la dictadura, porque con pleno poder para hacer los cambios que hubiese querido, no logró tener un crecimiento sostenible: apenas promedió 2,9% de crecimiento. El régimen tuvo las dos más grandes crisis que la economía chilena haya tenido desde los años ‘30 del siglo pasado. En esas dos ocasiones hubo caídas del PIB de 14% y de 17% y la recuperación se demoró muchos años. Por ejemplo, en el caso de la década de los ‘80, recién en el año 1988 recuperamos el PIB per cápita del año 1981.
Pero también ha habido luces en estos 50 años…
-Las hubo en el gobierno de don Patricio Aylwin, porque ahí se pudo enfrentar una herencia económica con desequilibrios muy peligrosos. En los años 1988-1989, el gobierno militar redujo impuestos, aumentó gastos, creó un gran incremento de demanda, pero se pasaron de largo. A fines del gobierno militar se crea el Banco Central autónomo y por unanimidad de sus cinco consejeros se decide hacer un ajuste intenso, dada la explosión inflacionaria de entonces. Se lanza una tasa de interés gigante, con ventas de bonos para recoger plata. Con ese escenario nace la democracia.
Usted habla también en su libro que Chile fue la cuna de un experimento neoliberal…
-Sí, la pandemia neoliberal.
¿Fue un experimento neoliberal fallido o exitoso?
-Fallido.
¿Por qué?
-Porque se creó una economía que durante 16 años y medio solo creció 2,9%. Una economía que entre el 1973 y 1989 se alejó del PIB per cápita de Estados Unidos y también de los G7 (grupo de las siete economías más avanzadas del mundo).
Con la llegada de Aylwin se acortaron muchos puntos de esa distancia. ¿Por qué? Porque con Aylwin se partió para el otro lado. Ese gobierno pensó en que había que regular los movimientos de capital financiero, en que había que subir los impuestos, aumentar el gasto social y la inversión fiscal y que había que apoyar a las pymes. Y eso se hizo en los cuatro años de don Patricio (Aylwin); se reguló la cuenta de capitales, se puso un encaje para subirle el costo a los ingresos de capitales. La tasa de inversión promedio de la dictadura fue ocho puntos del PIB menor que la tasa de inversión del ‘90 al ‘98. Esa es la diferencia entre crecer 2,9% y crecer 7,1%.
A partir de 1990 comenzaron a llegar los capitales y la confianza y el gobierno de don Patricio manejó las riendas y a su gente. Fue capaz de negociar con Renovación Nacional, donde estaba Sebastián Piñera, quien era un demócrata; fue gran alumno mío, un alumno de “siete”.

Pero, desde la otra cara de la medalla, muchos de los pilares de las reformas “neoliberales” de la dictadura fueron adoptados por la Concertación a partir de la llegada de la democracia e, incluso, profundizados. ¿Por qué cree que esa coalición optó por mantener el modelo?
-Hay tiempos distintos. La Concertación asumió con unas reglas dejadas por la dictadura. Se optó por eso. En ese momento, la reflexión fue: ‘No estamos por la guerra civil, queremos tener una transición pacífica’, lo que se contraponía con la postura de otras fuerzas que decían que había que luchar hasta el final.
Pero otra cosa es lo que se hizo en economía. Ahí no hay una línea. Al comienzo estuvieron dadas las reglas, pero gracias a Renovación Nacional pudimos tener un alza tributaria, la que no fue de la dimensión que queríamos. Eso no fue seguir las reglas de la dictadura, la que nos dejó sin impuestos a las utilidades de las empresas. De hecho, una parte de ese impuesto que venía no se cobraba y la otra se devolvía con el reintegro. Nosotros repusimos ese impuesto y no con el 10%, sino con el 15%. También el IVA entró en el acuerdo. Ese fue el punto de partida.
Pero al final del día el modelo capitalista adoptado por la Concertación es similar al dejado por el régimen militar con un Banco Central Autónomo, baja de aranceles, apertura al exterior y privatizaciones, entre otros pilares…
-… Las privatizaciones (del gobierno militar) fueron muy mal hechas, a precio de liquidación. A su vez, la baja de aranceles bajando el tipo de cambio fueron un error frontal.
¿La Concertación fue una coalición exitosa en lo económico?
-Muy exitosa, pero fue perdiendo el impulso, porque el gran empujón que se hizo con Aylwin se trancó. Después de eso se pensaba que la tarea estaba hecha. No me gusta hablar de personas, pero después de eso se dejaron de hacer las reformas, como impulsar más intensamente la educación, apoyar a las pymes, cuidar el tipo de cambio y cuidar la macroeconomía. Hay que mirar lo que pasó con la cuenta corriente en ese momento en Chile.
En su libro habla de que la falencia de los últimos 50 años fue no haber mejorado sustancialmente los niveles de distribución del ingreso…
-Claro. La mejoramos más con platas que con el sistema productivo. Yo soy un pro-crecimiento. Obviamente, para hacer desarrollo social necesitamos crecer. No se logró mejorar sustancialmente la distribución del ingreso porque no hicimos políticas de desarrollo productivo sistemáticas. Hicimos solo pedacitos.
Usted hace una separación entre protestas pacíficas y violentas en el estallido social del 2019. ¿Cuál fue el origen de estas manifestaciones?
-La protesta pacífica fue masiva, 50 veces más grande que la otra, la destructiva. ¿Qué se buscaba con paralizar el Metro? El Metro sirve a los sectores populares mucho más que a los sectores de altos ingresos… el despropósito de destruir la iglesia en Vicuña Mackenna. Lo que buscaba la protesta pacífica, por el contrario, era acelerar los cambios y con paz: mejor empleo, mejor educación, mejor salud.

