Tanzania: las inesperadas enseñanzas de la naturaleza más salvaje - LA NACION

2026/09/30

El Land Cruiser frena en seco sobre la barranca del río Mara y el guía apaga el motor sin decir nada. Del otro lado hay miles de ñus amontonados. Se acercan al agua, retroceden, vuelven. Nadie manda, nadie da la orden. Y entonces, sin que se sepa por qué, uno se tira. Después, otro. Después todos, en una avalancha de polvo y agua marrón, donde a veces puede haber algún cocodrilo merodeando y atento a que un ñu pierda la brújula. Las crías cruzan en el medio del pelotón, protegidas por los cuerpos de los adultos como si el rebaño entero fuera una sola cosa con muchas patas.

La elefanta más grande, que recuerda dónde hay agua, dirige la manadaMartín Olmi

Somos cuatro adentro de la camioneta. Ninguno dice una palabra. Mientras se escucha el obturador de mi cámara disparando en ráfaga, siento una mano que se apoya en mi brazo y no se mueve hasta que termina el cruce. Es la mano de Bibi.

Escuchamos por primera vez esa palabra la noche que llegamos, a la 1.30 de la madrugada. Robat, nuestro guía, nos esperaba en el aeropuerto de Kilimanjaro. Cuando le presentamos a nuestra madre de 87 años, no le dio la mano: se la tomó con las dos suyas y la llamó Bibi. Tardaríamos quince días en entender lo que había dicho.

Los cachorros de león contemplan el paisajeMartín Olmi

Se entra a Tarangire y el paisaje se vuelve prehistórico. Los baobabs están cada 200 metros, tirados por la llanura como monumentos que nadie construyó; la leyenda local dice que los dioses los plantaron al revés para castigar la soberbia humana.

Es el parque de los elefantes, y “en familia” no es una manera de decir. En una manada, quien dirige todo es la hembra más vieja. Ella va adelante y decide todo: el camino, el ritmo, cuándo se toma agua. No es la más fuerte: es la que se acuerda. Sabe dónde había agua hace 30 años, en la última sequía grande. Las crías caminan en el medio, con una tía o una hermana mayor de escolta. Cuando la manada cruza un camino, las adultas se ponen de costado, hacen pared, y los chicos pasan por atrás.

Debajo de la sombra de un baobab, improvisamos nuestro almuerzo. Robat saca un mantel y lo tiende sobre el capó, saca cuatro copas de acero inoxidable. Tenemos la vianda que prepararon en el lodge donde dormimos a orillas del lago Burunge. El almuerzo más improvisado del viaje en el lugar más salvaje.

Casi 15.000 kilómetros cuadrados, y adentro la gran migración: un gran rebaño de cebras y ñus que no para de moverse nunca en todo el año, siempre atrás del pasto que crece. Lo que nadie avisa es que no es un evento con horario y día fijo.

Dormimos en un campamento a orillas del Mara, en carpas con alfombras y lámparas, y con una radio en la mesa de luz. Mientras nos preparábamos para dormir, entendimos para qué servía: un rugido de león. No una vez, sino uno cada cinco minutos. Con esa frecuencia, el tema tiene otro matiz. Según nuestro guía, la distancia no es de temer: estaría a 500 metros. Estando dentro de una tienda de tela, se puede entender por qué los locales viven en comunidades.

A la mañana siguiente, Bibi comenta que había descansado bien, mientras pide que vengan a sacar una araña pollito del tamaño de su palma de la mano. Viene un guardia, la saca con un frasco y la suelta en el exterior de la tienda. No se mata nada, ni siquiera adentro del cuarto.

Búfalos en primer plano Martín Olmi

En el valle del Seronera estuvo el leopardo, arriba de un árbol, con su presa colgada de una horqueta. Y una leona con dos cachorros escondidos en un pastizal del mismo color de su pelaje. Pero lo que se me queda grabado no son los felinos. Es una manada de cebras divirtiéndose en un río con poca agua. Corren los más jóvenes –como niños que saltan en un charco un día de lluvia– sumergiendo sus patas en el agua, mientras los mayores beben para que el calor sofocante no atente contra ellos.

