Venancio Rada (izq.) en charla con El Comercio. Él realizó uno de los primeros intentos de cine parlante. Para lograrlo, humedecía el telón en busca de mejor resonancia y utilizaba dos viejos fonógrafos para reproducir voces y efectos sonoros que acompañaban las películas mudas. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio, mejorada con IA)
En el corazón de una Lima todavía casi aldeana, a comienzos de la década de 1910, cuando el entretenimiento apenas comenzaba a despegar con carpas donde se proyectaban breves películas documentales y escasas cintas de ficción —debido a su elevado costo—, surgían también los primeros locales fijos de cine. Fue en ese escenario que un joven llegado desde España cuando apenas tenía 8 años empezó a participar en aquellos primeros tejidos fílmicos del cine peruano.
El 26 de noviembre de 1952, cuando el diario Decano publicó la nota, Venancio Rada Senosiain cumplía cuatro décadas dedicadas a proyectar ilusiones, fundar distribuidoras y desafiar las convenciones de las tablas teatrales. Esa era su historia: la de un hombre que pasó de operario a empresario y que hizo del cine y el espectáculo el oficio de toda una vida.
VENANCIO RADA: LOS ALBORES DE LA LINTERNA MÁGICA
La Lima de la segunda década del siglo XX era aún una ciudad chica, donde el cinematógrafo se contemplaba como un prodigio distante y ocasional. Las diversiones colectivas se concentraban en el teatro y en algunas funciones callejeras bajo carpas coloradas, como la del Omnia, ubicada en el Rímac.

Venancio Rada habló a punto de cumplir 40 años en la actividad cinematográfica. Rescatar su testimonio era clave, pues llevaba en su memoria buena parte de la historia inicial del cine en el Perú.(Foto: Archivo Histórico de El Comercio, mejorada con IA)

Titular del reportaje a Venancio Rada, un verdadero pionero de la cinematografía en el Perú. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
En ese escenario todavía rústico, un muchacho llamado Venancio Rada quedó deslumbrado por primera vez ante una pantalla diminuta. Aquella experiencia inicial encendió una chispa que ya nunca se apagaría y que terminaría marcando el rumbo de su vida. Por entonces, la capital limeña avanzaba a un ritmo pausado, bajo el predominio de la afición teatral y de los dramas que se representaban sobre las tablas.
El público abarrotaba los recintos para aplaudir a figuras consagradas y dejarse llevar por melodramas intensos. Para el cine, abrirse paso en medio de semejante hegemonía escénica fue una auténtica batalla campal. Sin embargo, el joven Rada asumió el desafío con la convicción de quien intuía que el futuro pertenecía a las imágenes en movimiento.
El cine en el Perú comenzaba a consolidarse poco a poco como un nuevo lenguaje: primero entre las capas altas limeñas durante los años 10 y, desde los años 20, entre las masas urbanas de Lima y también en las provincias. En ese contexto, en la zona de Barrios Altos, en el Cercado de Lima, en la calle Manuel Morales, se inauguró en 1912 el Teatro Lima (antes de la inauguración del Teatro Colón en 1914). Este recinto estuvo precisamente bajo la conducción de Venancio Rada.

El testimonio de un hombre de cine que proyectó nómadamente películas y luego administró salas de cine en Lima desde la década del 10 del s.XX es valiosísimo para nuestra historia de cómo empezamos a retratarnos los peruanos. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
El Teatro Lima se abrió en un ambiente cercana a lujosas residencias y embajadas que rodeaban para entonces la calle Manuel Morales. Pero este local fue mucho más que un cine. Bajo la administración de Rada se convirtió en un animado centro de entretenimiento popular donde las películas compartían cartel con las primeras actuaciones de destacados intérpretes de la canción criolla y reconocidos músicos de la época, convirtiéndolo en uno de los centros culturales más concurridos de la ciudad.
En el momento de la entrevista con El Comercio en 1952, ya era muy famosa la anécdota de Rada, quien en mayo de 1925 había sorteado, en acuerdo con la lotería limeña, un auto moderno marca Dodge, “de cinco asientos”, entre los asistentes al Teatro Lima. Rada, para más efectismo, colocó el coche en pleno hall del recinto de Barrios Altos. La “rifa” se repetiría anualmente, en un gran gesto de marketing.
Video de “La casa encantada”, de 1907, historia de terror de los años pioneros del cine mudo (Fuente: Youtube)
En ese ambiente, Rada también promovió la publicación semanal del llamado “Boletín de la Gracia”, la más completa guía de reseñas de las funciones teatrales y cinematográficas de Lima durante esas décadas de la primera mitad del siglo XX.
La expansión del negocio cinematográfico exigía, sin duda, contar con locales propios, y el empresario innovador para su tiempo no tardó en dar un gran salto comercial. Adquirió el antiguo teatro Majesty, propiedad de los mismos dueños del Excelsior, ubicado en el sótano del Palais Concert, llamándolo “Majestic Cinema”.
Don Venancio Rada rebautizaría años después el local con el imponente nombre de “Imperio”, estrenándose con el filme italiano “Veritá Vince” (“La verdad vencerá”); aunque, para los años 50, ya funcionaba allí una “fábrica de camisas”, indicaba la crónica del decano.

