
Para millones de hogares en España, la llegada del verano no evoca descanso, sino una profunda asfixia emocional. Según el XVI Informe sobre el Estado de la Pobreza (2026), un 32,3 % de la población no puede permitirse irse de vacaciones fuera de casa ni una semana al año. Este indicador no es solo una cifra de privación material; es un factor de exclusión social que en muchos casos desgasta la salud mental de los padres, incapaces de ofrecer un respiro a sus hijos.
Y es que el informe detalla que el peso de la pobreza se intensifica cuando mantener a la unidad familiar se junta con otras responsabilidades: el 51,3% de las familias con niños tiene dificultades para llegar a fin de mes, y un 40,2% carece de capacidad para afrontar gastos imprevistos. Frente a esto, muchas dinámicas dentro de casa pueden complicarse por el estrés económico y la presión social creciente por disfrutar al máximo del verano y retransmitirlo posteriormente en redes sociales.
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De hecho, el psicoterapeuta de la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar (FEATF), Rodrigo Negro, señala para Infobae que hay “una especie de pacto de silencio alrededor del dinero y la economía en muchas familias”; en pocas palabras, “se sufre, pero no se nombra”. No obstante, el psicólogo sostiene que, al final, “lo que no se nombra en un sistema familiar no desaparece, sino que se cuela en las dinámicas familiares con otras formas, como irritabilidad, distancia emocional o conflictos sobre otras cosas”.

Para Rodrigo Negro, las vacaciones de verano cumplen una función narrativa y simbólica muy poderosa en la vida familiar. “Es el momento donde todo debe encajar: los padres descansan, los hijos disfrutan, los amigos se reencuentran… De alguna manera es el ‘termómetro emocional’ del año”, explica. De esta forma, la importancia de este periodo va más allá del ocio o el descanso: “Si las vacaciones salen bien, entonces somos una familia que funciona; pero si salen mal (o no hay vacaciones), se genera irremediablemente una sensación de fracaso (a veces no del todo consciente)”.
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La presión aumenta cuando las redes sociales muestran constantemente imágenes de viajes y experiencias idílicas. Muchos padres y madres, como destaca Negro, sienten que no cumplen con las expectativas sociales si no logran ofrecer a sus hijos una escapada estival. Esta comparación constante genera una sensación de insuficiencia difícil de gestionar: “Desde la mirada sistémica, todos construimos ciertos mitos relacionales, relatos compartidos sobre quiénes somos, cómo debemos vivir, qué nos hace disfrutar, y el verano y las vacaciones son un claro ejemplo”.
Inevitablemente, en este escenario, el estrés económico adquiere un protagonismo especial y se convierte “en uno de los factores que más impacta en el clima emocional de una familia y, muchas veces, es un tema poco abordado”. Pero el hecho de evitar la conversación incómoda no ayuda a eliminar el malestar, “sino que lo transforma”, explica. Por este motivo, el psicoterapeuta propone poner en marcha algunas rutinas reguladoras del bienestar en estos meses.
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Al final, “el verano supone un cambio radical en las rutinas que sostienen el día a día (el colegio, el trabajo, las actividades extraescolares)”, afirma Rodrigo. Y añade: “Estas rutinas tienen una gran función reguladora que solo detectamos cuando desaparecen”. Por este motivo, “sin ellas, la convivencia se complica y, si, además, existe este estrés económico, se puede volver muy complejo de gestionar”.

Aunque muchas veces no seamos capaces de verlo, las preocupaciones también llegan a los pequeños de la familia. Según Negro, la pregunta que muchos menores reciben en septiembre en los colegios sobre dónde han viajado puede despertar sentimientos de vergüenza y exclusión. “Desde esa pregunta tan inocente y para nada malintencionada puede surgir en el niño algo muy profundo. Una sensación de vergüenza y quizás de que su familia no encaja en lo que debería ser ‘esperable’”, asegura.
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Hay que tener en cuenta que “los niños son enormemente permeables al sentido de pertenencia y al juicio de sus iguales”. De este modo, inconscientemente, “estas preguntas apuntan a nuestro estatus y a un principio de normalidad, del que muchas veces pueden resultar sentimientos muy negativos y una mirada perjudicial propia o de nuestra familia, que sin duda acaba dejando marca”, remarca Negro.
Frente a este fenómeno, el psicoterapeuta sugiere modificar las conversaciones cotidianas para proteger la autoestima infantil. “Lo que los adultos podemos hacer, por ejemplo, es hacer preguntas más abiertas: ‘¿Qué has hecho este verano?’ en vez de ‘¿a dónde has viajado?’”, recomienda. Asimismo, la idealización del viaje como sinónimo de felicidad familiar es otro de los temas que detecta Negro en su consulta.
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Bajo su experiencia, “es una idealización muy común y, además, muy costosa (en varios sentidos) de nuestra época”, admite. El psicoterapeuta cita a Guy Auloos para afirmar que “lo que realmente sostiene a una familia no son los momentos extraordinarios, sino la calidad de los vínculos en lo cotidiano”. Negro añade: “Una familia que sabe estar bien un miércoles cualquiera de noviembre, tiene muchas más posibilidades de disfrutar en agosto, vaya donde vaya”.
Madrid también es para el verano, y así lo quiere demostrar la Asociación de Guías de Turismo de la Comunidad de Madrid, que acaba de lanzar su nueva programación con más de 470 visitas guiadas pensadas para redescubrir la región.
Como ya ha matizado el psicoterapeuta, “lo que genera felicidad no son las experiencias intensas o puntuales, sino la conexión sostenida, la presencia, el sentido compartido de las cosas”. Bajo esta perspectiva: “Un viaje a Japón de dos semanas, con el móvil en la mano y el estrés que conlleva, produce mucho menos bienestar que una semana en el pueblo familiar con atención plena, conversaciones de verdad y momentos de calidez y cercanía”, reitera Negro.
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Así, el psicoterapeuta defiende que las alternativas a las vacaciones tradicionales no son versiones menores, sino opciones valiosas para fortalecer el lazo familiar. “Recuperar el ritmo de un pueblo, rituales más tranquilos y tradiciones ya casi ausentes en nuestro día a día, como un paseo al atardecer, unos juegos de cartas, cocinar viejas recetas o simplemente explorar nuestra propia ciudad como si fuéramos turistas, deberían ser alternativas muy reconfortantes”, destaca. Igualmente, apunta que leer, descansar o incluso aburrirse puede convertirse en fuente de placer y creatividad, aspectos que la sobreestimulación digital ha relegado a un segundo plano.
Personalmente, Negro anima a que todas las familias reflexionen: “¿Qué significaría realmente para vuestra familia un buen verano? ¿Qué cosas tendrían que ocurrir para decir que han sido unas vacaciones maravillosas? Estas preguntas conversadas de verdad pueden ser más transformadoras que algunos de esos otros viajes”. Y es que “las familias que no pueden irse de vacaciones no son familias con menos recursos para ser felices. Quizás estas (pero también las otras) son familias que, sin saberlo, tienen la oportunidad de descubrir que lo que realmente necesitaban no estaba en ningún aeropuerto”, concluye.
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