“Tienes el mismo carácter que tu abuelo”: cómo afectan a los niños las comparaciones familiares

2026/10/27

Cada persona tiene su propia personalidad y manera de actuar, y los niños, en muchas ocasiones, adoptan gestos o respuestas de sus adultos de referencia y los incorporan a su propia identidad. Puede ser una buena educación, una actitud concreta ante problemas e incluso acciones inconscientes de personas con las que se relacionan. Sin embargo, si estas características las adoptan de alguien con quien los padres no tienen una buena relación, ¿cómo afrontan sentir que ven a esa persona a través de su hijo?

“Cuando los padres reconocen en su hijo un gesto, tono de voz o forma de reaccionar que les recuerda a alguien con quien mantienen una relación dolorosa, lo primero que se activa no es un pensamiento razonado, sino una reacción emocional casi instantánea, como tensión, rechazo o alarma”, explica la psicóloga Irene López, responsable clínica terapéutica de los centros anda CONMiGO. En este momento, el adulto ve al menor como a otra persona cuya actitud quiere evitar. “Es un mecanismo humano y mucho más frecuente de lo que se admite en voz alta”, indica López, y apunta a la falta de distancia para cuestionar ese pensamiento y no a este en sí.

Comparar al hijo por actitudes espontáneas similares a las de la otra persona adulta puede suponer un problema si los padres no piensan en el contexto: “Si este tipo de proyecciones no las pasamos por un criterio reflexivo, puede darse un deterioro en el vínculo con el hijo porque interpretamos respuestas que pueden ser naturales y adecuadas a su edad con características propias de conflictos del mundo adulto”, sostiene Patricia Megías, psicóloga especializada en familias y codirectora de Neurohábilis. “Como, además, esto suele ocurrir en momentos de conflicto con nuestros hijos, podemos dejar de estar disponibles cuando más nos necesitan para calmarse y organizar sus sentimientos”, añade.

Cuando se dan estos momentos, puede afectar a ambas partes de manera distinta. El límite entre comentar un parecido familiar con naturalidad frente a trasladarle al niño los conflictos que tenemos con esa persona siempre está en “la emocionalidad desde la que nace ese comentario”, apunta Megías. Es decir, si el tono es para indicar algún aspecto positivo, que además genera un necesario sentido de pertenencia, o si se nombra a modo de crítica, porque además estos aspectos “se dan en momentos evolutivos tan diferentes que no son comparables”, desarrolla la psicóloga.

El menor no registra con precisión el porqué de la incomodidad de sus padres, sino algo “mucho más primario, es decir, una señal de que, siendo él mismo, provoca rechazo”, alerta López. Y esto supone algo fundamental por la alta sensibilidad infantil a las microseñales de desaprobación: “En las primeras etapas del desarrollo, el niño no es capaz de separar con claridad lo que hace frente a lo que es, porque la conducta puntual y la identidad todavía no están diferenciadas”, explica. Esto supone que el niño sufra un efecto acumulativo que provoque que se autorregule en presencia de esa figura y desarrolle una hipervigilancia relacional, avisa López: “Con el tiempo, esta anticipación del rechazo puede generalizarse a otras relaciones, no solo con ese progenitor, y condicionar cómo se vincula con iguales o figuras de autoridad”. Además, la psicóloga subraya que este proceso no requiere un mensaje verbal explícito, y que el rechazo silencioso puede tener un impacto tan significativo como la crítica directa por su dificultad de identificar y nombrar y, en consecuencia, de reparar.

Megías destaca también el papel de la autoestima infantil más allá del autoconcepto, dado el aspecto peyorativo de los comentarios que puede recibir un menor. Y avisa de que mantener estos reproches hacia el hijo empeorará su propia autoestima. “Si este tipo de comentarios se da de manera puntual y en un vínculo de apego seguro, un niño puede sentir enfado y tristeza, nombrarla y que el adulto repare este comentario dañino”, apunta. Pero cuando se alargan, en una situación vincular insegura donde el niño no expresa su molestia, normalmente se vive con culpa y autorreproche y se percibe a sí mismo como inadecuado o molesto, y esto lleva a conclusiones como las creencias nucleares, que son las convicciones más profundas que una persona tiene sobre sí misma, sobre los demás y sobre el mundo y que “pueden ser muy limitantes a lo largo de toda la vida”.

Desde el punto de vista de los padres, sus propias experiencias familiares pueden influir en la forma en que interpretan y responden a las conductas de sus hijos. El estudio Determinants of Child Emotion Regulation in the Context of Adversity: Examining the Effects of Parent’s Emotion Dysregulation and Hostile Attribution Biases, publicado en 2025 en International Journal of Early Childhood Education, encontró una relación entre las experiencias adversas de los progenitores, sus dificultades para regular las emociones y una mayor tendencia a atribuir intenciones negativas a los niños. Por su parte, el informe Parental Childhood Adversity and Emotional Functioning: Associations With Child’s Emotion Regulation, publicado en Family Relations en el mismo año, observó que determinadas experiencias difíciles durante la infancia de los padres se relacionaban con dificultades para comprender y regular las emociones, tanto propias como de sus hijos.

Hay varias señales que pueden indicar que los progenitores están reaccionando desde su propia historia emocional y no tanto desde lo que realmente ha hecho su hijo. Entre ellas, López destaca las reacciones desproporcionadas ante comportamientos leves, las respuestas automáticas de enfado o rechazo, sin apenas tiempo para valorar lo sucedido, y la aparición de frases recurrentes como “eres igual que” u “otra vez lo mismo”. Otros indicios son que la emoción intensa aparezca antes de interpretar lo ocurrido, que el adulto mantenga su enfado incluso cuando se le explica que el niño no tenía mala intención o que su comportamiento es propio de la edad, y lo que López denomina “desconexión selectiva”: cuando una misma conducta apenas provoca reacción si la protagoniza otro hijo, un sobrino o un niño ajeno.

Cuando ya se ha producido el comentario peyorativo o las comparaciones, López avisa de que “el error puntual no es lo que daña al niño, sino no repararlo”. Para ello, recomienda reconocer el fallo sin trasladar al hijo los conflictos del adulto, con frases como “me equivoqué al hablarte así, no fue justo”, y aprender a distinguir si el malestar procede de la conducta infantil o, por el contrario, de una experiencia familiar propia. También aconseja evitar expresiones como “eres igual que” y centrarse en comportamientos concretos: “La diferencia entre ‘eres un mentiroso’ y ‘esta vez no me has dicho la verdad’ no es cosmética, porque la primera etiqueta a la persona, pero la segunda señala un hecho puntual y reparable”, apunta. Para Megías, reparar el daño también es lo más importante: “La forma más simple siempre es la más acertada: reparar. Y abrirnos a poder escuchar con humildad lo que nuestros hijos necesitan nombrarnos de vuelta”.