
Un límite de supervivencia mamífera quedó en revisión tras el hallazgo de un ratón orejudo andino cerca de 7.000 metros sobre el nivel del mar en los Andes de Chile. Según Phys.org, un estudio publicado en Science atribuye esa resistencia extrema a una combinación de adaptaciones fisiológicas y genéticas, y no a un solo rasgo en particular.
Los investigadores creían que los mamíferos solo podían vivir hasta unos 5.500 metros, una altitud comparable a la de los asentamientos humanos permanentes más altos. El descubrimiento de estos animales por encima de ese umbral modificó esta concepción, al elevar el límite altitudinal aceptado en más de un kilómetro respecto de lo que hasta entonces se consideraba un ambiente habitable.
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Graham Scott, profesor del Departamento de Biología de la Universidad McMaster, y Grant McClelland, coautor del trabajo y también profesor del mismo departamento, se sumaron a un equipo internacional que estudió en Chile a ratones de estas elevaciones y los comparó con ejemplares de zonas más bajas.

Los resultados apuntan a cambios repartidos en varios sistemas del organismo. Los ratones de gran altitud conservaron mejor el calor corporal y sostuvieron mejor el uso del aire en condiciones de frío y poco oxígeno que sus pares de tierras bajas. Esa capacidad les permite mantener una elevada demanda de oxígeno, necesaria para producir calor en temperaturas de congelación.
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A escala celular, el tejido muscular de estos animales se parece al de los atletas de resistencia. Scott explicó a Phys.org que se asemejan más a un corredor de maratón que a un velocista, porque sus células musculares concentran mitocondrias que prolongan la producción de calor.
Además, esta especie depende más de las grasas como fuente de energía. Ese combustible alimenta tanto el temblor muscular como los tejidos especializados en generar calor.

Scott describió este registro como una sorpresa total en declaraciones recogidas por Phys.org. Parte de los resultados más llamativos no se relacionó de forma directa con el frío ni con la falta de aire. A esa altitud, la comida escasea y las fuentes disponibles son inusuales e imprevisibles.
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Según el estudio, los ratones consumen líquenes, organismos simbióticos que crecen sobre las rocas. Los investigadores también plantean que podrían alimentarse de semillas o insectos arrastrados por el viento.
Los análisis genéticos detectaron cambios en genes vinculados con el metabolismo de los alimentos. También identificaron adaptaciones para la desintoxicación de compuestos vegetales que en condiciones normales resultarían dañinos.

Scott afirmó en declaraciones recogidas por Phys.org que el equipo empezó con la vista puesta en retos más obvios, como el frío y el poco oxígeno, pero encontró factores que no esperaba. Entre ellos destacó la forma en que estos animales procesan lo que comen.
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McClelland sostuvo que este caso pone en duda algunas ideas asentadas sobre los entornos más extremos que pueden habitar los animales. El artículo en Science, firmado por Schuyler Liphardt y otros autores en 2026, sitúa a este ratón como el mamífero que vive a mayor altitud conocido hasta ahora.
El entorno donde viven registra temperaturas de congelación, niveles muy bajos de oxígeno, falta de agua y poca o ninguna vida vegetal. Phys.org señaló que esa combinación suele compararse con condiciones de Marte por la dureza del ambiente.
El estudio también apunta a implicaciones más amplias ante un clima cambiante. Según Phys.org, la investigación sugiere que las especies no responden a un solo factor ambiental, sino a un conjunto de exigencias simultáneas que puede empujar la evolución por caminos menos previsibles.
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