El jardín amurallado

Se sale del Serengeti temprano y en un par de horas el mundo cambia de color. El Ngorongoro es la caldera de un volcán que explotó y se desplomó sobre sí mismo. Se baja media hora por un camino de cornisa entre nubes bajas y abajo hay agua, verde, un lago con flamencos y unos 25.000 animales que no se van nunca porque no necesitan irse.

Después de días de sabana amarilla, el cráter parece un jardín. Vemos rinocerontes negros, que es lo que uno viene a buscar acá: quedan poquísimos y se los ve de lejos, dos manchas grises moviéndose despacio en el pasto. Almorzamos adentro del auto, y no por comodidad: los milanos, aves rapaces, bajan en picada y sacan el sándwich de la mano.

A medida que visitamos parques, también nos internamos en la cultura propia de las tribus, visitando las aldeas.

En el sur, en el valle del lago Eyasi, estuvimos con los hadzabe, uno de los últimos pueblos cazadores-recolectores del mundo. Quedan alrededor de mil y solo una parte sigue viviendo así. Hablan una lengua con chasquidos que muchos lingüistas consideran aislada, sin parientes conocidos. No tienen jefes, ni calendario, ni propiedad acumulable. Los hombres cazan con arco; las mujeres recolectan tubérculos y frutos de baobab, que es la base real de la dieta. La visita tiene su parte de puesta en escena, y conviene decirlo. Pero queda algo cierto: lo que se caza se reparte entero el mismo día, y acumular no tiene sentido porque hay que caminar.

Después vamos a los datoga, vecinos y viejos rivales de los masáis. Son pastores y además los herreros de la región: funden metal recuperado en fraguas de barro con fuelles de cuero. Las mujeres llevan vestidos de cuero bordados con abalorios y muchas tienen tatuajes de puntos alrededor de los ojos.

El hipopótamo, uno de los protagonsitas del safariMartín Olmi

Volvemos varias veces a territorio masái: primero en las tierras altas entre el Meru y el Kilimanjaro, después en el lago Natron, a los pies del Ol Doinyo Lengai, la montaña sagrada que sigue en actividad. Los masáis son pastores seminómadas. Su riqueza se mide en cabezas de ganado y en hijos, y las dos cosas se cuentan juntas. Viven en un círculo de casas bajas de ramas, barro y bosta seca, rodeado por un cerco de espinos, con el ganado adentro durante la noche. El diseño es la idea: los animales en el centro, las casas alrededor, los espinos afuera. Toda la arquitectura es la respuesta a una sola pregunta: ¿cómo se protege lo que uno quiere?

En esta visita, nos recibe la madre de todos en esa aldea. Nos abre la puerta hecha con caña y nos invita a pasar a su choza, de unos 2,5 metros de diámetro. Colgado sobre una pared hay un recambio de manta. Y no hay ningún otro elemento, más que los cacharros que usan para cocinar. Así viven.

Barro y flamencos

Una mañana vamos a la orilla del lago Natron a ver los flamencos. El Natron es alcalino, de aguas rojizas y costras de sal, y su borde no es orilla: es un barro pesado, tibio, que agarra. Kummo, nuestro guía en el Natrón, nos indica el camino y me acerca sigiloso hacia la zona de los flamencos. Entonces escucho risas a carcajadas detrás de mí, como a unos 100 metros. Es mi madre –Bibi– a quien ese barro denso y absorbente le succiona la sandalia y, lejos de perder el equilibrio o frustrarse, se hunde en una risa contagiosa. Tengo veinte fotos en secuencia de esa mañana y ninguna de un flamenco.

Las visitas a las aldeas muestran el modo de vida ruralMartín Olmi

En las tres comunidades sucede lo mismo. El primer gesto de los anfitriones es idéntico: buscar con la mirada a la persona mayor del grupo que llega, ir hacia ella antes que hacia nadie, tomarle las dos manos y decirle una palabra corta que nosotros oíamos como “Bibi”.

