En su cuarto libro, la escritora chilena Romina Reyes (37) propone un universo ambiguo, sáfico y a ratos confuso, en el cual las mujeres son las protagonistas y sus pasiones, la brújula. Mujeres bondadosas (Overol, 2026) “es evidentemente lésbico, pero hubo una intención de escribir sobre relaciones de mujeres donde no me parecía forzado. Espero que este libro no solo se sostenga por su safismo, sino también por su propuesta narrativa”, explica a Culto.
La periodista retorna así al formato de cuentos de su ópera prima Reinos (2014, Montacerdos), obra con la que obtuvo el premio Mejores Obras Literarias en 2013 y que fue reeditada por Overol en 2023.
Los siete relatos que conforman el tomo reciente atravesaron un largo proceso de mutación: algunos los escribió hace diez años, otros hace tres, unos nacieron de un tirón y otros se moldearon en la reescritura. “Soy una escritora que más que ir descartando, trata de darle forma a lo que escribió, como si tuviera una perspectiva económica de las palabras. Como no tengo tanto tiempo para escribir, trato de recuperar y darle forma a lo que he escrito”, reflexiona la también autora de la novela Ríos y Provincias y del poemario Frágil, expuesta (2022).
El relato inaugural, Alexandria, adentra al lector en un “realismo un poco dislocado”, describe Reyes. Inspirada en los recursos de la literatura del Siglo de Oro español, la autora desplaza el conflicto dramático hacia las dinámicas amorosas en lugar de centrarlo en el descubrimiento de la identidad o la disidencia de los personajes.

“Los personajes de Mujeres bondadosas expresan individualismo, poner el yo por delante de cualquier otra cosa, es parte de la ficción que se ponen a sí mismas como prioridad y persigan sus pasiones”, medita.
Si bien uno de los cuentos, No entres al gallinero, se desmarca del terreno estrictamente romántico, explora en profundidad las tensiones y afectos entre madres, hijas y hermanas. “Estamos muy acostumbradas a que en las historias disidentes haya un problema de identidad, a quien amas, pero las personas gays o queer somos hermanas—suena muy cursi—, hijas, trabajadoras, habitamos el mundo real”.
De la tradición literaria clásica también rescata las voces narrativas opinantes y autoritarias que observan y juzgan a los personajes desde una altura moral. “Performar un poco el pechoñismo”, señala sobre esa búsqueda de “más que intentar establecer una verdad sobre el amor, una verdad sobre lo confuso que es amar”.
De la ambigüedad al idioma neutro
A lo largo de las páginas, Reyes trabaja la incertidumbre como motor narrativo. “Siempre ha sido un espacio que me gusta trabajar—explica—, sobre todo en las disidencias sexogenéricas o de las relaciones, el caos mismo de enamorarse y perseguir esas pasiones. Me enfrenté al tema de la confusión en el proceso de edición: hasta qué punto la confusión en algunos cuentos es parte del relato”.
Este elemento se encuentra también en los escenarios del libro. A veces el lector está en Rusia, en Chile, o en una ciudad latinoamericana indeterminada. Eso desemboca en el uso de un lenguaje neutro, a diferencia de las primeras obras de la escritora.
“Quiero despegarme un poco de ahí, con narradores que puedan hablar más neutro, y cuando hablas español más neutro, te desterritorializas. Quise pensar en una ciudad latinoamericana indeterminada, pero es sutil, no es tan neutro como para pensar que es un cuento europeo, también está situado en Latinoamérica”, detalla.

Para Reyes, esta decisión marca un hito en su trayectoria. “Para mi escribir es ante todo divertido, lo que más me gusta hacer, donde me siento más plena y tengo seguridad total. Entonces, sin querer sonar soberbia, siento que este uso de un lenguaje informal, cotidiano y chileno lo manejo bien, lo domino. Para mí ya no es desafiante hacerlo. Siento que nunca lo voy a abandonar del todo, pero quizás estoy en un momento donde quiero que las ficciones sean leídas como ficciones, ya no me interesa tanto el solapamiento entre la realidad y la ficción”, aclara.
Ese distanciamiento formal amplió sus márgenes de invención: “darle más rienda a mi imaginación a la hora de crear ficciones”. “Una pequeña dislocación me permite narrar historias de lesbianas donde no hay persecución. Ninguna muere por ser lesbiana. Consumimos historias LGBT que de pronto son relatos medios establecidos, la tragedia asociada a encarnar una identidad perseguida. Esa dislocación fue poder hablar de estas historias de manera más superficial”, profundiza.
Oficio, política y la escena disidente
Al ser consultada sobre el panorama de la narrativa LGBTQ+ local, la autora guarda distancia respecto a cánones cerrados: “No encuentro una tradición de literaturas disidentes en Chile. Me falta leer todavía. Ahora quiero salir a ver un poco qué rodea a Mujeres bondadosas, para ver de qué manera se ha construido una literatura disidente. Incluso preguntarnos sobre el término. ¿Es literatura LGBTQ+, queer, disidente?”.
En el plano cotidiano, Reyes combina la creación literaria con el ejercicio del periodismo y la comunicación institucional, labor que ha desempeñado en municipios, ministerios y campañas políticas como las de Gonzalo Winter o Jeannette Jara. “Trabajar es algo que voy a tener que hacer siempre, la literatura no te da lo suficiente”, reconoce sobre una convivencia laboral y escritural, que ya forma parte de su rutina.
Desde esa doble vereda observa con inquietud la gestión cultural del gobierno. “No parece estar interesado en el sector”, señala. Habiendo impulsado su carrera mediante fondos concursables y reconocimientos oficiales, advierte con preocupación los ajustes presupuestarios en el área: “Espero que la cultura, pese a los cortes, siga siendo un espacio que nos permita mantener el pensamiento crítico y distraernos”, concluye.