Aviso de 1923 del “Majestic Cinema”, en los bajos del Palais Concert, local que luego Rada adquirió y le cambió de nombre a “Imperio” (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
Para sacudir la modorra del entorno, Rada mandó colocar en el “Imperio” espejos en la fachada, provocando una auténtica revolución urbana. Contó Rada: “Al cabo de seis meses, los del Excelsior, aterrados por la competencia, me la compraron a su vez, pagando tres veces más de lo que yo les había pagado”. (EC, 26.11.1952)
Cuando inauguró el teatro Campoamor, relató que “paseábamos por el Jirón de la Unión a un burro, con un cartel que decía: “Yo no asisto al Campoamor, porque soy lo que usted ve”. Osadía publicitaria, le dicen.
VENANCIO RADA: EMPRESARIO Y ARTÍFICE DEL SONORO
Los primeros pasos del celuloide local obligaban tener ingenio artesanal y grandes dosis de paciencia frente a las múltiples limitaciones técnicas. No existía todavía el sonido sincronizado, por lo que los exhibidores debían ingeniárselas para dar voz a los personajes mudos. La combinación del cinematógrafo y el fonógrafo se convirtió, de algún modo, en una solución para acompañar las imágenes.

Importador de filmes europeos, Rada sabía cómo promocionar su material cinematográfico por canales tradicionales y no tradicionales.(Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
Venancio Rada, quien fue en la década de 1920 gerente de la compañía “Hispano Film”, recordaba con gracia cómo conseguían crear rudimentarios efectos sonoros durante las funciones. Con dos fonógrafos viejos y mucha inventiva, manipulaban el ambiente acústico mientras la proyección avanzaba sin pausa.
Un hito memorable en aquella lucha por cautivar al público fue la ocurrencia de mojar el telón para conseguir resonancia. Detrás de la tela húmeda, los operadores se esforzaban por modular diálogos improvisados que coincidieran con las acciones de los actores extranjeros. Aquellas funciones pioneras demostraron que la tenacidad podía compensar cualquier carencia material en las salas limeñas y más aún en provincias.
“La primera película que presenté en esas circunstancias fue ‘Los perros contrabandistas’”, dijo Rada. Se trataba de una cinta que había recorrido Hispanoamérica con éxito durante esos años gloriosos del cine mudo.
Video de “El hombre mosca”, divertida comedia de 1923. (Fuente: Youtube)
Consolidado como una figura clave del medio, Rada diversificó sus actividades al fundar la Cinematográfica del Pacífico y presidir la Asociación de Cinematografistas. Su olfato comercial le permitió traer al Perú cintas memorables que marcaron época en la cartelera nacional. A mediados de los años 20, también fue el presidente del primer directorio provisional de la naciente Sociedad Cinematográfica do Exhibidores.
Desde los sótanos del “Imperio” hasta los grandes circuitos de exhibición, su nombre llegó a ser sinónimo de empuje y modernidad. Para 1952, la exhibicióncinematográfica en el Perú había dejado de ser una simple curiosidad de feria para convertirse en una industria respetada. Los años dorados trajeron consigo la fascinación por el cine sonoro y la llegada de producciones internacionales que llenaban las funciones de gala.

Aunque el cine daba sus primeros pasos, el empresario ya participaba en grandes acontecimientos. En la foto, Emma McBride, “Miss Perú” 1928, aparece al lado de Venancio Rada, ambos al lado derecho de la toma. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio, mejorada con IA)
Su caso no fue el de un empresario que se limitaba a importar películas: también participó activamente en los intentos pioneros de la producción nacional. Junto a ingenieros entusiastas, experimentó con las primeras grabaciones de voz acopladas a la imagen en movimiento. Cada jornada suponía un nuevo aprendizaje en un país que comenzaba a descubrir el potencial expresivo del arte cinematográfico.
La relación entre el teatro tradicional y el cinematógrafo pasó de la rivalidad encarnizada a una convivencia inevitablemente complementaria. Mientras los empresarios teatrales defendían su público con uñas y dientes, el cine ganaba adeptos gracias a su dinamismo visual. Rada conocía las debilidades y fortalezas de ambos mundos; incluso había colaborado en temporadas dramáticas cuando las circunstancias del negocio lo exigían. Su versatilidad le valió el respeto de actores, empresarios y creadores de la época.
El reportaje publicado por El Comercio en noviembre de 1952 retrató a un Venancio Rada maduro, marcado por aquellos tiempos de lucha, pero todavía incombustible en su optimismo. Al evocar su trayectoria, repasaba su archivo mental con una precisión admirable. Lejos de considerarse un veterano retirado, continuaba consultando revistas especializadas extranjeras como “Motion Picture Daily” de Nueva York; “Teatro al Día” y el “Martin Quickly”, una publicación especializada que en los años 50 condensaba datos del pasado y vaticinaba el éxito de las producciones por venir.

