
Entre los 15 y los 25 años Rita M. tuvo varios novios. Vivía en San Isidro, provincia de Buenos Aires, dentro de una familia numerosa y católica practicante. Su padre era marino, su madre profesora de historia y la enviaban, como a sus otras hermanas, a un colegio de monjas. Todos estos detalles marcaron a fuego su vida.
En las clásicas fiestas de 15, durante tercer año del colegio, asomó el primer candidato firme para un noviazgo: Martín (16). Besos en la oscuridad entre luces de colores y música ensordecedora. Fue más de una vez, quizá tres, cuenta ella. Iban los dos con sus hormonas a pleno, pero sin demasiada conversación. Era el lenguaje del desconocimiento. Eran tan chicos que la historia se desvaneció sin lágrimas ni despedidas. Simplemente llegó el verano y dejaron de verse. El segundo hombre con el que interactuó sentimentalmente fue durante un curso de estudios para poder entrar a la facultad. Con Enrique hubo besos más serios, intensidad y muchas manos extraviadas por debajo de la ropa. Salieron durante dos o tres meses, pero después él dejó la carrera que pensaba estudiar y se volvió a su provincia. Tampoco fue dramático. No lo volvió a ver hasta veinte años después y fue él quien la reconoció a ella.
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Coqueteando con el sexo
Al tercero, Rodrigo, lo conoció por el hermano de una amiga. Rita, esta vez, avanzó más segura y coqueteó con el “peligro” del sexo. Rodrigo era dos años más grande que ella, chamuyero y muy lanzado físicamente. Estuvieron yendo y viniendo casi un año. Él insistía con que quería más que besos y traspasaba sus límites cada vez que ella dejaba un hueco. A cada negación de Rita, Rodrigo le decía que “el físico estaba para dar placer no para que se oxidara sin uso…”
“Lo que pasó fue que yo no decía que no tajantemente. Quería seguir adelante, pero las normas sociales, las reglas morales con las que me habían educado, eran como una barrera que me impedía disfrutar del momento. Estaba todo el tiempo pensando cómo lo iba a frenar en ese minuto en el que ya no hay vuelta atrás. Tenía mucho miedo de ceder y ¡quedarme embarazada! No me cuidaba porque se suponía que no era algo que podía ocurrir. Mis principios temblequeaban. Mis amigas ya sabían muy bien de métodos anticonceptivos y la mayoría ya había debutado sexualmente. Yo estaba lejísimos de ese punto. No me sentía preparada. Rodrigo empezó a cansarse y yo temía permitir que se desatara el fin del mundo. No sé, eran cosas de una chica de veintitantos, un poco aniñada”, relata Rita.
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Pensó en hablarlo con sus amigas más cercanas, pero le dio vergüenza: “Algunas ya me habían dado a entender que yo les parecía de mente demasiado cerrada. La cosa era que me sentía insegura, no me animaba e incluso me preguntaba si moralmente estaba bien. Tampoco sabía si eso que sentía era calentura o si estaba realmente enamorada”.
Al tiempo, Rodrigo conoció a otra chica y dejó de insistir. Rita ya tenía 22 y acababa de entrar a trabajar a una multinacional: “No me dolió dejar de estar de novia con él. Fue muy raro porque te diría que sentí alivio en no tener que seguir tironeada por el asunto sexual”.
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Entre el estudio y su trabajo su agenda estaba llena. No le quedaba demasiado tiempo libre.
Siguieron dos años intensos. Se recibió y consiguió que le dieran un buen puesto en recursos humanos de la compañía. Puso ahí toda su energía y creció mucho y rápido.
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A los 26 ya viajaba por todos lados. Por placer y por la empresa. Se le abrió el mundo y la atrapó.
Fue como a los 27 o 28 años que, en Italia, conoció a un chico de la misma empresa. Se enamoró. Por un tiempo soñó con que podía ser, pero vivían tan lejos que terminó pensando que era una relación imposible. Dos viajes separados por tres meses, un curso de italiano intensivo, sueños que compartían… Pero ninguno pensaba seriamente en mudarse al país del otro. Pietro era tan religioso como ella así que no la presionó para avanzar físicamente y la pasión se diluyó antes de consumarse. La distancia hizo el resto. Adiós Pietro.
