El término arcade -del latín arcus “arco” procede originalmente de la arquitectura para definir las galerías cubiertas por una sucesión de arcos. Durante el siglo XIX, estos pasajes comerciales neoyorquinos y europeos comenzaron a albergar las primeras atracciones mecánicas y juegos que funcionaban con monedas para entretener al público. Con la llegada de las pantallas digitales en los años 70, los salones sustituyeron las máquinas mecánicas por videojuegos rápidos y competitivos. Así, la palabra se acortó para bautizar tanto a las cabinas recreativas como a este adictivo género. Hoy en día, un “arcade” ya no es solo el mueble físico, sino todo un género caracterizado por un estilo de juego rápido, de mecánicas directas, controles fáciles de aprender y una dificultad progresiva orientada a batir puntuaciones. Es la antítesis de la simulación compleja: prioriza la acción inmediata frente al realismo técnico.
Street Fighter -más concretamente el II, que salió allá por 1991-, era uno de esos videojuegos que ejemplifican el concepto de arcade junto a otros como Pac-Man, Space Invaders o Donkey Kong. Diseñado por la japonesa Capcom, no fue el primero pero sí el que popularizó los arcades de lucha, pues a continuación le salió competencia como el Tekken o el Mortal Kombat, su némesis occidental. Nació en ese mueble físico del que hablábamos, y en un principio constaba de un panel de control con un joystick de 8 direcciones y 6 botones de acción digital, divididos exactamente en dos filas y que permitían a los jugadores moverse de forma horizontal, saltar, agacharse o, sobre todo, hacer combinaciones de ataques, siendo las más famosas el Shoryuken y el Hadoken.
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Igual que el arcade transicionó de la galería al salón recreativo, Street Fighter pasó del mueble a la gran pantalla y solo tres años después del fenómeno del videojuego nacía Street Fighter: La última batalla, con un presupuesto de 35 millones de dólares, escrita por el autor de Jungla de cristal y protagonizada por Jean-Claude Van Damme o Raúl Juliá. La recepción de la crítica y de los fanáticos fue absolutamente desastrosa, ya que el director transformó el místico torneo de artes marciales en una genérica trama militar repleta de humor absurdo, desdibujando por completo la identidad de héroes como Ryu y Ken. Además, el rodaje en Tailandia fue un completo caos debido a las adicciones de Van Damme y la grave enfermedad de Juliá, quien falleció antes del estreno. Sin embargo, el arrastre de la marca provocó un inesperado éxito comercial en taquilla, recaudando casi 100 millones de dólares a nivel mundial. Capcom asegura que a día de hoy sigue siendo una de las inversiones más rentables en su historia, pero más de treinta años después ha decidido que era el momento de hacerle justicia.

La escena inicial de la nueva Street Fighter (Kitao Sakurai, 2026) es ya toda una reverencia a lo anteriormente mencionado y una declaración de intenciones al espectador. Una secuencia en la que vemos, de forma animada y con unos diseños lo más fieles a los originales, el origen del mito del videojuego, a saber, el torneo que Ryu ganaba a Sagat con un legendario Shoryuken pero despertando una energía tan poderosa como oscura y prohibida. Ambientada en los mismos 90 en los que se alumbró el juego, la película narra la vida de Ryu y Ken (Noah Centineo) a partir de este suceso y una tragedia en común que ha cambiado por completo sus vidas a peor, uno como bufón de la MTV y otro como vendedor ambulante. Sin embargo, la propuesta del perverso M. Bison de organizar un nuevo torneo les plantea la posibilidad de redimirse a ambos, aunque en el fondo sepan que hay algo muy peligroso detrás de ello.
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Al contrario que aquella adaptación de 1994, esta película apuesta desde el principio por un formato puramente luchador, y de ahí que se vertebre en torno al torneo que ambos protagonistas disputan. Tiene sus cambios y arreglos necesarios para hacer la trama tan simple como orgánica y fácil de seguir posible, y su verdadera destreza yace en la capacidad de imitar esas divertidas combinaciones de golpes en pantalla. Para ello ha contado con Andrew Koji, quien ya había participado en Bullet Train o Snake Eyes: G.I. Joe Origins y quien lleva desde los 8 años practicando artes marciales, con formación en taekwondo, kung fu Shaolin y kickboxing. Para el papel de Ryu, Koji realizó regímenes intensos de patadas y técnica de karate de hasta 2 horas de patadas diarias, al igual que su compañera de reparto Callina Liang, quien da vida a la mítica Chun-Li, aquí una agente encubierta de la Interpol.

Street Fighter es una delicia para los fans de la misma manera que lo fue en su día poder jugar al II en las recreativas y elegir a Blanka, Guile, Zangief o Dhalsim. Todos ellos tienen aquí su par de minutos de gloria, manteniendo la esencia de los personajes, aunque siendo solo extras de lujo para la gran función de Ryu y Ken, sustentada en la habilidad del primero y el carisma del segundo. Eso sí, todos están marcados por el mismo patrón de ironía e ingenuidad, desde los funcionales villanos Vega y Balrog (interpretados por los músicos Orville Peck y 50 Cent) hasta los más perversos M. Bison (una dudosa elección la de David Dastmalchian) o Akuma (Joe Anoa’i).
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En definitiva, la película tiene todo lo que hacía bueno al videojuego en los 90; es colorida, es entretenida, sabe los golpes de efecto que tiene que hacer y tiene el humor y la ironía suficiente para no ser cargante en sus más de dos horas de metraje. Pero igual que Ken anula a Ryu y viceversa, son esas mismas virtudes en gran medida lo que hace de ella un trabajo de consumo rápido y olvidable, como si dentro del jugo de elementos se les hubiese olvidado uno de los más importantes, como es el de la pregnancia. Toca todos los botones y todos son efectivos, pero cuando acaba la partida, sorprendentemente, no entran demasiadas ganas de echar otra.