La escuchamos en el fogón masái, en la aldea de Natron, en la choza de los datoga, en la recepción de cada alojamiento, en un mercadito al costado de la ruta. Siempre la misma palabra, siempre dicha a la misma persona, siempre antes que cualquier otro saludo. Si bien sabemos qué decía, de repente entendemos qué significaba.

Comenzaron a aparecer secuencias, flashbacks, que ahora, hilvanados, transforman el sentido real del viaje.

Bibi, en suajili quiere decir abuela. Es también una fórmula de respeto para una mujer mayor, y no se dice de costado ni al pasar. Se dice de frente, tomándole las manos, antes que cualquier otra cosa. Durante quince días, en cada aldea y en cada camino, un país entero que no la conocía la saludó a ella primero. Nosotros dos somos, en el mejor de los casos, los que vienen atrás.

Toda la sabana está diciendo lo mismo todo el tiempo, y hay que viajar once mil kilómetros para escucharlo. La matriarca elefanta va adelante porque es la que se acuerda, y cuando muere, la manada entera pierde el mapa. Las cebras, regocijadas, viendo a los más jóvenes disfrutar. Los ñus ponen a las crías en el medio cuando el río está lleno de cocodrilos. Y los masáis construyen su casa en círculo, con lo que quieren adentro y los espinos afuera.

Bibi, como la llaman los locales, se animó a un safari a los 87 añosMartín Olmi

Ella hizo eso durante 60 años. Comandó una casa, decidió el camino, se acordó de dónde había agua cuando todo estaba seco y nos cubrió la espalda mientras dormíamos convencidos de que el mundo era un lugar seguro por naturaleza.

Este viaje es al revés. Por primera vez, el paso lo marca ella y nosotros acomodamos el ritmo: el brazo en la bajada del cráter, una parada más, la manta sobre las rodillas en el amanecer de Tarangire. Y ella, que a los 87 tiene dos hijos de más de cincuenta, nos sigue mirando como se mira a los chiquitos que van en el medio del rebaño.

Decenas de imágenes quedan en mi retina: practicando sus pasos de baile al salir de un baño al costado de la ruta, su paso cansino y agotado después de tanto traqueteo sobre el jeep, su carcajada al ser succionada por el barro, su nado en la piscina del lodge a orillas del lago Burunge, después de una jornada sofocante, convencida de que lo hace como Esther Williams.

Tanzania no nos enseñó nada que no supiéramos. Simplemente lo dijo en voz alta, en otro idioma, todos los días, delante de nosotros. Bibi.

Datos útiles

Cuándo ir

Los cruces del Mara en el norte del Serengeti suelen darse entre julio y octubre, sin ninguna garantía: es cuestión de estar ahí y esperar.

Salud

Consultar con medicina del viajero seis a ocho semanas antes. Verificar el requisito de fiebre amarilla según las escalas del vuelo. Profilaxis antimalárica indicada por un médico; hepatitis A, tifoidea y tétanos al día. Agua embotellada siempre, también para lavarse los dientes. Seguro con evacuación aérea. Y un consejo que no suele darse: preguntarle al médico también qué sobra. Cuando viaja una persona mayor, el entorno tiende a acumular vacunas y remedios “por las dudas”; en alguien sano, eso agrega riesgo en lugar de sacarlo.

Ropa

Nada de blanco ni de negro, y todo en capas. Los amaneceres en el borde del cráter, a 2300 metros, son de campera y manta; al mediodía hay 28 grados.

Alojamiento

Los alojamientos son de pensión completa y están aislados; no hay dónde salir a comer ni comprar. El wifi es escaso y casi nunca llega a las habitaciones. En los parques no se baja del vehículo salvo en zonas señalizadas, y no se ve una sola botella de plástico tirada.

Con adultos mayores

Es un viaje absolutamente posible. Conviene avisar al operador para pedir asiento delantero, paradas más frecuentes y alojamientos sin escaleras. Los caminos de ripio son duros y las jornadas, largas. Al igual que el vuelo.

Por Martín Olmi