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“No me iba a acostar con un tipo que no lo iba a ver seguido ni tenía un proyecto sólido. Me parecía disparatado. ¿Si la cosa no funcionaba? ¿Si tenía un accidente y quedaba embarazada de este joven italiano viviendo en la Argentina? Mi cabeza siempre mandó sobre mi cuerpo. Directamente decidimos que no y listo. La relación pasó a la historia”, hace memoria.
Rita volvió a concentrarse en su desempeño y en el disfrute de los viajes con amigas.
A los 30 se alquiló un departamento en el centro y se fue a vivir sola. Los fines de semana volvía a San Isidro, al bochinche de una familia que se iba poblando de sobrinos. Nadie preguntaba mucho, pero Rita se sentía observada porque seguía sola: “No te voy a mentir… me molestaban las miradas cargadas de preguntas del resto”.
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El éxito de su vida laboral le alcanzó para esa etapa de su vida. Reuniones, desafíos, proyectos ajenos. ¿Y los propios? Ahí andaba sin querer pensarlo mucho. Por una cosa o por otra, no se ponía de novia, no se enamoraba. Siempre era parecido: unos encuentros, charlas inconclusas y, finalmente, nada prosperaba. “Al principio yo le echaba la culpa al mercado masculino. Los casados, los lanceros del trabajo, los inmaduros de siempre, los apurados por concretar, los obsesivos, los controladores… Tenía un catálogo confeccionado donde no estaba el que hubiera sido perfecto para mí. Con el tiempo empecé a dudar ¿y si el problema lo tenía yo? Todas mis amigas ya tenían pareja o la habían tenido. Por supuesto que a todos los elegidos por ellas les encontraba defectos. Entonces, ¿si era yo la que no sabía aceptar que nadie es perfecto? ¿Si era yo la exigente y enrollada? A esta altura ya sentía el peso de la religión y de la virginidad. Veía infieles por todos lados y los que estaban en carrera, sin obstáculos, siempre los bochaba. Pasaron los años. Volaron. Cuando estaba por cumplir 36, y seguía sin haber tenido mi primera relación sexual, decidí hacer terapia. Ahora el tema me preocupaba. Era una mujer extraña, virgen, que jamás había tenido sexo y que, además, no tenía vocación de monja. Me atraían los hombres pero esa atracción duraba poco. Era absurdo. ¿Qué me pasaba?”
Lo cierto es que lo que Rita sabía de sexo era por los cuentos de sus amigas, por lecturas y películas. Claro, a esta edad ya mentía. A nadie le decía que jamás se había acostado con una pareja. Inventaba historias chinas de aventuras que jamás habían ocurrido.
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“Empecé a pensar que estaba enloqueciendo. Porque empecé a contar historias fantasiosas, con nombre y profesión, que supuestamente sucedían durante mis viajes. No quería ser menos que el resto. Ni a la terapeuta le confesé al principio que mentía con descaro. Era mi secreto. Nadie tenía por qué saber que yo seguía siendo virgen. Lo peor es que me daba cuenta de que me estaba perdiendo de tener una pareja, de compartir mi vida con alguien y hasta he tenido situaciones en las que tuve que inventarme orgasmos. Me da mucha vergüenza contarlo, pero ni siquiera me había masturbado. Nunca. Tan fuerte era el peso de la educación religiosa”.
Llegaron los cuarenta y uno al mismo tiempo que apareció Vicente en su vida. Fue en la casa de unos primos en un pueblo de Córdoba, durante unas vacaciones de verano.
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“Era un tipo sencillo, casi de mi misma edad. Sin histrionismo ni ganas de convencerme de nada. Solo era él mismo: callado, atento, reflexivo. Sumamente tranquilo. Estaba separado desde hacía unos años y valoraba la paz. Su paz. Había tenido una mujer de mal carácter, que lo había maltratado un poco, y no habían tenido hijos. Trabajaba en el mundo agrario, algo que yo desconocía por completo. Un día vino a un asado. Otro, cayó de sorpresa y se quedó leyendo en el jardín. Me encantó esa calma que transpiraba. Charlaba lo justo y necesario. La tercera o cuarta vez que me vio me invitó al campo donde tenía que ir a ver a unos potrillos recién nacidos. Me divirtió la idea. Lo pasamos muy bien. Empezaron a surgir programas campestres, paseos al río, pic-nics. Hablábamos del mundo, de los lugares que nos gustaría conocer y de lo que nos parecía importante de la vida. Era reservado, pero atento. Antes de irme, una noche salimos solos a comer y se inició el romance”.