¿Qué tanto influyó el estancamiento del crecimiento económico durante la última década en ese malestar?
-Mucho. Y también influyó en el deterioro de la política.
Usted dice que en el libro también que no hay una disyuntiva entre crecimiento y equidad…
-No, hay una convergencia. Todos los países que tienen buena distribución del ingreso actualmente tuvieron crecimiento incluyente. Todos, con ultra mayúscula. Los escandinavos primero y después el resto de los europeos occidentales post Segunda Guerra Mundial. En el Estados Unidos de (Franklin D.) Roosevelt hubo unas políticas estatales activas; se terminó con tasas marginales de 80% en su impuesto a la renta. Hicieron estas cosas para el crecimiento.
Sin embargo, el programa de gobierno de Gabriel Boric no priorizó el crecimiento…
-Pero el cambio en ese sentido se generó para la segunda vuelta de las presidenciales. Hay que decir que ese gobierno recibió una situación desequilibrada en el año 2022 y llegó Mario Marcel, quien es especialista en equilibrar la macro. Estuvimos en peligro ese año; pasamos de una inflación de 3% a 14%. Estábamos en una economía inflada; hubo que bajar 22% el gasto fiscal. Imagínate que un representante de la centroizquierda, un pro socialista, tuvo que bajar el gasto fiscal 22% y se lo aceptaron. Fue un gran mérito del Presidente Boric haber contratado rápidamente a Marcel, eso salvó su gobierno. La economía estaba en una situación explosiva.
Bajo este contexto ¿cuáles han sido los errores de la izquierda durante las últimas décadas en términos económicos?
-El gran error de la izquierda es haber descuidado el crecimiento económico. Pero el crecimiento económico no es soltar las amarras y bajar impuestos. Eso lo hizo la dictadura y retrocedió en el desarrollo. Las economías modernas que se han desarrollado han tenido un rol del Estado importante.
En el libro dice que la carga tributaria en Chile aún es insuficiente para financiar un desarrollo incluyente…
-Hay que crecer incluyendo. Que crezcan más rápido las pymes que las grandes empresas. Pero que las empresas grandes también crezcan, porque son vitales para la recaudación tributaria y el crecimiento.
Pero el gobierno actual está bajando el impuesto corporativo…
-Si, están haciendo lo contrario. Están achicando el Estado. Están cometiendo el mismo error del gobierno militar, que fue bajar los impuestos, bajar el gasto fiscal. Tienen una agenda más ideológica, aunque hay cosas que son prácticas y razonables en el proyecto misceláneo como la eliminación de la “permisología”. Pero la reducción del impuesto corporativo sin compensaciones es un error, porque se va a consolidar la escasez de recursos públicos.
¿Cuál es la receta para mejorar el desempeño de la economía chilena en los próximos 50 años?
-Crear reales condiciones favorables a la inversión privada. Tener una inversión fiscal también. Hay que tener un impulso a la productividad. Estamos gastando 0,39% del PIB en investigación y desarrollo; Corea del Sur tiene un 2,5% del PIB. Hay que gastar mucho en educación básica y secundaria. Que haya conexión con el mundo productivo. Los que producen el PIB son las empresas.

Si tuviera que elegir un modelo de economía en el mundo a la que usted aspiraría a emular, ¿a cuál elegiría?
-A grandes rasgos, a los escandinavos, con lo que hicieron entre los años ‘30 al ‘50. Ellos hicieron harta inclusión.
Usted ha dicho que “Reformas económicas en Chile” es el último libro de su vida. ¿Cómo le gustaría que fuese recordada su persona para generaciones futuras?
-Como un profesional que se dedicó a entender a Chile y ayudar a construir un país incluyente. A tener un país desarrollado que significa crecer con inclusión. Tuve varias opciones en mi vida y opté por eso. Me ofrecieron quedarme en la Universidad de Chicago para terminar la tesis con el profesor (Arnold) Harberger y dije que no; preferí volver a aprender de Chile.
¿Le gustaría también que fuera recordado como el economista diferente que egresó de Chicago?
-Sí. Eso es parecido al título del otro libro que acaba de salir: “El otro economista de Chicago”. Estuvimos pensando como titularlo para no ofender a mis amigos de Chicago, los vivos y los muertos. Hay buenos egresados de esa universidad que son muy de derecha y otros progresistas. Yo soy progresista, socialdemócrata y socialcristiano.