Fundada el 19 de agosto de 1813 bajo el gobierno de José Miguel Carrera, la Biblioteca Nacional bien puede lucir con orgullo el título de ser la institución cultural más antigua de Chile. “Eso refleja el deseo de un pueblo por tener un espacio dedicado a preservar la memoria y la creación en su más amplio espectro”; nos dice al teléfono su actual directora, Soledad Abarca de la Fuente.
En el marco del próximo Día Internacional de las Bibliotecas, el sábado 24 de octubre, la máxima autoridad de la institución atiende el llamado de Culto para abordar las principales temáticas relacionadas con la institución.
-De cara al Día Internacional de las Bibliotecas, ¿cuál es hoy el papel de la Biblioteca Nacional en la sociedad chilena, en un contexto marcado por la sobreabundancia de información, la desinformación y la transformación digital?
-Hay varios aspectos destacables. Por un lado, la Biblioteca Nacional es una de las primeras instituciones culturales que se crearon en el país y refleja el deseo de un pueblo por tener un espacio dedicado a preservar la memoria y la creación en su más amplio espectro. Por esa razón, es un pilar fundamental dentro de las instituciones culturales de Chile. Por otro lado, la biblioteca ha sabido adaptarse a los cambios culturales y a las distintas formas de producción, implementando la tecnología disponible no solo para mejorar la preservación y la organización, sino también el acceso. Pero en este contexto, lo más importante es que nosotros custodiamos las fuentes de información. Si alguien quiere buscar la verdad de algo, puede venir a la biblioteca porque aquí están preservadas las fuentes primarias: diarios, revistas, libros o manuscritos. Somos la fuente más confiable para investigar todo tipo de materias. Eso es lo que hemos buscado disponibilizar a través de nuestros canales digitales, desde el lanzamiento de Memoria Chilena en 2003, la Biblioteca Nacional Digital en 2013 y el espacio digital Chile para Niños en 2005. Tenemos una trayectoria consolidada acercando este acceso a la ciudadanía.
-Con la irrupción de la inteligencia artificial, ¿cómo se posicionan frente a estas nuevas herramientas?
-La inteligencia artificial recaba información de nuestras páginas y plataformas para su entrenamiento. Sin embargo, como la IA mezcla y sintetiza datos, no necesariamente entrega una respuesta 100 % confiable. Por eso, el lugar donde se puede verificar y contrastar la información sigue siendo la Biblioteca Nacional.
-¿Cuál es el estado actual del patrimonio documental chileno que alberga la institución?
-La biblioteca ha ido ampliando su espectro de profesionales; fuimos de las primeras instituciones en contar con un Departamento de Conservación y Restauración. Existe una preocupación fundamental por el soporte físico original -diarios, revistas, papel y soportes magnéticos u ópticos-, mientras que las técnicas de microfilmación en su momento y de digitalización en estas últimas décadas nos permiten alargar la vida útil de materiales frágiles, como los periódicos. Hay periódicos que sufren un deterioro intrínseco por la acidez de su papel, que se vuelve amarillo y pierde flexibilidad. Para evitar la manipulación excesiva de los originales, aplicamos estrategias de conservación preventiva. En el caso de soportes altamente frágiles -como negativos fotográficos, archivos sonoros y audiovisuales-, los materiales se resguardan en una bóveda con temperatura y humedad controladas, con un mínimo de manipulación. Cuando ingresan, se limpian, se estabilizan, se almacenan en contenedores libres de ácido y se digitalizan para dar acceso al público sin necesidad de tocar el documento original.

-¿Es una meta de la Biblioteca Nacional digitalizar la totalidad de sus colecciones?
-Sí, pero es una meta que choca con la realidad material y las posibilidades de nuestro personal. Lo ideal para toda institución cultural sería digitalizar lo más posible. Por eso creamos una política de digitalización donde fijamos prioridades junto al equipo técnico, consultando también al público y a investigadores especializados. Un objeto de alto valor patrimonial, en mal estado de conservación y muy consultado, es una prioridad absoluta. Los criterios clave son: estado de conservación, valor patrimonial y demanda de consulta. Por otro lado, le damos prioridad a todo lo que esté en dominio público para difundirlo más fácilmente. Aquello que posee derechos de autor vigentes se digitaliza para dar acceso de forma restringida dentro del edificio, acogiéndonos a la excepción que establece la ley para bibliotecas.
-Memoria Chilena ha sido una plataforma clave para difundir el patrimonio en la web. ¿Cómo evalúa su impacto en la era digital?
-Es una plataforma modelo que ha servido de base para otros países. A lo largo de sus 23 años ha consolidado una metodología de trabajo con protocolos estrictos en materia de derechos de autor, citación y rigor académico. Por eso es utilizada transversalmente por estudiantes, profesores, público general e investigadores de Chile y el mundo. He escuchado muchísimas veces la frase “sin Memoria Chilena no lo hubiéramos logrado”, especialmente durante la pandemia, cuando pudimos palpar el verdadero impacto de esta gestión. Detrás de este trabajo hay un equipo interdisciplinario de editores, investigadores y especialistas en digitalización, con un flujo de trabajo muy pulido. El sitio se ha ido actualizando tecnológicamente para mejorar su usabilidad e interoperabilidad, siendo completamente responsivo para teléfonos móviles. Los números lo demuestran: cuenta con casi 1.000 minisitios temáticos de historia, literatura y patrimonio; más de 65 millones de usuarios y sobre 7 millones de descargas gratuitas. Es un orgullo para la Biblioteca Nacional y para el Estado de Chile, pues ha generado una democratización y descentralización real del patrimonio documental. Antes, para consultar un archivo, tenías que viajar a Santiago desde regiones.