Esta vez Rita estaba decidida. No iba a dejar pasar la oportunidad. Le gustaba mucho. No había tiempo que perder.
“Quería probar. Quería ver qué me pasaba con él. Poco antes de volver a Buenos Aires una noche me quedé a dormir en su casa y ocurrió. Sí, ¡lo dejé avanzar! Ahora me río, pero para mí era un monotema. Lo que pasó no era muy distinto a lo que imaginaba, pero esta vez era real. Vicente era de carne y hueso. Fue un alivio darme cuenta de que podía dejar de mentir y que sentía amor. No le dije en ese momento que no había tenido sexo nunca. ¡Una mujer virgen de 41 años podía asustarlo! Tampoco se enteró. Hay muchos mitos sobre el tema. Por suerte, se cuidó él. Fue tierno y cariñoso, además de pasional. Quedamos en seguir adelante. Me fui con esa idea de Córdoba. Al tiempo vino a visitarme a Buenos Aires y, sencillamente, nos pusimos de novios. Éramos una pareja formal. ¡Había entrado en el mundo de la normalidad! No podía creerlo. Mi psicóloga también estaba muy contenta. La terapia me había quitado los miedos”.
El tiempo los obligó a plantearse dónde querían vivir. Quién se mudaría y a dónde. Rita tomó la iniciativa. Negoció un retiro de la empresa y consiguió un trabajo en la provincia de Córdoba. Se fueron a vivir juntos cuando ella había cumplido los 43 años. Comenzaron a planear un casamiento por civil. Vicente no quería hacerlo por iglesia. Rita no puso objeciones y lo hicieron un año después con una gran fiesta.
Hoy Rita y Vicente llevan seis años juntos. No tuvieron hijos.

“Simplemente no ocurrió y no estábamos dispuestos a hacer ningún tratamiento para tenerlos. Por nuestra formación, no estamos muy de acuerdo con tanta intervención. Si llegamos tarde, listo, llegamos tarde. Somos felices: tenemos dos perros y tres gatos y quizá Dios nos haya puesto en el camino para que nos cuidemos el uno al otro. Se dio así y no pensamos cuestionarlo”, confiesa.
Le pregunto si no se les pasó por la cabeza adoptar. Dice que no. Aclara que a ella le costó tanto el amor que se conforma así, que no precisa más. Eso sí, dice que si hubiera tenido una hija no la hubiera enviado jamás a un colegio de monjas. “Yo sigo siendo religiosa y creyendo. Pero hoy tengo otra cabeza y me doy cuenta de que no me animaba a vivir del miedo al pecado que se me había instalado. O quizá la culpa fuera mía que me tomé todo muy a pecho, pero esa forma de educar tan estricta no me parece saludable. Me llevó demasiado tiempo entenderlo. No digo que tenés que tener sexo a cualquier edad, pero ya cuando sos adulta y pasás los veintitantos, es un absurdo no hacerlo. ¡No sé cuántas mujeres habrán llegado como yo vírgenes a los 41! La verdad es que lo sufrí y, al final, tenía una gran sensación de ridículo. La supuesta virtud se me había vuelto una carga”, admite riendo.
¿Alguna vez se animó a confesárselo a Vicente?
“Ah, eso es interesante. Se lo dije cuando ya llevábamos como tres años juntos. Un día jugando a contarnos verdades que tuviésemos escondidas en el ropero, él me habló de un gran amor platónico por una amiga de su madre, mucho mayor que él. Al final, me animé y le revelé que nunca había estado con otro hombre antes que él. No podía creerlo. Fue muy gracioso y sumamente liberador para mí. Hoy siento que Vicente siempre estuvo ahí, esperando que yo llegara, para tener nuestra gran historia de amor y sinceridad”.

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Amores Reales es una serie de historias verdaderas, contadas por sus protagonistas. En algunas de ellas, los nombres de los protagonistas serán cambiados para proteger su identidad y las fotos, ilustrativas