Vuelco en Alemania: cae el muro del centro y resurge la ultraderecha | El Dia

2026/09/22

Alemania acaba de atravesar una elección regional que dejó una señal política de gran alcance. En Mecklemburgo-Pomerania Occidental, la ultraderechista Alternativa para Alemania (AfD) fue la fuerza más votada, con alrededor del 38%, mientras la socialdemocracia quedó segunda. La CDU (Unión Demócrata Cristiana, centroderecha) de Friedrich Merz sufrió allí una derrota histórica: obtuvo apenas 4,9% y quedó fuera del Parlamento regional por primera vez desde la creación de la República Federal. En Berlín, en tanto, Die Linke (La Izquierda) ganó con 25,7%, la CDU terminó segunda con 18,8% y AfD fue tercera, con 16,3%. Los resultados muestran un centro político cada vez más quebrantado.

La CDU, uno de los grandes pilares de la política de posguerra, aparece debilitada justo cuando el canciller necesita autoridad para aplicar reformas económicas y sociales. Dos semanas antes, AfD también había derrotado a la CDU en Sajonia-Anhalt, otro estado de la antigua Alemania Oriental.

El problema del centro no se limita a la CDU. El SPD (Partido Socialdemócrata), socio de Merz en la coalición federal, también perdió terreno en Berlín y debió concentrar su campaña regional en la figura de la gobernadora Manuela Schwesig para contener a AfD. En la capital, la caída de los partidos tradicionales coincidió con el crecimiento de La Izquierda, impulsada por cuestiones concretas como la vivienda. La competencia electoral se volvió más fragmentada.

EL IMPULSO DE LOS FILONAZIS

Ese vacío beneficia especialmente a AfD. La desaceleración económica, la pérdida de empleos industriales, el costo de vida, la preocupación por la inmigración y una percepción de inseguridad forman parte del malestar que el partido canaliza políticamente. Pero también existe una dimensión identitaria. AfD propone una visión más excluyente de la pertenencia nacional y algunas de sus figuras han cuestionado elementos centrales de la cultura alemana de memoria sobre los crímenes nazis. Por eso, caracterizarla simplemente como una derecha conservadora oculta una diferencia importante: su proyecto incorpora un nacionalismo mucho más radical y una revisión del modo en que Alemania interpreta su pasado.

Tras la reunificación de 1990, los antiguos estados de Alemania Oriental atravesaron transformaciones económicas y sociales profundas: cierre o reconversión de industrias, migración de población joven hacia el oeste y una percepción persistente de haber quedado en desventaja frente a la antigua Alemania Federal. Esa experiencia alimentó un sentimiento de pérdida de estatus y de identidad que distintos analistas consideran terreno fértil para el discurso de AfD.

UN PARTICULAR VÍNCULO CON RUSIA

Mecklemburgo-Pomerania Occidental es un caso especialmente significativo. Allí, AfD no solo ganó la elección: convirtió el descontento acumulado en una victoria, mientras la CDU prácticamente desaparecía del Parlamento regional. El triunfo de AfD en ese territorio no significa que sus votantes tengan una única posición sobre Rusia, pero muestra cómo la política del este puede combinar malestar económico, identidad regional y rechazo a las élites nacionales.

La región se encuentra además entre los territorios alemanes más próximos al espacio ruso y tiene una relación histórica y económica particular con el mar Báltico. La cuestión energética y el vínculo con Moscú forman parte de un debate especialmente sensible en esa zona.

Hay, además, una paradoja en el desplazamiento hacia los extremos. En Berlín, el avance fue por la izquierda; en el noreste, por la derecha. Eso sugiere que el fenómeno no consiste simplemente en un giro general de Alemania hacia una determinada ideología, sino en el debilitamiento de las opciones centristas y en una mayor disposición del electorado a buscar respuestas fuera del consenso tradicional. La crisis del centro abre espacios diferentes según las características sociales y económicas de cada territorio.

Para Merz, el problema es doble. Debe preservar la coalición con los socialdemócratas y convencer a su propia CDU de que puede recuperar votantes que migraron hacia AfD sin abandonar el centro político. Sus reformas sobre pensiones, salud y economía ya generan resistencia dentro de la coalición. El SPD reclama cambios para que sean socialmente aceptables, mientras Merz insiste en que Alemania necesita decisiones difíciles. Los resultados electorales reducen su margen para imponerlas sin negociación.

Por ahora, no existe una rebelión interna abierta contra el canciller. Merz prometió permanecer al frente del Gobierno y de la CDU. Pero la presión no desaparecerá: en 2027 habrá cinco nuevas elecciones regionales, entre ellas la de Renania del Norte-Westfalia, el estado más poblado del país. Allí cualquier retroceso podría reabrir el debate sobre el liderazgo conservador.

EL DESGASTE DE UN MODELO POLÍTICO

Alemania muestra así el desgaste de un modelo político basado durante décadas en grandes partidos capaces de ocupar el centro y absorber buena parte del voto. La CDU ya no puede dar por sentado ese papel. AfD ha convertido el descontento del este en una fuerza electoral de primer orden, mientras La Izquierda demuestra que también existe una demanda de respuestas radicalmente distintas en las grandes ciudades.

El resultado es un sistema más fragmentado, con un centro debilitado y con la memoria política de Alemania -incluido su vínculo con el pasado nazi- convertida nuevamente en un campo de batalla.

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