Hernán Pérez Loose: Valor de la democracia | Columnistas | Opinión

2026/09/22

Hernán Pérez Loose

22 de septiembre, 2026 - 06h43

La gran contribución de la civilización occidental al mundo ha sido el concepto de la separación de poderes. Ciertamente que el cristianismo ha sido un aporte fundamental en la historia, pero otras civilizaciones han tenido sus religiones y todas ellas de gran relevancia para la humanidad. Pero ninguna de esas otras civilizaciones que de alguna manera han competido o coexistido con Occidente han gestado en su seno la idea fuerza de que el poder político debe necesariamente dividirse para frenar el abuso y la tiranía de uno o de unos pocos. Si bien fue una idea que tardó en madurar, es indiscutible que es una marca distintiva de nuestra cultura occidental. Gérmenes de esta idea pueden encontrarse en la organización de las asambleas de la Grecia Antigua, donde todos los miembros de la polis conocían y resolvían los asuntos públicos, todo ello con la idea de no entregar en manos de un individuo todo el poder. Igual preocupación se hizo presente en la arquitectura romana de la república, donde el poder que hoy llamaríamos Ejecutivo era compartido por dos cónsules, mientras que la representación colectiva residía en el Senado y en otras instancias populares que fueron creciendo para controlar el poder. Fue con la llegada de las revoluciones democráticas cuando el concepto de un poder divido echó sus raíces en el pensamiento de nuestra cultura.

No es aventurado afirmar que gracias a esa idea de la división del poder, de sus contrapesos y del control de uno sobre otros, el sistema capitalista pudo expandirse. No es una coincidencia que la democracia y el capitalismo hayan crecido casi de la mano. Como no lo es que las naciones más prosperas hayan logrado su grado de desarrollo en un ecosistema que no permite la concentración del poder, respeta la democracia y protege las libertades. Los giros autoritarios y dictatoriales que hoy sufre buena parte del mundo tienen como primera víctima la idea de la división de poderes, así como los conceptos de Estado de derecho y libertad de expresión. Ese es el lenguaje que detestaron los dictadores del pasado y los tiranos de hoy, los arlequines y títeres de autócratas o los principiantes de caudillos. Todos ellos aborrecen hablar de democracia. Y es por ello que la destruyen apropiándose de los órganos del poder que están llamados a balancear los otros. Las instituciones electorales, la Función Judicial y Legislativa van perdiendo su fuerza, lentamente o violentamente.

La reciente decisión del Consejo de la Judicatura de reformar mediante una simple resolución administrativa una ley aprobada por la Asamblea Nacional es apenas uno de los tantos ejemplos del constante desmantelamiento de nuestro Estado de derecho. El cuadro institucional del Ecuador es de los más deplorables de nuestra región y del mundo. Si uno revisa los índices internacionales de variables tan importantes como la seguridad jurídica, las libertades públicas o el de la confianza en su sistema judicial, es fácil advertir la razón de nuestro atraso económico, de la escasa inversión y de la aguda pobreza. El valor de la democracia no es un asunto solo ideológico. Hay en la democracia valores que van desde nuestra dignidad humana hasta el crecimiento sostenido de nuestra economía. (O)

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