Aviso de junio de 1926, en pleno éxito de su Teatro Lima. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
Para 1952, Rada había intervenido en Amauta Films, donde llegó a participar en la realización de hasta 14 películas peruanas, según el cronista del diario. A lo largo de cuatro décadas (1912-1952), su trayectoria quedó indisolublemente ligada a la evolución cultural de Lima y sus habitantes. Desde aquel muchacho que miraba películas bajo una carpa hasta el empresario respetado que discutía sobre el futuro de la industria, su vida parecía reflejar la historia misma del cine en nuestro país.
Las nuevas generaciones de espectadores que abarrotaban los cines modernos de los años 40, como en el cine Metro, quizá ignoraban el esfuerzo titánico que había costado levantar aquellas pantallas. Rada, en cambio, conservaba cada recuerdo como el trofeo silencioso de una batalla que, para él, había valido la pena.
VENANCIO RADA: LEGAJO DE UNA PASIÓN INAGOTABLE
En su despacho, rodeado de papeles, afiches y calendarios antiguos, Venancio Rada conversaba con el redactor de El Comercio con la naturalidad de quien había sido testigo privilegiado de una época. Él fue un gestor cultural, en el sentido más amplio del término, y por ello sus intereses marcharon hacia apoyar y aliarse a cualquier espectáculo de alta calidad.

A mediados de 1926, Lima se agitaba con la intensa historia de El Fantasma de la Ópera. Rada la trajo al Teatro Forero, tres años antes de que se llamara Teatro Municipal. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
Por eso, Rada no dudó en 1927 cuando apoyó el regreso al Perú del destacado compositor nacional Carlos Valderrama, que radicaba en los Estados Unidos, y auspició sus magníficos conciertos en el Teatro Forero (Teatro Municipal desde 1929).
El reportaje que El Comercio le hacía en 1952 también encontró espacio para contrastar aquel pasado heroico y esforzado con la fastuosidad del cine de entonces. Las grandes premieres internacionales, la llegada de estrellas consagradas y la proliferación de salas modernas demostraban que el terreno abonado por pioneros como Rada comenzaba a dar frutos extraordinarios.
Ya no era necesario mojar telones ni apelar a fonógrafos rudimentarios: la industria avanzaba con paso firme hacia su madurez. El cineasta de antaño no perdía la perspectiva ni se refugiaba en nostalgias paralizantes. Entendía que el arte cinematográfico era, por naturaleza, un territorio en permanente evolución.
Video de “El Fantasma de la Ópera”, de 1925, un éxito mundial. (Fuente: Youtube)
Rada vaticinaba nuevos éxitos para las carteleras locales, apoyándose en un análisis atento de las tendencias globales que llegaban a sus manos. Su optimismo era una lección de vitalidad para periodistas, hacedores de cultura y lectores peruanos.
La crónica de El Comercio nos devolvió la estampa de un personaje entrañable que supo adelantarse a su tiempo. Porque Venancio Rada, a quien le gustaba que le dijeran “cinematografista” y se ufanaba de no haber dejado de ver una película al día desde hacía 40 años, no solo fue un testigo del nacimiento del cine en el Perú: él lo impulsó, lo defendió y lo acompañó durante sus primeras décadas, cuando esta industria aún buscaba consolidarse.
Los meses siguientes al reportaje de noviembre de 1952 estuvieron marcados por homenajes en vida, acaso motivados por las noticias del progresivo deterioro de su salud. Finalmente, el 15 de octubre de 1953, en Lima, Venancio Rada Senosiain, empresario cinematográfico hispano-peruano y figura ampliamente respetada en el mundo cultural y empresarial, falleció rodeado de su familia y, seguramente, con las imágenes de sus películas favoritas en la retina de sus cansados ojos.

Rada controlaba el flujo de ventas desde el clásico Palais Concert. El Forero siempre andaba repleto con sus espectáculos escénicos. (Foto: Archivo Histórico de El Comercio)
Los meses siguientes al reportaje de noviembre de 1952 estuvieron marcados por homenajes en vida, quizá motivados por las noticias sobre el progresivo deterioro de su salud. Finalmente, el 15 de octubre de 1953, en Lima, Venancio Rada Senosiain, empresario cinematográfico hispano-peruano y figura ampliamente respetada en los círculos culturales y empresariales del país, falleció rodeado de su familia.
Con él se extinguía una de las personalidades más influyentes de la exhibición cinematográfica peruana, aunque es fácil imaginar que, en sus últimos momentos, aún desfilaran por su memoria las imágenes de aquellas películas que habían dado sentido a gran parte de su vida.
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