-Mencionó la relación con la inteligencia artificial. ¿Tienen convenios o políticas concretas en esa línea?
-Desde el Servicio Nacional del Patrimonio Cultural firmamos un convenio con LatamGPT y estamos elaborando los protocolos de colaboración. Nos parece una plataforma con un enfoque muy respetuoso, donde no se pierde el origen de la información. La colaboración involucra entregar datos sobre fuentes y derechos de autor mediante procesos automatizados entre sistemas, resguardando siempre la fidelidad de los contenidos. Por otra parte, la IA también nos ha afectado porque hay motores de búsqueda de distintos modelos que entran a nuestros sitios y a veces generan lentitud en los servidores. Pese a ello, reconocemos sus posibilidades tecnológicas. Vengo llegando de una reunión de bibliotecas internacionales y la IA se está aplicando para optimizar procesos, como la creación de registros básicos a partir del escaneo de portadas de libros. Iremos aplicando estas herramientas en la medida en que estemos seguros de que entregan un buen resultado.
-¿Han evaluado desarrollar una inteligencia artificial propia para la Biblioteca Nacional?
-Hoy en día esto se puede hacer a través de nuestros catálogos; no se necesita una IA para realizar consultas. Nuestro catálogo te lleva directamente a la fuente sin hacerte un resumen, porque apostamos a que el investigador utilice sus propias herramientas para analizar la información. Tener una IA propia exige una inversión en infraestructura tecnológica con la que hoy no contamos. Participar en plataformas latinoamericanas como LatamGPT logra el mismo efecto sin tener que levantar un proyecto en solitario. Toda nuestra infraestructura actual está orientada a la preservación digital, garantizando que los objetos digitales y sus metadatos se mantengan en el tiempo con total integridad. Mantener este volumen de información requiere recursos económicos y profesionales permanentes, lo que constituye un compromiso continuo del Ministerio de las Culturas.
-En el contexto de la discusión presupuestaria y eventuales ajustes en Cultura y Patrimonio, ¿cómo podrían afectar los recortes el trabajo de la institución?
-Es una pregunta difícil. Se está discutiendo el presupuesto y esperamos los mejores resultados. Obviamente que un presupuesto más ajustado no nos permite, por ejemplo, hacer inversiones en el edificio. Más allá de lo digital, la Biblioteca Nacional es un espacio físico que es Monumento Nacional y recibe cerca de 1.800 personas diarias. Somos un “tercer espacio” gratuito y abierto donde se crea comunidad y conocimiento, ofreciendo servicios de lectura, préstamos a domicilio, cafetería y librería. Aunque hubo una migración de investigadores hacia lo digital, hoy vemos un fuerte retorno a la presencialidad, una necesidad de vincularse con las fuentes originales y participar en talleres o clubes de lectura. Una institución de esta escala necesita grandes inversiones y pensar en su crecimiento; por ejemplo, tenemos pendiente una ampliación del edificio. Los recortes no son bienvenidos porque te limitan, pero imponen el desafío de hacer una gestión eficiente y trabajar en conjunto con otros estamentos del Estado, como el Ministerio de Obras Públicas, para concretar proyectos que superan nuestro presupuesto regular.
-Respecto a las publicaciones de la biblioteca, ¿qué rol cumple hoy su área editorial?
-Es fundamental. Contamos con dos sellos editoriales: Ediciones Biblioteca Nacional, enfocado en el ámbito literario, la ilustración, la fotografía y la difusión de nuestras colecciones y autores chilenos con el apoyo de un comité editorial abierto; y el Centro de Investigaciones Diego Barros Arana, volcado a obras historiográficas e investigaciones basadas en nuestros fondos. Acabamos de presentar el libro número 76 de una de sus colecciones, enfocado en la historia del Registro Civil. Además, mantenemos la Revista Mapocho --una de las publicaciones culturales más antiguas del país, cuyo formato digital estamos actualizando- y la Revista de Antropología Visual, que está indexada. Distribuimos los libros en bibliotecas públicas y mantenemos una alianza activa con ferias como la FILSA, la Primavera del Libro y La Furia del Libro. Esto refuerza también el cumplimiento del Depósito Legal -ley que tiene 101 años-, garantizando que todo lo editado en Chile conserve una copia en la Biblioteca Nacional para las futuras generaciones.

-Para finalizar, ¿cuáles son las principales prioridades y proyectos para los próximos años?
-Estamos actualizando la plataforma de nuestro catálogo principal, que es nuestra columna vertebral. Además, avanzamos con el Servicio del Patrimonio en el proyecto de un depósito remoto para resolver los desafíos de espacio físico que exige el ingreso diario de material. En gestión, la prioridad es fortalecer la planta de funcionarios y consolidar las redes de cooperación internacional. En cuanto al uso presencial, reabrimos la Sala Infantil a principios de este año, restablecimos la atención los días sábados y estamos desarrollando un proyecto con la Fundación Cosmos para habilitar nuestro jardín como un espacio abierto de lectura. Por un lado hay un fuerte desarrollo digital, pero la presencialidad comunitaria ha crecido de manera sostenida.